CAPITULO 2

3271 Words
GIA —No debes tener miedo de madre Seia—Le dije a la sirviente mientras la tomaba de la mano y la llevaba por las concurridas calles que conducían al mercado romano, el ambiente que emanaba ese lugar me encantaba, había color y aromas por todos lados, deliciosa comida además de diversos actos de entretenimiento que me deleitaba presenciando. —La señora se enojará—Musitaba la chica de cabello n***o el cual estaba sujeta por una ligera coleta, esta era mi oportunidad de escapar de los esclavos que fungían como guardias en mi salida y caminar hasta los callejones escondidos de Roma. —Vamos, ¿Dónde fueron ahora? —Pregunté mientras observaba por todos lados, había llegado a mi objetivo, un frio, pero seco callejón donde solía reunirme con unas delicadas presencias que solían alegrarme el día. —Ellos se han marchado—Murmuró una vagabunda mujer quien muy apenas se movía ayudada por un bordón improvisado de madera—Su padre ha venido por ellos, al parecer si era cierto que estaba buscando una mejor vida en Grecia. No pude evitar sonreír con sinceridad, aquellos pequeños mellizos eran la alegría del lugar, muchas veces había deseado llevarlos a casa, pero posiblemente mi madre los trataría peor que si permanecían en la calle, a pesar de todo estaba feliz de que su padre hubiese regresado por ellos, siempre solían hablar de que su progenitor había tomado un enorme barco con dirección a Tebas y que en algún momento regresaría por ellos. —Me alegra saberlo—Respondí con sinceridad, la mujer me miro con un poco de recelo antes de caminar para colocarse enfrente mío, Seia me tomo del brazo visiblemente asustada por la cercanía de la mujer, mi mano tranquilizadora se poso sobre su agarre mientras la acariciaba levemente, no debía tener miedo. —Tu eres la mujer patricia que les daba comida y agua ¿Cierto? —Me cuestionó tomándome por sorpresa—Es fascinante mirar a una mujer romana de elite alta visitar estos callejones con el único deseo de ayudar a los pobres, puedo mirar la bondad en tus ojos mujer. —Yo solo deseaba darles un poco de felicidad a esas inocentes creaturas que son culpables de haber nacido en la clase mas baja de Roma y de ser victimas del fuerte clasismo que embarga a la capital de este imperio—Refuté inmediatamente, la mujer asintió con sus ojos levemente entrecerrados mientras ante mi sorpresa sujetaba mi mano. —Cuando llegue el momento y estés en la cúspide del poder no te dejes corromper, mantén la pureza de tus pensamientos y enfócate en el futuro, no te debilites por las pruebas que te deparara la vida y mantente firme, recuerda que el alma noble posee la gran cualidad de apasionarse por las cosas honestas—Con ojos confundidos observe como soltaba mi mano y se alejaba del callejón perdiéndose entre la multitud de gente. —¡Espere! —Grité intentando llegar hacia ella de nuevo y cuestionarle acerca del porque de sus profundas palabras, caminé lo más rápido que pude entre la muchedumbre que recorría los mercados al medio día, la voz de Seia resonaba en mi cabeza una y otra vez hasta que sentí su mano sujetar mi muñeca haciéndome detener de golpe—Tengo que hablar con ella. —Señorita, no deje perturbarse por las palabras delicadas de una vidente—En ese momento mi respiración se calmó, no me había dado cuenta que literalmente había salido corriendo tras de ella—Solamente son engaños. La chica no dudo en tomarme de la mano y alejarme del centro de la calle, pues ya mas de uno nos miraba de mala manera por interrumpir su camino, la mujer saco de entre sus prendas un ligero pañuelo para después pasarlo sobre mi rostro. —¿Crees que nos estén buscando? —Le pregunté mientras miraba a todos lados intentando dar con algún rostro conocido. —¡Seia! ¡Seia! —La conocida voz del joven esposo de Seia, Aten, nos hizo rápidamente recorrer con la mirada todo el lugar o por lo menos lo que era humanamente visible hasta que dimos con aquel cuerpo delgado cubierto por una túnica simple color café clara, caminaba con rapidez en dirección nuestra mientras en sus manos sostenía un pequeño pañuelo—Señorita, tiene que regresar a casa, su padre la busca por todos lados. —Mi madre sabía que vendría al mercado por algunas telas acompañada de Seia—Repliqué inmediatamente, el hombre estaba cansado, su mano estaba sobre su pecho mientras este bajaba y subía en sincronía con los latidos de su corazón. —Ha llegado un soldado de la Cohortes praetorianae (guardia pretoriana) a la residencia, su madre pareció enloquecer después de que se marchó—Al escuchar "Guardia Pretoriana" No dude en caminar lo más rápido a casa, la guardia privada del emperador no visitaba las casas de los cónsules o senadores sin más, así que durante el corto recorrido de regreso a casa no pude evitar pensar en los terribles escenarios que podrían haberse dado en casa. ¿Tal vez padre había sido acusado por conspiración? No, no era posible, papá era fiel seguidor del César. ¿Tal vez había hecho una mala gestión? No, no, no, papá era dedicado en su trabajo. —Señorita por favor cálmese—Musitaba de vez en cuando Seia intentando seguir mis pasos que eran mil veces más rápido de lo habitual, pude respirar cuando pise el suelo de mármol de la residencia, camine en dirección al salón de estudio de mi padre donde solía pasar la mayor parte del día. Al abrir la enorme puerta de madera esperé lo peor, sin embargo, cuando mis ojos presenciaron la escena pude respirar de nuevo, papá estaba bien colocando su firma sobre un documento mientras mi madre parecía afligida, Galia estaba de la misma manera, ambas miraban a mi progenitor con reproche. —¿Padre estas bien? —Le dije inmediatamente cuando levanto la mirada y deposito la pluma en su contenedor de madera—Temí lo peor cuando Aten fue a buscarme al mercado. —Esclavo o sirviente es la manera correcta de llamarlo—Se apresuro a corregir mi madre. —Es una persona y al igual que nosotros sus padres le dieron un nombre, si su cuerpo es propiedad nuestra desearía que aun pudiera tener algo suyo—Le repliqué, al instante mi padre se aclaro la garganta dando por terminada la conversación. —Estoy bien Gia—Dijo el con aquella voz enronquecida por los años, su cabello color grisáceo estaba perfectamente cortado y su cuerpo permanecía cubierto con una toga color blanca adornada con un ribete color purpura, aquel costoso y elegante pigmento solo daba información acerca de la alta posición que tenia en la capital romana—Para nuestra buena suerte la visita de la Cohortes praetorianae no fue por los motivos que imaginaste lamento haberte preocupado de esa manera. —No te preocupes padre. —El motivo es mucho mas festivo de lo que pude imaginar—Musitó con una sonrisa—Una de mis hijas se casara por deseos del emperador, la diosa Juno a posado sus ojos en esta casa—Me mostro el documento escrito con una delicada caligrafía latina, la finura de la letra solo podría pertenecer al emperador en persona, al mirar con atención pude apreciar la firma, César Augustus Octavius —Fátima, siempre has dicho que Gia no esta preparada para casarse—Mi madre trago saliva mientras escuchaba con atención las palabras de mi padre—En este matrimonio esta en juego el honor de mi familia así que he decido que Galia sea la elegida para cumplir con este deber. —Pe...ro—Se apresuro a replicar—Thiago, querido, Gia también es mi hija, tu mejor que nadie sabes que este es su ultimo año para poder casarse antes de que salga por completo del rango de edad, en este momento ya debería estar casada y con hijos. —Puede casarse con cualquier otra persona menos dejar mal a la familia delante del emperador—Espetó con decisión—Además sería un honor que formara parte de las sacerdotisas vestales, seria un motivo de orgullo que mi hija sirviera a la diosa Vesta. —Querido, Galia no puede casarse, no lo hará—Musitó mi madre con decisión, intentando imponer su autoridad como la matriarca de la casa, mi hermana y yo solo teníamos el derecho de escuchar y callar hasta que hubiera alguien que solicitara nuestra opinión. Estando a expensas de la decisión de mi padre pensé que al final de todo, las jugadas perversas de Fátima se habían volteado en su dirección, como una enorme fiera en el Anfiteatro Flavio, aquellas especies que eran utilizadas para entretenimiento de los espectadores y que al final terminaban intentando asesinar a los mismos. Sus comentarios acerca de mi habilidad como esposa eran falsos, había tenido la mejor educación casi igualable con la de los varones, pues desde muy pequeña la madre de Seia quien era griega me había instruido en el arte de las letras y los cálculos, enseñanzas que había adquirido en Grecia antes de llegar como esclava a casa. Mi padre suspiro cansado antes de apoyar sus codos sobre el escritorio y llevar sus manos cerradas en forma de plegaria a su frente. —¿Por qué no quiere este matrimonio Fátima? —Le cuestionó—Debes estar contenta, nuestra hija se casará bendecida por la gracia del César y es casi seguro que será un buen candidato, tener un legionario en la familia no sería una deshora, no lo sé con certeza, pero puede ser el hijo de un senador, o algún importante militar en ascenso. —Galia aun no esta preparada—Se apresuro a replicar—Gia ha mejorado, sé que podrá hacer esto y cumplir con las ordenes del emperador sin menores contratiempos. Mi madre se coloco a unos escasos centímetros del escritorio—Querido, te lo ruego, por Júpiter. —¡No! No me hagas esto Fátima, esta vez lamento no poder cumplir con tus deseos, Galia es la mejor opción para representar a la familia, no quiero escuchar nada mas sobre el tema—Se puso de pie dando un golpe en su escritorio. Papá podía ser muy autoritario cuando se lo proponía. Caminó en dirección a nosotras y se detuvo en medio de ambas. —Esta decido, Gia como mi hija mayor será entregada a las sacerdotisas vestales y Galia mi hija menor ira al palacio para presentarse ante el emperador de Roma en cuatro días. —Se hará como tu ordenes padre—Sin esperar la respuesta de Galia salió de la estancia con la elegancia que lo caracterizaba, los ojos furibundos de Fátima no tardaron en posarse sobre mí, miro a su hija con visible preocupación para después caminar atrás de mi padre. —Prepárate para partir al Palacio Imperial Gia, porque si de algo estoy segura es que no permitiré que Galia pise ese palacio nunca, antes tomo una copa llena de veneno—Susurró cuando se detuvo por unos segundos a mi lado, su larga túnica color roja adornada con una estola dorada paso a mi lado fiereza llegando incluso a airar mi rostro, decidí quedarme callada, sabia que cuando algo se le metía en la cabeza haría hasta lo imposible para conseguirlo. Los ojos vidriosos de Galia tenían un sentimiento de derrota, al salir nuestra madre cerró la puerta antes de caminar en dirección a mí. —¿Estarás contenta cierto? —Se apresuro a reprocharme—Tu vivirás una vida plena como sacerdotisa, teniendo un palco especial en el Anfiteatro Flavio (Conocido actualmente como Coliseo), adornada con oro y diamantes mientras que yo tu hermana menor tiene a sus hijos en un campamento legionario cual fiera salvaje y vive de raciones. —No lo he decido yo—Me defendí guardando la calma y haciendo acopio de las enseñanzas de Seneca sobre la prudencia—Aunque me duela decirlo madre es la culpable, si no hubiera hablado mentiras sobre mi posiblemente la que estuviera a días de marcharse de casa fuera yo. —¿Lo escuchaste hace días cierto? ¡Sabes que el hombre al que el emperador prometió mi mano es un soldado, posiblemente un centurión, yo no me merezco alguien de tan baja categoría! —Masculló con soberbia, un centurión no era alguien de tan baja categoría como un legionario, era un buen prospecto a marido si se analizaba con atención y sin ningún rastro de ambición—Un marido correcto para mi seria un Dux o incluso un senador, no el hombre que se me quiere dar. Suspire, deseaba que mi hermana viviera una vida plena y dejara de comportarse de esta manera. —Basta Galia, agradece a los dioses que tienes un matrimonio congraciado, deja de fijarte en el rango o en el poder de tu marido—Le dije con un tono de enfado—El poder y el dinero no dan felicidad, recuerda que la ambición mata el alma y la envenena. —Eres tan hipócrita Gia—Tome aire, intentando controlar mis impulsos, estaba pasando la línea—Si estuvieras en mi situación no estarías tan tranquila ni filosofaras tan serena. —Si mi padre cambia de opinión no tengo problemas en aceptarlo, tal vez ese es el camino de mi destino hermana, confórmate con aceptar el tuyo—No pude soportar mas tiempo escuchar esa clase de prepotencia salir de su boca así que me marché del lugar, al cerrar la puerta detrás de mí pude respirar paz. —Ella esta enojada de nuevo—Aseguro una linda y dulce voz que rápidamente me hizo sonreír, el cabello rubio de Helena apareció detrás de los pasillos mientras que en su pequeña mano sostenía una pequeña muñeca de paja. Lleve mi dedo índice a mis labios indicándole que guardara silencio, la niña con un aire cómplice imito mi acción al llegar a ella la tome de la mano y la conduje escaleras arriba a mi habitación, esperaba que la luz que emanaba de las antorchas no provocase que mi madre me descubriera de nuevo. —Mami dijo que vas a casarte—Su cabecita levemente ladeada me causo ternura—Con un soldado que usa los trajes lindos, con metal y cuero. No pude evitar reír, era una niña demasiado tierna. —No Helena, no me casare, lo hará Galia, yo puedo permanecer en casa por un tiempo más, así puedo terminar de enseñarte a escribir como lo hizo tu abuela conmigo—Helena era hija de Seia y de Aten, uno de los muchos esclavos egipcios que había en la casa, cuando mi padre supo que Seia estaba embarazada decidido dejarla tener al bebé esto en a petición de su madre quien armándose de valor en su lecho de muerte decidido pedirle este favor. —Ella es mala, así que espero que se case con un hombre feo y muy viejo—Dijo la niña mirando con un poco de enfado a su muñeca mientras saltaba levemente sobre mi acolchonada cama. —Siendo así ¿Con quién debo casarme yo? —La niña rio de manera traviesa mientras bajaba de mis aposentos, su pequeña túnica se mecía con el leve viento que se colaba con el balcón. Cuando estuvo delante mío tomo mi mano con dulzura y dejo sobre ella su pequeña y roída muñeca. —Debe de casarse con un hombre muy guapo, que tenga unos bonitos ojos como los de mamá—Sonrió un poco llevando su mano de manera picara a su boca, con una leve señal me indico que quería que me pusiera de cuclillas—Y con un cuerpo aun mas fuerte que el papá. —Eres una niña demasiado traviesa Helena—Dije después de soltar una carcajada—Deseo que la diosa Juno escuche a tan preciosa niña, pero ahora debes estudiar. (...) Acostada sobre mi diván dos días después muchos pensamientos comenzaron a florecer en mi cabeza. No deseaba del todo servir a la diosa Vesta, desde pequeña había anhelado formar una familia, no me importaba vivir en una pequeña casa en el campo como un plebeyo o no comer carne todos los días, solo deseaba vivir una vida simple y plena rodeada de muchos niños que yo misma trajera al mundo, esos eran mis verdaderos deseos. La vida de una mujer consagrada no era fácil, el amor por otro ser mortal estaba prohibido, perder la virginidad a causa del fulgor del deseo era considerado peor que conspirar en contra del César, el castigo era severo: La muerte inmediata para el hombre en la horca y el desmembramiento para la mujer sin necesidad de un juicio en el tribunal. Lamentablemente no tenia opciones, debía obedecer a mi padre hasta el ultimo segundo de mi vida y si ese era mi destino debía vivir una vida ostentosa pero recluida y aunque no me gustara debía aceptarla con la mejor aptitud. —¡Traigan al médico! —Aquel grito desgarrador y lleno de preocupación me hizo sentarme de golpe—¡El medico! Era la voz de la sirviente personal de mi madre, rápidamente me puse de pie y caminé en dirección al lugar de donde provenían aquellos desgarradores y preocupados gritos, las paredes blancas de mármol parecían desaparecer más rápido conforme apresuraba el paso. Al llegar al sitio divise una imagen que me dejo fría, mi madre permanecía en el piso mientras su sirvienta la sostenía, en el suelo había una copa de plata, su habitación pareció hacerse más pequeña para mí y por unos breves instantes temí perder el aire. —¿Qué ha pasado? —Me apresure a cuestionar corriendo en dirección a la ahora inconsciente mujer, su vestido blanco desparramado en el suelo con algunas manchas de vino me provocó terror, era una mujer sana, nunca le había ocurrido algo similar—¡Madre! ¡Madre! ¡Por la diosa Vesta, despierta! La puerta se abrió de golpe, el medico particular de la familia, un doctor griego contratado por mi padre desde hacía ya muchos años entro con velocidad, con ayuda un esclavo la subió a la cama para después tomarle el pulso, sus ojos se abrieron como platos mientras comenzaba a mirar de un lado a otro. —¿Qué le ha pasado? —Le pregunté al observarlo soltar la mano de mi madre y caminar en dirección a la copa de vino, con rapidez llevo sus dedos dentro de la copa y con concentración los dirigió a su rostro para oler el contenido, después de unos escasos dos segundos se dirigió a un esclavo. —¡Traigan un cuenco ahora! ¡De prisa! —Me quede estática cuando escuche esa orden, dos esclavos que al escuchar el alboroto se dirigieron a la escena salieron corriendo despavoridos a cumplir las instrucciones del medico mientras los ojos grises del hombre se dirigían a mí, ya sabía lo que había pasado, pero me negaba a asimilarlo—La señora ha sido envenenada. —Prepárate para partir al Palacio Imperial Gia, porque si de algo estoy segura es que no permitiré que Galia pise ese palacio nunca, antes tomo una copa llena de veneno—Esas habían sido sus palabras y dejándome caer sobre el diván de su habitación, lleve mis manos al rostro con preocupación. Lo había hecho, se había auto envenenado. —Madre, ¿Cómo pudiste hacer eso?  
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