Regreso a la mansión con una tensión que no se disuelve en el camino. El auto avanza solo, obediente, mientras la ciudad queda atrás envuelta en luces que ya no significan nada. No enciendo música, no llamo a nadie. Necesito el silencio para ordenar lo que no encajó durante el día, para entender por qué algo tan simple como un almuerzo terminó dejándome con la sensación incómoda de haber cedido terreno. Las cosas no salieron como debían, no porque alguien me haya superado, sino porque no pude mover las piezas como esperaba. La casa me recibe igual que siempre: perfecta, silenciosa, intacta. El sistema de luces se activa con precisión, las puertas se cierran tras de mí sin ruido, y por un instante todo vuelve a parecer bajo control. Dejo las llaves, me quito la chaqueta, aflojo los gemelos

