—Sabes que aquí somos trabajadoras sexuales, ¿verdad? —preguntó Raquel.
—Sí, sé que esto es un prostíbulo —contesté mientras la seguía escaleras abajo.
—A nosotras nos gusta más llamarlo club, y en vez de putas decimos chicas, así nos sentimos menos como objetos y más como personas.
—Lo siento.
Entendía perfectamente lo que quería decir Raquel, allí los clientes iban a buscar mujeres con las que practicar sexo sin preocuparse de lo que pensaban o lo que sentían, ni siquiera se paraban a pensar en si a ellas les apetecía estar con ellos o no. Para esos hombres ellas no eran más que simples trozos de carne que usaban para satisfacer sus necesidades sexuales y que después dejaban tirados como las colillas de los cigarrillos y los puros que se fumaban. No me extrañaba nada que prefiriesen que se referiesen a ellas como chicas y no como putas o prostitutas.
—No lo sientas Marilyn, no tenías porqué saberlo. Supongo que tú misma estarás más cómoda llamándote chica que si te llamases puta.
—La verdad es que sí.
—Bien, —dijo Raquel al poner el pie en el último escalón— ahora voy a explicarte cuál es nuestro otro trabajo.
—¿Otro trabajo? —pregunté, pensando que quizá se refería al trabajo de los camareros o al de las bailarinas ligeras de ropa que amenizaban la velada.
—Sí, —Metió la mano en el bolsillo de un caballero que se acercó a tocarla el trasero— el otro trabajo, —Me mostró un fajo de billetes en cuanto el hombre se alejó— y en este ganas más cuanto más simpática eres, más provocativa vistes —Se acercó a un tipo que metió la mano bajo su top mientras ella le quitaba el reloj de oro con un rápido e imperceptible movimiento— y más permisiva eres —Otro tipo metió la mano bajo su falda mientras ella le quitaba la cartera.
—¿Sois ladronas? —pregunté en un susurro.
—Algo así, —Vacío la cartera que había robado asegurándose de que nadie la estaba viendo— pero nunca te olvides de devolver las carteras, y nunca las dejes completamente vacías.
La observé mientras volvía al lado del tipo que había metido la mano bajo su falda, que era el dueño de la cartera, se sentaba a horcajadas sobre él y volvía a ponerla en su bolsillo.
Mientras Raquel se magreaba con aquel hombre yo me sentía totalmente fuera de lugar, de pie en aquella inmensa sala en medio de decenas de trabajadoras sexuales que se pavoneaban delante de todo tipo de hombres para llevárselos escaleras arriba rumbo a las habitaciones.
Cómo Raquel no volvía a mi lado y yo ya no sabía ni dónde poner las manos, me dirigí a la barra para refugiarme y sentirme un poco más segura, pues en mitad de la sala me sentía vulnerable y desprotegida.
—Tú eres nueva, ¿no? —preguntó el camarero.
—Sí, soy Marilyn.
—Encantada, yo soy Max. ¿No debería acompañarte una de las chicas para explicarte el funcionamiento de todo esto en tu primera noche?
—Sí, y estaba con Raquel, pero... —Señalé con la cabeza a la chica magreándose con el tipo al que le había robado la cartera.
—Ya veo, han requerido sus servicios en otro lugar.
—¡Anda, chica nueva! —Un hombre bastante ebrio agarró mi mano y empezó a tirar de mí—. Vamos guapa, te vienes conmigo —dijo tiñendo su voz de crudeza.
—Oiga, ¡suélteme! —exclamé muy asustada.
—Vamos anda, no seas mojigata, si nos lo vamos a pasar muy bien... —Me arrastró hacia las escaleras y, por mucho que yo me resistía, no pude hacer nada para evitarlo—. Tú sólo enséñame tu habitación.
—Richard, —dijo Max con voz autoritaria tras rodear la barra— sabes que la principal norma de la casa es que a las nuevas no se las puede tocar en la primera noche, y que son ellas las que eligen con quién la quieren pasar. Si no cumples con las normas del club me veré obligado a sacarte del local.
El borracho musitó una disculpa y se escabulló entre la gente.
—Gracias Max. —Me froté la muñeca dolorida con el susto aún en el cuerpo.
—No me las des Marilyn, aquí cuidamos de nuestras chicas. Además, —bajó la voz para que solo yo le oyese— aguantar a los borrachos es mi trabajo, no el tuyo.
Max me había librado de una buena, si ese tipo que estaba tan ebrio me hubiese arrastrado con él quién sabía a dónde no sé lo que podría haber pasado, pero seguro que el tipo me habría violado. Ya sabía que, convirtiéndome en una trabajadora s****l, tendría que permitir que todo tipo de hombres hiciesen cuanto les apeteciera conmigo en cuanto a la cama se refiere, independientemente de cuál fuese su grado de embriaguez, pero aún tenía que mentalizarme para ello.
—Veo que ya conoces a la nueva, Max —dijo la madame.
—Sí, y acabo de librarla de Richard.
—Ese pesado de Richard nunca aprende, menos mal que nuestro Max sabe manejarle. —La madame me rodeó el hombro con el brazo y me instó a caminar junto a ella—. He visto que Raquel ha subido a su habitación con un cliente, así que he supuesto que te habrías quedado sola. ¿Le ha dado tiempo a explicarte algo?
—Sí madame, me ha hablado sobre nuestro otro trabajo y me ha hecho una pequeña demostración.
—Vamos a sentarnos ahí. —Me condujo a un cómodo sofá de terciopelo rojo—. Mira Marilyn, observa a la pelirroja del vestido n***o: mira como camina, como se mueve y, sobre todo, lo que hace con las manos.
La pelirroja se movía por la sala como una bailarina que metía las manos en los bolsillos de muchos clientes sin que ellos lo notasen igual que lo haría una experta carterista. Seguro que se ganaba mucho más dinero así que acostándose con ellos.
—Nuestras chicas —continúa la madame— se sacan un buen pellizco cuando venden su virginidad, ya sea vaginal o anal como es tu caso, pero es con el pillaje con lo que realmente se ganan un buen sustento. Sin embargo, hay que ser tan sutiles como ella —Señaló a una morena vestida de verde— que se mueve con la gracia de una mariposa entre toda esta panda de feas orugas.
La morena se movía con gracilidad, haciendo que sus movimientos resultasen naturales e inocentes para que nadie supiera lo que en realidad estaba haciendo.
—¿Y si me pillan?
—No lo harán Marilyn, porque tú no vas a empezar con el segundo trabajo aún. Primero tienes que entrenar, practicar con mi ayuda y la de las demás chicas, antes de que empieces a hacerlo con los clientes.
Ya era malo el trabajo de trabajadora s****l, pero aquel segundo trabajo de ladrona no me hacía sentir nada cómoda y dudaba mucho que algún día me sintiese cómoda con ello. Pero en fin, esa era mi vida a partir de ahora y no me podía negar a lo que la madame me ordenase si no me quería ver de patitas en la calle.
—Ahora —La madame se puso en pie y yo la seguí— sube a tu habitación y descansa. Esta noche no vas a trabajar, tienes mucho que asimilar y necesitas estar en forma para mañana.
»Todos los dormitorios están insonorizados, así que no tienes que preocuparte por el ruido, pero recuerda que aquí trabajamos hasta el amanecer por lo que nadie se levanta de la cama hasta que no son como mínimo las dos de la tarde, y eso son solo las más madrugadoras.
—Sí, madame.
—Puedes coger lo que quieras de la nevera o las alacenas. Tenemos leche, cacao en polvo, zumo, café, cereales, fruta, galletas, magdalenas, bollos, yogures... Y en la nevera tienes todo lo necesario para preparar sopas, guisos, estofados... o puedes hacerte un sándwich si quieres cenar algo más ligero.
—Gracias madame.
Su amabilidad me tenía abrumada pero le estaba muy agradecida por ello, pues hacía la incómoda situación un poco más llevadera para mí.
—Mañana es oficialmente tu primer día, así que prepárate mentalmente para hacer buenas mamadas y echar buenos polvos. —Caminó hacia la puerta.
»Ah, y porque te follen el culo no te preocupes. Aunque sé que te gusta muchísimo y que se te abre solo, mañana no lo va a hacer nadie. Será el señor Ruiz el que te desvirgue cómo a él le gusta y te pague una buena suma por ello, le sacarás un buen dinero, y después le voy a pedir que me le folle a mí. Lo estoy deseando... —Se perdió por el pasillo.
Un poco asustada por el día de mañana, me puse a hacerme algo de cena para irme a dormir.