Capítulo 7 Por qué cambió la estación.

1003 Words
Para este momento estarían por leer el capítulo siete de este libro en proceso, que hace referencia entonces al díaazón seis. Ya deben estar familiarizados con el tema y demás; si no lo hacen, pueden empezar a leerlo de nuevo. Ejerciten la mente, les evitará el Alzheimer. La situación es que todo no está tan lineal y ahora mismo estoy cumpliendo casi seis meses desde la idea brillante de José (de nuevo, si no saben quién es José, pueden remitirse al prólogo) por mantenerme soltera por 365 días. Las razones las daré yo. Hasta este momento todo ha marchado de la mejor manera e incluso creo que podré añadir un par de meses más en este proceso de soltería y razones válidas para hacerlo, pero entonces también entiendo que este proyecto es tan, pero tan personal, que para nada debería ser tomado como un referente de acción o vida, no sé si logro hacerme entender. Sucede que ahora, más que nunca, tengo claro que esto es casi tan complejo, único e irrepetible como el ADN. Si están viviendo un proceso de soltería, un duelo que no han terminado o simplemente están aquí para prepararse por si algún día les sucede, con la mano en el corazón (puedes imaginarme con la mano en mi pecho, por favor) les confieso que nada de esto les sucederá de la misma manera e incluso si algo de lo aquí narrado puede resultarles familiar, en alguna parte de la historia encontrarán la diferencia abismal y si no la ven, pueden escribirme al privado, yo misma les explico. Todo esto lo aclaro para que entiendan que no hay razones menos irracionales que las que a mí me pasan por la cabeza. Volviendo al ruedo luego de la “pequeña” introducción… Día/Razón 6. Por qué cambió la estación. Entonces, la temperatura cambió y todo el cúmulo de chaquetas, guantes, medias y miles de bufandas que coleccionaba para el invierno con tanta dedicación y emoción, de repente comenzaban a volverse obsoletas. Es algo que debes hacer. Mi compañera de piso comenzaba a bajar de una en una las bufandas, chaquetas y demás prendas que yo intenté conservar en el perchero detrás de la puerta de entrada. — Pronto vas a tumbar la puerta por el peso. — No exageres —le reproché sin mirarla—, seguía intentando analizar la manera en que todo lo que ella estaba entregando pudiera entrar en la misma maleta con la que llegué a Francia, en la que no traía más que unas pocas prendas para diez días de vacaciones. — Es que no sé cómo lo haces. No puedo despedirme de ellas. Tomé una de las chaquetas de Zara que me fue obsequiada y la apreté contra mi pecho. Era tan suave y parecía rogarme que la conservara. — Tendrás más el próximo año, lo prometo. Su voz era condescendiente: — Yo misma te compraré un par. — No quiero un par —levanté la mirada — y no estarás aquí el invierno siguiente. Sucede que mi compañera de aventuras había recibido una oferta laboral en España y, teniendo en cuenta las dificultades del idioma y la falta de garantías para regularizar nuestra situación laboral, ella había decidido, con la misma fuerza que lo hizo al venir a París, mudarse a España, un país que prometía mejores condiciones laborales, sociales y económicas. Era eso o nosotras lo que de alguna manera lo estábamos idealizando. Finalmente, ella decidió salir ese sábado a vivir por fin, un cambio de estación con mucho menos frío y más acción. Mientras tanto, yo seguía sentada en el suelo con la montaña de ropa de invierno a mi derecha, la maleta abierta de par en par a la izquierda y en el centro a pocos metros de mí, el televisor encendido mientras Belanova hacía su aparición, majestuosa como solo ella puede hacerlo y yo tarareaba… “Dónde quedó ese botón… luna de miel, rosa pastel” dándome cuenta de que no era la ropa lo que me costaba soltar, era la idea que tenía de ella, la percepción de haberme esforzado tanto para conseguirla, que tener que hacerlo de nuevo me espantaba, era aterrador. Y sí, es una razón más para estarlo, ya saben, soltera. Es que pensar en todo lo que viene antes de poder establecerme en una relación, el desgaste físico, mental y emocional. El tiempo en las citas, la sonrisa casi obligatoria, el maquillaje o el perfume, los zapatos adecuados, que además deben serlo también para la estación. Todo esto para al final desecharlo todo porque fue demasiado. ¿Desde cuándo fue demasiado? A veces ni siquiera nos percatamos de ello y la realidad del fin nos golpea de una manera tan inesperada como absurda y, en ocasiones, dolorosa, muy dolorosa. El duelo de mi anterior relación aún permanece en proceso, no sé en cuál paso de los que se supone debe tener para que sea exitoso, pero sé que está en proceso, entonces para este momento yo sigo intentando poner todas las chaquetas, guantes y pañuelos en la misma maleta que él hace mucho tiempo dejó abandonada. En tanto nada de esto cambie, no hay lugar para un nuevo espacio en el minúsculo guardarropa de mi corazón. Es un hecho y me siento muy adulta por tomarlo de esta manera. Incluso puede que el duelo me tome más tiempo de lo esperado. Tal vez me tome un par de semanas o meses más… O tal vez, solo unas horas. Justo las tres horas más tarde, en las que me encontraba dejando la bolsa de ropa de invierno en un contenedor de donaciones, vistiendo mi mejor atuendo y con los labios rojos, ese rojo que dice, estoy lista, de camino a encontrarme con mi amiga. Al final, ella se irá del país y estaré sola. Tendré mucho tiempo para continuar el duelo, por ahora, voy decidida a disfrutar el cambio de estación, sin dejar de estar soltera, sin ropa de invierno y con algo de frío.
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