La verdad es que estaba segura de que cuando acabase el acto s****l con Max me iba a arrepentir, y no poco, pero en aquel momento lo único que quería era disfrutar del sexo hasta gritar de placer.
No vayas a pensar que en aquel entonces yo era una mojigata en lo que al sexo se refiere, pues con mi exnovio había practicado sexo oral en innumerables ocasiones, tanto de mí hacia a él como de él hacia mí, y era muy exigente en cuanto a las posturas que más placer me producían y más alargaban los orgasmos, pero nunca antes había tenido sexo esporádico con nadie.
De hecho, hasta aquel momento el único chico con el que yo había practicado sexo era con mi exnovio, y aunque el muy cerdo me puso los cuernos con otra, disfrutaba mucho con él en la cama.
Estaba convencida de que la razón era que también había amor entre nosotros, al menos de mi parte, por eso necesitaba tanto que mi primera vez con otro hombre fuese con alguien que no fuese un completo desconocido.
Cierto que yo no conocía mucho a Max, pero él el día anterior me había salvado de las garras de un hombre borracho y eso se merecía como mínimo un premio de mi parte.
Por eso di un suave empujón a su pecho para que se tumbase sobre la cama.
Después me senté a horcajadas sobre él completamente desnuda y empecé a acariciar su pecho.
Él volvió a poner las manos sobre mis senos y yo le dejé hacer.
—Tus senos son espectaculares, Marilyn.
Lo que acababa de decir Max, sumado a la sensación que provocaba en mi zona íntima el contacto con su erección, hacía que yo sintiese una ligera humedad en mi zona íntima. Me excitaba sobremanera que a ese hombre, el primer desconocido que me veía desnuda, le gustasen mis pechos.
Inmediatamente, me levanté y desabroché el botón de sus pantalones, bajé su bragueta y acaricié el bulto a través de sus calzones.
—Bufff.
Max levantó su cadera y se bajó los pantalones. Se incorporó para quitarse los zapatos y los calcetines, y se los quitó.
Mientras él hacía eso, yo me situé de rodillas tras él, pegué mis senos a su espalda y mordisqueé su cuello por entero, de derecha a izquierda.
En cuanto él acabó de desvestirse se giró hacia mí y volvió a poner las manos en mis senos. Me acarició hasta llegar a mis clavículas y me empujó suavemente para que me tumbase sobre la cama.
Mientras tanto, yo alargué la mano y cogí uno de los preservativos que había dejado antes en la mesita de noche.
—Toma Max.
Él agarró el sobrecito y se lo colocó en la goma de los boxers para después. Puso las manos en mi clavícula y las fue bajando muy despacio, pasando por mis senos y bajando por mi abdomen hasta llegar a mi bajo vientre.
Solté un suspiro de placer cuando él bajó las manos lentamente por mi cuerpo, acariciándome las piernas. Si hubiese tenido vello éste se habría erizado por el escalofrío que en aquel momento recorría todo mi cuerpo, pero me había depilado esa misma mañana.
—¿Puedo? —Él acercó las manos subiendo de nuevo por mis piernas hasta llegar a mi bajo vientre.
—Por favor.
Max recorrió mi intimidad correteando con sus dedos y yo solté el primer gemido. Después, separó mis pliegues con los dedos índice y corazón de una mano, y puso el dedo corazón de la otra sobre el punto en el que se unen todas las terminaciones nerviosas de mi feminidad.
Separé las piernas cuando él comenzó a trazar suaves círculos con su dedo corazón en la pequeña protuberancia y no pude evitar arquear la espalda por el gran placer que ello me producía.
—¿Te gusta esto, Marilyn?
Cómo respuesta solté un segundo gemido, que él tomó como una invitación, pues introdujo un dedo en mi v****a, pero quedándose apenas en la entrada de la misma. Estimuló las pequeñas rugosidades del principio de mi abertura hasta que yo tomé su mano y tiré de ella hacia mi cuerpo para que se introdujese por completo en mi interior.
Cuando su dedo entró en mí arqueé de nuevo la espalda y suspiré de placer. Max movió el dedo en mi interior y con los dedos índice y pulgar de la otra mano retorció mi pequeño manojo de nervios.
Un segundo dedo acompañó entonces al primero en su vaivén por mi humedad y un grito descontrolado de placer escapó de mi boca.
Estaba peligrosamente cerca del orgasmo y contraje los músculos de mi feminidad para tratar de retrasar el momento. Sin embargo, lo que conseguí fue justo lo contrario y la ola del clímax se desencadenó en mi interior.
Había estado muy bien, pero yo no me iba a conformar con eso.
Me arrodillé en la cama frente a él, saqué el preservativo de la goma de sus boxers y se los quité.
Subí las manos por sus muslos externos, los pasé por sus abdominales y bajé hasta alcanzar su dureza. Su m*****o estaba totalmente erecto, por lo que rasgué el sobrecito y extraje el preservativo.
Sujeté el extremo del mismo con dos dedos y lo desenrollé lo más despacio que pude sobre su pene, deteniéndome en cada centímetro de su piel.
Con su m*****o correctamente enfundado, Max me giró suavemente y me tumbó sobre la cama boca abajo colocando con gentileza la almohada bajo mi vientre.
Él puso las manos en mi cadera, me elevó ligeramente y buscó mi abertura con su m*****o. Cuando lo encontró dio una lenta embestida, no permitiendo aún que su dureza entrase por completo en mi interior.
Gemí con suavidad, pues estaba disfrutando mucho, pero mi cuerpo necesitaba que toda su dureza penetrase en mi húmeda intimidad. Por eso llevé las manos a mi espalda hasta que encontré la suya y tiré de su cuerpo hacia mí.
La verdad era que aquel encuentro s****l no tenía nada que envidiarle a los que había tenido con mi exnovio, estaba siendo espectacular.
Gemí de nuevo cuando, por fin, toda su longitud entró en mi interior, pero necesitaba más, por lo que mecí la cadera al compás que marcaban sus embestidas, que en ese momento eran muy lentas. Poco a poco, su ritmo aceleró y cuando llegó a su máximo esplendor detuve mis movimientos, pues ya no podía seguirle el ritmo.
En ese momento elevé la cadera para recibir toda la longitud de su m*****o, que rozó el cuello de mi útero con cada movimiento de su pelvis, y puse una de mis manos en el cabecero de la cama, donde noté un pequeño clic al que no le presté ninguna atención.
Grité de placer con cada fuerte embestida y alcancé un gran orgasmo que hizo que mi v****a se contrajese varias veces y mi cuerpo se estremeciese cuando Max se detuvo con una última y fuerte embestida, desplomándose sobre mi cuerpo y susurrando a mi oído:
—Ha sido increíble, Marilyn.