Leyna
Tenía la necesidad de hacer lo que no solía hacer, salir por ahí a divertirme con mis amigos y conocidos, acabar la noche en casa de Amelia y olvidarme de Mario. De lo gilipollas que se había portado conmigo cuando me gritaba a todo pulmón que mi amor por él era una tontería.
Pero ¿saben qué?, terminé de alistarme y cuando ya había apagado las luces escuché un ruido al otro lado de la puerta de la casa. Rápidamente, me escondí bajo mi cama y esperé a ver de quien se trataba. Por un momento pensé que habían entrado a robar, pero cuando percibí la figura del verdadero ladrón de mi corazón, me relajé y continué oculta bajo ese colchón.
—Golpe y efecto— pensé sonriendo mientras el frío del suelo lo sentía filtrase bajo la tela de mi camisa.
Este toma asiento sobre la cama. Estaba vestido con el mismo traje de esta mañana. Los nervios me sacudían.
—No está— dijo susurrando y repentinamente me sobresalté al oír su móvil sonar.
Mierda, por un momento creí que era el mío y que había quedado descubierta.
—Buenas noches, hermano— dijo sin ganas de hablar.
Silencio mientras le hablaban por la otra línea.
—No, solo fue una mentira. No estoy en Escocia.
No entendía nada, sin poder evitarlo por donde me encontraba seguí escuchando la conversación.
—Me estoy volviendo loco. En serio no sé dónde quedó mi sensatez. Me encuentro en su habitación y ella...— suspiró—, en fin, que no está en casa tal y como me escribió. Quizás sea mejor así.
Al rato este cuelga la llamada y se aleja de mi habitación. Por un instante el corazón quería abandonar mi cuerpo.
¿Había vuelto por mí? ¿Por lo que le escribí? ¿Por cómo se lo escribí? Es que no llegaba a entender casi nada por qué su corazón decía una cosa y su mente otra. Su cuerpo hablaba de una manera diferente a como lo hacía su mirada.
Minutos después escuché la puerta de la calle cerrase y entendí que se había ido.
Salí de mi escondite y me coloqué bien la camisa de seda que llevaba junto a unos pantalones vaqueros.
Iba discreta pero elegante.
Di el golpe y el efecto no tardó en salir. Aquí estaba buscándome y solo encontró mi ausencia.
Nadie me dijo que era correcto o no los sentimientos que sentía por él, pero daba igual. Acaso tenía que ser correcto para alguien más, definitivamente tenía que ser lo que la sociedad estaba acostumbrada a ver cuándo la verdadera intención era que no había ninguna. Únicamente un corazón latiendo por alguien que espera que algún día sea correspondido.
Dejé mi bolso sobre la cama y decidí no ir a ninguna parte, no después de verlo aquí. Me puse el pijama y me tumbé sobre la cama. Me perdí en el blanco del techo y pensando llegué a la conclusión de jugar a un juego que sé que le hará los días muy largo.
Me mordí el labio y me puse de lado para cerrar los ojos y me dejé caer en los brazos de Morfeo.
Hace tiempo que sueño como seria besarlo y besada por él. Me imaginé cada noche y amanecer al abrir los ojos la calidez de sus labios sobre los míos. La forma de él tenía de acariciar estos con los suyos. Proyecté en mi mente sus besos como si los hubiera recibido y los haya guardado en mis recuerdos. Y eso no era así. Solo era mi mente que deseaba afirmar lo que tanto quería que me hiciera su boca.
Y tanto que siento que lo duro es dejar atrás unos recuerdos que jamás existieron. Tanto que soñar llegaba a lastimar y a romper poco a poco, pedazo a pedazo de mí.
Esa mañana, el sol salió con un intenso brillo que iluminó no solo el día, no solo la casa, sino que me dejó ver una luz que no creí que la vería. Y la vi. Así es, en sus ojos que me esperaban en el salón. Él y su semblante perfecto y serio. Él y su impecable belleza.
Su forma de mirarme, de observar mis pasos hacía él despertó ese cosquilleo que solo él despierta en mi interior. Mi vientre se estremeció y el corazón se alegró de verlo. De saber que estaba ahí, de la manera que quería, aunque eso signifique no poder tocarlo. No sentir sus labios como llevo soñando todos los días.
—¡Hola! — su voz, maldita sea esa voz que eriza mi piel. Que calienta mis mejillas.
—¡Hola!
No sabría decir a qué hora había llegado o si se había dado cuenta de que estaba en casa y que no llegué en ningún momento porque realmente no había salido.
—¿Qué tal pasaste la noche?, al parecer no la pasaste fuera— preguntó y esas palabras despejaron mis dudas, pero también me dejaron en silencio por un rato, se supone que no iba a dormir en su casa—. ¿Te lo pasaste tan bien como me lo pasé yo?
—Yo...— aclaré la garganta—. Fue bien.
—Ya— rompe su mirada.
Inicié mis pasos hasta la cocina y luego sentí como este me siguió.
—Hay café recién hecho— susurró a unos cuantos centímetros de mí. Yo estaba de espaldas, pero notaba a la perfección su esencia. Su aroma. Su calor.
Asentí, y busco una taza. Este sigue observándome desde la entrada de la cocina. Quise restarle importancia y que no se sintiera cohibido por lo que claramente le había confesado. No deseaba alejarlo de mí. No nuevamente después de lo de ayer, de lo que escuché mientras estaba escondida. Tenía seguro que él algo sentía por mí y lo iba a trabajar para que se diera cuenta de que lo único prohibido entre nosotros es darle importancia a lo que realmente no lo tenía.
—Estos días fueron raros— empieza hablar—, pero por eso quiero que los siguientes que vengan sean diferentes. Volker aún tiene cosas que hacer en España y quiero que nuestra convivencia se haga más llevadera. Que seamos amigos. — Dice hurgando en mi mirada como si quisiera saber lo que estaba pensando.
—Vale, me parece bien al igual que siento que es justo que nos digamos la verdad en la cara. Por muy cría que me veas, soy de las que le gusta poner las cartas sobre la mesa.
—No empieces— cierra los ojos y después toma una calada de aire—. Tú y yo solo somos amigos. Eres la hermana de mi amigo y mi amiga. No hay más que eso, Leyna.
—¿Por qué? Solo dame una razón y me olvidaré de todo lo que te dije aquella noche.
—Porque eres tan delicada que no quiero romperte. Eres tan sagrada para mí que jamás se me ocurriría lastimarte de ninguna manera. No soy apto para ti. Y tú no eres adecuada para mí por qué no eres cualquier mujer.
Sus palabras me llevaron a estar saltando al vacío desde millas y millas de altura.
Iba a ser difícil, duro quizás, pero nadie me dijo que el amor por él iba a ser sencillo y común. Porque lo que sentía por Mario era único e inigualable.