Segundo libro. 5. Limpieza

1345 Words
Fui la primera en levantarme y salir de mi dormitorio, pero eso era lo normal si tenía en cuenta que todos los demás integrantes del edificio habían estado trabajando hasta el amanecer. Había pensado quedarme más tiempo en mi habitación, refugiada entre aquellas cuatro paredes y sin entrar al baño para no ver una sola cosa que me recordarse que esto en realidad era un prostíbulo, pero mi estómago ya hacía horas que había empezado a rugir. Por eso lo que hice fue bajar a la cocina para prepararme el desayuno, y como después de eso me aburría como una ostra, me puse a fregar los platos que supongo que las chicas habían manchado para comer algo antes de irse a dormir. También tuve tiempo de limpiar las encimeras de la cocina, el suelo, el pasillo, la sala y el bar que contenía la misma, donde trabajaba Max. Aún así, no conseguía dejar de aburrirme y lo que menos me apetecía en aquel momento era tener tiempo libre para pensar, aunque aquello era inevitable. No podía quitarme de la cabeza a mis difuntos padres, a la forma tan horrible en la que habían muerto, al embargo de la que fue mi casa por parte del banco, a enterarme de las numerosas deudas que mis progenitores tenían y que yo desconocía por completo, a que no iba a poder seguir estudiando en la universidad y, por consiguiente, no iba a poder terminar la carrera de Derecho... Y, lo que era lo peor de todo, no me podía quitar de la cabeza que ahora era una trabajadora s****l, una prostituta, y que no tenía otra alternativa para poder ganarme el pan si no quería acabar durmiendo en la calle expuesta a los peligros que eso me podría acarrear. Dormir en la calle podría implicar que alguien quisiese forzarme en contra de mi voluntad, trabajar en un prostíbulo, en cambio, quería decir que yo daría mi consentimiento para que se celebrase dicho encuentro s****l. Decidí que iba a tomarme aquello como si fuese un colegio, un internado en el que había una rutina: por las mañanas dormiría, por las tardes asistiría a clases para ser ladrona y por las noches me dedicaría a llevarme a hombres a la cama por un poco de dinero. Vale sí, de acuerdo, no suena demasiado bien, pero yo tenía que verlo como algo normal si no quería acabar hundida y desquiciada. Cuando ya todo estaba limpio, subí de nuevo a mi habitación y saqué de mi mochila una foto de mis padres. Lloré desconsoladamente durante horas sobre su retrato, llevándome la imagen al corazón para abrazarla con fuerza y pidiéndoles perdón por lo que me estaba viendo obligada a hacer. Sí, es cierto, el día anterior había disfrutado muchísimo con aquel pene de silicona introducido en mi ano, disfruté aún más cuando la madame introdujo al mismo tiempo un falso pene en mi v****a, pero disfruté mucho más todavía cuando al mismo tiempo yo misma me introduje otro falso falo en la boca. Pero me sentía muy culpable por todo ello, me sentía sucia, depravada, pervertida y no sé cuántos adjetivos negativos más. Sabía que tenía que recomponerme, pues esa noche sería la primera en la que le ofrecería mis servicios sexuales a un hombre, pero en ese momento no me sentía con fuerzas para ello. Finalmente, me obligué a levantarme de la cama y fui al baño para lavarme la cara y eliminar hasta el último resto de lágrimas. Al mirar a la repisa en la que estaban todos los juguetes sexuales me sentí tentada de utilizar alguno para dejar de sentir aquella angustia que me carcomía por dentro, pero finalmente deseché la idea. En lugar de ello, lo que hice fue depilarme y maquillarme cómo lo hacía cuando salía los sábados por la noche y rizarme el pelo con el rizador. Después rebusqué en el gran armario y encontré un conjunto de short y top que, aunque era un poco escotado, apenas si dejaba ver mi pecho. Tras mirarme en el espejo y sentir que mi look era el apropiado para trabajar en ese local aquella noche, volví a salir al pasillo y me dirigí a la cocina para hacerme algo de comer. —Buenos días, Marilyn —dijo la madame— estás preciosa. Esta noche vas a volver locos a los clientes. —Gracias. —Vamos a ver lo que nos ha preparado Lucía de comer. —¿Lucía? —Sí, es nuestra cocinera. —Yo pensaba que éramos nosotras mismas las que nos preparamos la comida. —No exactamente, puedes prepararte lo que quieras si vas a deshora, pero Lucía hace comida a las dos de la tarde, a las ocho de la tarde y a las ocho y media de la mañana. Seguí a la madame hacia la cocina, donde había una mujer mayor bastante enfadada que supongo que sería la cocinera. —¿Quién ha sido, eh?, ¿quién? ¿¡Quién!? —¿Qué pasa, Lucía? —Alguien ha limpiado mi cocina, madame, y todas sabéis que la que se encarga de eso soy yo. —Se señaló el pecho con un cucharón de madera. —Lo siento. —admití mi culpa rápidamente, pues no quería que ninguna de las chicas fuese culpada por ello—. Estaba muy aburrida y pensé que así, de paso, haría algo de provecho. —No te disculpes, Marilyn, —dijo la madame— fui yo la que no te lo expliqué. —La que lo siento soy yo, —dijo Lucía— no tenía ni idea de que había una chica nueva y no debería haberme puesto así. Si te sirve de consuelo, la verdad es que lo has dejado todo muy limpio, —bajó la voz para susurrar— mucho más de cómo lo dejan estas mujeres por aquí. —Las barrió con la mirada. —Gracias, supongo. —No la hagas caso, —me dijo la madame— Lucía es una vieja cascarrabias. —Y tu madame es un poco guarrilla —replicó Lucía. —Por supuesto que lo soy, de lo contrario no estaría trabajando aquí ni regentaría este club. Solté una carcajada, no pude evitarlo, pues aunque sus palabras destilaban veneno era evidente que en el fondo se tenían un gran cariño. Me senté a comer y me fueron presentando, una por una, a todas las chicas. —Lo siento por haberte dejado sola ayer, Marilyn —dijo Raquel. —Tranquila, sé que tenías trabajo. —Espero que no te hubiese pasado nada. —Para eso estaba yo, —dijo Max— para protegerla. —Max siempre protege a nuestras chicas —dijo la madame. Comí el contenido de mi plato, que por cierto estaba delicioso, sin apenas prestar atención a las palabras de los demás. Lo único en lo que podía pensar era que dentro de unas horas haría mi primer servicio s****l a un desconocido, y eso me tenía muy nerviosa. Yo solamente había practicado sexo con mi exnovio, pero nunca antes había practicado sexo sin amor. Al acabar la comida, las chicas se dirigieron cargadas con cubos, balletas, cepillos y fregonas al pasillo y la sala. —Me temo que ahí tampoco tienen nada que limpiar —dije avergonzada. —¿También has limpiado la sala, Marilyn? —preguntó la madame. —Es que estaba muy aburrida. —Pues nada chicas, —La madame dio dos palmadas— a descansar. Observé como las chicas volvían a poner los utensilios de limpieza en su lugar y se dirigían a sus habitaciones. —Pues supongo que entonces hoy me va a tocar limpiar el bar yo solito —dijo Max. —Es que eso también está limpio. —¡Pero Marilyn, eres como un robot de limpieza! —Espero que no te moleste. —Para nada, así tendré más tiempo para descansar, porque estoy muerto de sueño. —Se puso en pie y se desperezó. »Nos vemos esta noche en la sala, Marilyn. —Guiñó el ojo y se marchó de la cocina.
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