Segundo libro. 8. La noche de mi estreno en el club

1262 Words
Aquel encuentro s****l fue espectacular y, lo mejor de todo, sirvió para eliminar en mí la creencia de que el sexo sin amor no se podía disfrutar. Por supuesto que se disfrutaba, y no poco. —No me extraña que te haya resultado increíble Max, —dijo la madame— porque Marilyn no paraba de gemir. Los dos miramos hacia la puerta en aquel momento, sorprendidos y avergonzados, al menos yo, porque la madame nos hubiese visto. Traté de cubrirme con la sábana como si ella no me hubiese visto nunca desnuda, pues la vergüenza que sentía nubló el posible arrepentimiento por lo que acababa de hacer. —Tenía que haberme acordado de cerrar el pestillo... —dije avergonzada. —No habrías podido —dijo Max. —¿Por qué? —pregunté. —Porque las habitaciones de las chicas no tienen cerrojo, —aclaró la madame— es la forma de protegeros si algún cliente intenta propasarse con vosotras. —Pero si las habitaciones están insonorizadas, —dije preocupada— ¿cómo saben cuando estamos en peligro? —Porque, en ese caso, pulsáis el botón de la puerta, de la mesita de noche, del baño o del cabecero, ese que tú acabas de pulsar, y manda una señal directa a mi habitación y mi teléfono móvil. —Ah... Al menos ya sabía que había sido yo la que había llamado a la madame sin darme cuenta para que viniese pensando que estaba en peligro, y que por lo menos ella no había entrado por gusto sin llamar invadiendo mi privacidad. Miré a Max, que se había puesto los boxers otra vez y miraba al suelo evitando mirarnos a mí o a la madame y se rascaba la cabeza distraídamente. —Yo... Lo siento madame —sentí la necesidad de disculparme. —No lo sientas niña, por lo que he visto has disfrutado mucho con Max, y seguro que te ha servido para prepararte para follarte a uno de los clientes en una hora. Y estoy segura de que Max también ha disfrutado mucho contigo. —Sí madame, —admitió él— mucho. La verdad es que me sentía verdaderamente aliviada de que la madame no se hubiese enfadado porque yo me hubiese acostado con un hombre que no fuese un cliente sin recibir dinero a cambio, de solo pensar que se podía enfadar conmigo y echarme del prostíbulo me moría de miedo. Si ella me echaba a la calle no tenía ni idea de dónde podría ir, estaba atada de pies y manos por las circunstancias y, sin casa ni trabajo, no me quedaba más remedio que trabajar allí. Es cierto que el sexo con Max había sido increíble, pero de nuevo me sentía incómoda por estar en aquel lugar y por lo que tendría que hacer en unas pocas horas, pero no había nada que yo pudiese hacer al respecto. —Date una ducha niña, en cuarenta minutos tienes que estar en la sala. »Ah, y Max, aún tienes cuarenta minutos libres, por lo que puedes meterte en la ducha con Marilyn si quieres. —Cerró la puerta y nos dejó allí. —Qué vergüenza... —dijo Max. —Y que lo digas, yo... lo siento mucho. No tenía ni idea de que había pulsado ningún botón. —No te preocupes, los gajes del oficio, supongo. —Se encogió de hombros—. Si no te importa, voy a ir a mi habitación a arreglarme. Lo que en realidad estaba era aliviada de que él se fuese y yo no me viese obligada a rechazarle, pues aunque me había dado dos orgasmo increíbles, no tenía ningún interés en volver a acostarme con él. En cuanto salió de mi habitación, me dirigí al baño para darme una ducha procurando no mojarme el pelo que me había rizado por la mañana ni estropearme el maquillaje. Una vez seca llegó el momento de elegir el atuendo con el que iba a bajar esa noche a la sala, pues no me parecía muy correcto ponerme lo mismo que me había puesto para todo el día por mucho que lo hubiese elegido para lucirlo aquella noche. Después de mucho buscar y de descartar prendas que no eran de mi estilo, me decanté por un bonito vestido n***o con la espalda al aire que me cubría hasta la mitad de los muslos y no tenía nada de escote. Lo siguiente que hice fue oscurecerme un poco la sombra de los ojos para que fuese en consonancia con el vestido y retocarme los labios para pintarlos de rojo. Por último me puse unos zapatos de tacón negros bastante elegantes, pero que no eran demasiado altos para que yo me pudiese caer o tropezar por no estar acostumbrada a ellos. Llegada la hora, salí al pasillo y bajé las escaleras hasta la sala, dónde me estaba esperando la madame. —Aquí estás, Marilyn, estás preciosa. No podías haber elegido un look mejor para la noche de tu estreno en el club. No me hacía mucha gracia como sonaba eso de mi estreno, pero si quería conservar ese trabajo no podía decir nada que contradijese o incomodase a la jefa de ese prostíbulo. —¿Se ha duchado Max contigo? —No, madame. —Pues muy mal, haces bien en disfrutar de que te follen, yo no te voy a negar eso. A los clientes hay que cobrarles por obtener tus servicios, pero a Max no. Te confieso algo, cuando yo disfruto con un cliente ni siquiera le cobro. —Me mostró una sonrisa radiante. »En fin, —Caminó instándome a que la siguiese— esta es tu segunda noche en el club, la de tu estreno, por lo que, como ya te dijo Max ayer, nadie tiene permitido tocarte hasta que no seas tú la que elija a un cliente. La verdad era que, de lo malo malo, aquello era un alivio para mí. Bastante me había asustado cuando aquel tipo ebrio me había agarrado de la mano y tirado de mí con insistencia hacia las escaleras de subida a los dormitorios sin escuchar mis súplicas para que me soltase ni entender lo que significaba la palabra 'no'. Sabía perfectamente que, inevitablemente, esa noche iba a tener que practicar sexo con uno o varios desconocidos, pero que yo pudiese elegir al primero era lo más parecido que se podía tener a estar una noche de fiesta y decidir por mí misma con quién me quería acostar. —Ahora, con la espalda recta y la cabeza alta, —Puso la mano bajo mi barbilla y tiró de mi mentón hacia arriba— recorre toda la sala sin olvidarte de mover el culo de lado a lado para contonearte y busca al afortunado que te va a estrenar, y no tengas ninguna prisa para hacerlo. Eso de "estrenar" no me gustaba un pelo, sonaba como si yo fuese unos zapatos o una camiseta que alguien se podría poner por primera vez, dando la sensación de que se me estaba tratando como un objeto sin vida ni sentimientos. Aunque claro, ¿qué es una trabajadora s****l para un hombre? Simple y llanamente, algo o alguien a quien usar para después olvidarse para siempre de ello. Pero había sido yo misma la que me había metido allí, por lo que inspiré profundamente y caminé de la manera que la madame me había dicho, moviendo mi trasero de lado a lado, recorriendo toda la sala para buscar a un hombre que no fuese demasiado viejo, gordo o feo, y que no estuviese demasiado borracho.
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