La calma comenzó a envolverse entre Lucas y yo mientras llegábamos a su casa. Al abrir la puerta, el familiar olor a café recién hecho me recibió como un abrazo. Era un alivio estar lejos del bullicio del café y de la tensa situación que acabábamos de vivir. —Bienvenido a mi refugio —dijo Lucas, con una ligera sonrisa que apenas escondía su preocupación. En su mirada había un destello de vulnerabilidad que resonaba en el aire. Cerró la puerta tras de nosotros y me invitó a sentarme en el sofá. La decoración era sencilla, con estanterías llenas de libros y fotos que capturaban momentos felices, creando un ambiente acogedor. —¿Quieres algo? —preguntó mientras se dirigía hacia la cocina. —Un café estaría bien —respondí, tratando de calmar mis nervios. Pronto, Lucas regresó con dos tazas

