Segundo libro. 6. Prisionera de mi desgracia

1067 Words
De nuevo todo el mundo se fue a dormir, esta vez la siesta, por lo que otra vez me quedé sola y aburrida. Bueno, todos menos Lucía, pero con lo que se había enfadado por haber limpiado la cocina no me atrevía a ofrecerle mi ayuda. Sin más distracción posible en aquel prostíbulo, me subí de nuevo a mi habitación. Sentía el ardor de las lágrimas en las cuencas de mis ojos, pero no quería tener que ponerme a llorar. La muerte de mis padres era muy reciente, y con ella todas las desgracias que me habían pasado, pero si a partir de esa misma noche iba a ser una de las trabajadoras sexuales de aquel club no me podía pasar todo el día entero llorando. Necesitaba distraerme con cualquier cosa para dejar de pensar en ellos y en lo desgraciada que se había vuelto mi vida y entonces me acordé de que, la noche anterior, cuando la madame me entregó un pequeño consolador anal con el que practicar, había dejado de pensar en todo lo que me hacía daño por unos momentos. Pensé que quizás era lo que necesitaba, darme un poco de placer a mí misma para dejar de sentir esa angustia que me estaba destrozando por dentro, por lo que me dirigí al baño a buscar uno de esos bonitos p***s de silicona. Esa vez iba a hacerlo yo sola sin que la madame, Raquel ni ninguna de las otras chicas estuviesen delante, por lo que no lo veía algo tan sucio ni tan malo. Lo primero que hice fue hacerme una lavativa, tal como había hecho el día anterior, y, armada con dos falsos falsos y una caja de preservativos (pues quería estar preparada para cuando no me quedase más remedio que acostarme con un cliente esa noche), me dirigí a la cama con una sonrisa de oreja a oreja saboreando el placer que sabía que estaba apunto de experimentar. Sin embargo, cuando mi mirada se cruzó con el retrato de mis recién fallecidos padres no pude evitar ponerme otra vez a llorar como nunca antes lo había hecho. En circunstancias normales me habría tomado el tiempo de llorar a mis padres, de pasar el duelo como buenamente pudiese, pero aquello no eran circunstancias normales: estaba en un prostíbulo. La verdad es que temía que llegase el momento de la noche, de verme obligada a meterme en la cama con un desconocido, pero en aquel momento deseaba con todas mis fuerzas que un hombre apareciese por la puerta y me ayudase a distraerme, a dejar de pensar en el tremendo vuelco que había dado mi vida. No sé cuánto tiempo pasé llorando, puede que una o dos horas, pero entonces escuché la voz de Max. —Marilyn, ¿estás bien? —Puso una mano en mi hombro de manera reconfortante. Me había dejado la puerta de la habitación abierta, por lo que él había oído mi llanto desconsolado. La madame me había dicho el día anterior que los cuartos estaban insonorizados, por lo que si hubiese cerrado la puerta correctamente él no habría podido oírme. Tengo que confesar que me moría de la vergüenza, a nadie le agrada que le vean llorar, ¿no?, y mucho menos si ese alguien es un desconocido. —Sabes que no hace falta que trabajes aquí si no quieres, —Se sentó en el borde de la cama— no eres una prisionera de este sitio. Claro que no, no era una prisionera de ese sitio, pero sí lo era de mi desgracia y de la falta de dinero y de otro lugar en el que vivir, y a partir de aquella noche iba a tener que practicar sexo con desconocidos. Entonces se me ocurrió que, allí mismo, en el que desde la noche anterior era mi dormitorio, había un hombre que, a pesar de que era un desconocido, era bastante amable conmigo. —Tranquila Marilyn, voy a avisar a la madame, —Se levantó de la cama para irse— y si no la encuentro a una de las chicas para que puedas contarles lo que te pasa. —Espera Max, —Tiré de su brazo hacia mí— no te vayas. Estaba completamente desnuda, pero no me importaba. —Toma. —Me entregó una manta para que me cubriese. —No, —Negué con la cabeza— prefiero quedarme así. Me puse en pie y caminé decidida hacia él, moviendo mi trasero de lado a lado con cada paso y dejando mis senos al descubierto. —¿Crees que a los clientes de este sitio les gustará esto? —Hice un gesto con la mano que abarcó de mi cabeza a mis pies. —Les va a encantar Marilyn, no tienes de qué preocuparte. —¿Y te gusta a ti? —Mucho. —Vi como su nuez subía y bajaba al tragar saliva. —Pues ven, —Agarré una de sus manos y la puse sobre mi seno— pruébalo. —Marilyn, no sé si esto... La madame podría... —Nadie se va a enterar, —Cerré la puerta de la habitación— y si se enteran diremos que te lo he pedido yo, que me estás entrenando para lo que me espera esta noche. —Pero de eso se encargan ella y las chicas, Marilyn. —Tal vez, pero aquí hay algo —Puse la mano en el bulto que sobresalía de su pantalón— que ellas no me pueden enseñar. —Por eso usan eso. —Señaló con la cabeza los p***s de silicona que yo había dejado hacía un momento sobre la cama. —Sí, me lo enseñaron ayer, pero por muy realista que sean no se pueden comparar a lo que tiene entre las piernas un hombre de verdad. Sabía perfectamente que yo no era así, que lo que le estaba diciendo estaba solo movido por el dolor y por la inmensa angustia que atenazaba mi corazón, en el fondo lo sabía, pero me daba igual. El día anterior el sexo (o la masturbación) habían conseguido que por un momento yo dejase de sufrir, aunque sólo fuese por un rato, y eso era justo lo que me hacía falta en ese momento. —Ven conmigo, Max, —Tiré de su mano hacia la cama— y enséñame lo que sabes hacer. Quiero ver cuanto puedes hacer disfrutar a una mujer.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD