La luz del sol se filtraba suavemente a través de la ventana de la cocina, iluminando el espacio con un cálido resplandor. Era un domingo tranquilo, un día perfecto para cocinar con mi padre, quien había llegado con una bolsa de ingredientes frescos. La cocina, con su familiaridad y aromas, se convertía en un refugio donde el mundo externo parecía desvanecerse. —Hola, papá —dije con una sonrisa, ayudándole a sacar los ingredientes de la bolsa—. Hoy vamos a hacer nuestra famosa lasaña. —Eso suena maravilloso —respondió él, mostrando una alegría sincera que me reconfortaba. Mientras comenzábamos a trabajar, me llené de sensaciones placenteras. Picábamos verduras, mezclábamos ingredientes y el sonido de los cuchillos al cortar se convertía en una melodía tranquila que me traía recuerdos de

