No fue muy difícil encontrar a alguien que encajase con mi objetivo, pues eran muy pocos los que eran lo suficientemente jóvenes y atractivos como para atraer mi atención.
Al fondo de la sala, sentado en un sillón de sky marrón y con cara de aburrimiento, había un hombre joven, moreno, alto y trajeado con pinta de empresario adinerado que no estaba nada mal.
No vayas a pensar que me dirigí allí en un primer momento, todo lo contrario. La madame me había dicho que no tuviese prisa y yo necesitaba mentalizarme para lo que estaba a punto de hacer, por lo que seguí paseando por la sala sin olvidarme de contonear el trastero, asombrándome al darme cuenta de que ningún hombre intentaba agarrarme ni decirme absolutamente nada. No sabía si eso quería decir que ellos eran respetuosos o que estaban siguiendo a rajatabla la regla del local de no tocar a las chicas hasta que ellas mismas decidiesen con quién iban a practicar sexo en su primera vez en el club, de lo que sí estaba completamente segura era de que llamaba su atención, pues más de uno, por no decir todos ellos, me seguían con la mirada.
Sin embargo, por muy lejos que caminase por la sala, no podía evitar volver a dirigir la mirada hacia aquel caballero tan apuesto que estaba sentado en el sillón del fondo.
En un momento dado, Raquel se me acercó y me dijo:
—Te ha gustado el tipo, ¿eh?
—¿Qué? —pregunté, pues la pregunta me había pillado desprevenida.
—Aquel de allí, el del fondo. No me extraña que te guste, es un bombón.
—Sí, pero esta va a ser mi primera vez como trabajadora s****l y quiero asegurarme de elegir al candidato idóneo.
—No te engañes Marilyn, mira a tu alrededor: esta noche no hemos tenido buena suerte, todos los clientes que han venido son viejos, gordos, feos y tremendamente aburridos.
»Ese tipo de ahí es el más decente que ha venido a vernos en mucho tiempo, por no decir el más atractivo que ha pisado nunca la sala, no está nada mal para ser el que te estrene.
Otra vez eso de estrenarme, ya era la segunda vez que lo oía, pero eso no hacía que me sonase mejor.
—Mira, Marta lo va a intentar.
Observé como una de las chicas se acercaba a aquel hombre que parecía salido de una revista y como él la rechazaba con mucha educación.
—Vaya, tampoco lo ha conseguido —dijo Raquel—. ¿La madame te ha explicado que tenemos un plus para los clientes difíciles?
—No, ¿qué es eso?
—Cuando, por más intentos que se hacen, ninguna de las chicas consigue llevarse a la cama a un cliente, la madame le entrega un plus de 5000 dólares a aquella que sea capaz de follársele.
¿5000 dólares? Aquello no era moco de pavo. Si yo ganaste ese dinero podría dejar de trabajar en el prostíbulo, pues podría costearme el precio del alquiler de un piso para varios meses y abastecerme de comida suficiente hasta que encontrase un empleo más digno.
La promesa de ese dinero fue lo que me hizo decidirme, caminé contoneando mi trasero de nuevo directa hacia él con una sonrisa de seducción pintada en la cara y mirando hacia el suelo fingiendo mirarme los pies, pero viendo su imagen a través de mis pestañas fingiendo vergüenza. Por supuesto que estaba avergonzada, pero si quería conseguir aquel dinero tenía que cuidar mis gestos y cada uno de mis movimientos para lograr seducirle y llevármele a mi dormitorio.
Cuando estaba a una distancia de unos diez pasos de él, le dirigí una nueva sonrisa y me coloqué un mechón de cabello detrás de la oreja distraidamente.
Seguí caminando hacia él hasta que no nos separaban más de dos o tres pasos.
—Hola.
—¿Has venido a robarme el reloj, la cartera, o a vaciar el contenido de mis bolsillos?
Aquella pregunta me pilló totalmente desprevenida.
—¡Yo no pretendo robarte nada! —me defendí.
—Llevo un rato observando a tus compañeras, aquella de allí ha robado el Rolex de ese hombre, la pelirroja ha sacado una alianza de oro del bolsillo de ese otro, seguramente sea su anillo de casado, esa rubia le ha quitado una esclava de oro a ese tipo borracho de ahí... ¿Quieres que siga?
—¡Yo no soy una ladrona! —exclamé indignada.
—Pero si eres una prostituta, trabajas aquí, y yo no quiero tener sexo con una prostituta.
—¡Claro que no lo soy!
Pero aquello último no era cierto, ahora que trabajaba allí me había convertido en una de las chicas de la madame, una trabajadora s****l, y muy a mi pesar, eso significaba que ahora era una prostituta.
—Lo siento, quizás eso de prostituta ha sido muy brusco.
Me sorprendió mucho que aquel caballero que tenía pinta de empresario tremendamente adinerado se estuviese disculpando conmigo, pues seguro que era de aquel tipo de personas que estaban acostumbradas a que siempre se hiciese y deshiciese lo que ellos quisieran sin dar las gracias ni, mucho menos, pedir perdón por ello.
—No se preocupe...
—Anda, siéntate a mi lado, —dijo él dando dos palmadas en el sillón— así al menos me harás compañía. ¿Cómo te llamas?
—Marilyn. —Me senté junto a él, pensando que así estaba mucho más cerca de subirle a mi cuarto y llevarme el bono de 5000 dólares de la madame. Quería poder mantenerme por mí misma más que nada en el mundo, sin tener que recurrir a trabajar en un lugar como aquel.
—¿Sabes? Yo no suelo venir a estos sitios, —dijo el hombre— pero hoy he firmado un contrato muy importante con unos clientes y me han pedido que les trajese a un prostíbulo. No quiero que pienses que yo soy de la clase de hombres que se acuesta con prostitutas. —Me miró a los ojos y vi en ellos arrepentimiento por lo que acababa de decir—. Lo siento.
—No se preocupe, no pasa nada, supongo que eso es lo que soy ahora. Si le digo la verdad, yo nunca antes había estado en un sitio así. Esta es mi primera noche.
—Entiendo...
Me sentía cómoda hablando con él después de que me hubiese hecho una confidencia de ese tipo, había notado que tenía la necesidad de explicarme el motivo de su estancia en el club y, en ese momento, yo también tenía la necesidad de explicarle la mía.
—A mí no me gusta esto —confesé con una lágrima traicionera resbalando por mi mejilla.
—No llores Marilyn, por favor. —Limpió la lágrima con su dedo.
—No es que no me guste el sexo, —confesé— me gusta y mucho, lo que no me gusta nada es tener que practicarlo con desconocidos para poder tener un sustento.
—En ese caso, —Extendió su mano para estrechármela— me llamo Javier.
—Encantada Javier. —Sonreí encantada pensando que cada vez tenía más cerca ese bono de 5000 dólares para poder abandonar aquel lugar antes de verme obligada a practicar sexo con uno o varios hombres diferentes cada noche.