Capìtulo6: Yo decido quien entra y quien no

2796 Words
“Lo que destruyó, casi nunca es a propósito.”  El reloj del consultorio marca las 7:14 AM, pero Seojun no alcanza a recordar si ha dormido. El tiempo se ha vuelto una sustancia elástica, una cinta de moebius donde el principio de su vigilia se confunde con el final de sus pesadillas. El cansancio se acomoda dentro de su cráneo como un animal húmedo, respirando lento, pesado, aferrándose con uñas invisibles a la parte más sensible de su conciencia. Es un dolor sordo, una presión detrás de los globos oculares que le advierte que su mente ya no es un territorio soberano. Últimamente, despertar se siente como emerger de un pantano tibio. Siente los párpados pesados, llenos de una arena que no recuerda haber acumulado, como si hubiera caminado kilómetros por un desierto de ceniza mientras su cuerpo físico yacía inmóvil en la cama. El eco de la noche anterior aún lo rodea, impregnando las paredes blancas de la oficina. Solar. La imagen de ella bajo la luz parpadeante de la calle. Su mirada inquisitiva, esa forma en que lo observa como si intentara descifrar un jeroglífico escrito en su piel. Y luego, el susurro. El veneno de Hyunwoo. “Una hermosa corderita no debería andar sola…” Cada palabra vuelve como un roce en la nuca. Un rozón frío, íntimo, invasivo. Seojun sacude la cabeza con violencia, un gesto espasmódico que hace que sus vértebras crujan. Intenta silenciar la voz, pero es como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua. —Cállate —murmura. Su voz suena ajena, una cuerda vocal oxidada que no reconoce como propia. La oficina no huele bien. Hay un aroma metálico, oculto bajo el olor del café viejo y el desinfectante barato del pasillo. Un matiz que no pertenece al entorno médico, un filo húmedo que atraviesa lo familiar y lo vuelve profundamente extraño. Es el olor de la carnicería disfrazado de asepsia. Seojun intenta ignorar el hedor mientras deja su maletín sobre el escritorio de caoba. Sus manos tiemblan ligeramente, un pequeño baile de los tendones que delata su colapso nervioso. Hay algo distinto en la habitación. Algo… más oscuro. Como si una sombra densa hubiera estado sentada en su silla, respirando su aire, esperando a que él regresara para entregarle el turno. “No es tu consultorio.” La frase no viene del exterior. No es un sonido que viaje por el aire. Viene de adentro. Una vibración en sus huesos, un aire caliente justo detrás del oído, como si alguien estuviera pegado a su espalda. —No estás aquí —dice Seojun a las paredes vacías—. Eres una proyección. Un síntoma. Hyunwoo se ríe. Es un sonido húmedo, visceral. Un sonido que no debería existir fuera de un cuerpo humano vivo, y sin embargo, late ahí, en su centro, compartiendo la misma cavidad craneal. “¿Un síntoma? Soy el único que está despierto mientras tú balbuceas en la oscuridad, Seojun. Soy el que mantiene este lugar en orden cuando tú te quiebras.” —Tú solo destruyes. “Yo decido. Esa es la diferencia. Yo decido quién entra y quién se queda fuera de este pequeño teatro de sombras.” Seojun se apoya contra la puerta, cerrando los ojos para intentar estabilizar el vértigo. Pero Hyunwoo no ha terminado. “No deberías apoyarte en esa puerta…” Justo cuando Seojun da un paso hacia atrás, el impacto ocurre. Un golpe seco. Fuerte. Desde el otro lado de la madera. El sonido resuena en su pecho. Se queda inmóvil, con el corazón martillando contra sus costillas. La respiración se le traba. El pasillo debería estar vacío a esta hora; el personal administrativo no llega sino hasta las ocho. Otro golpe. Más brusco. Más cercano, como si alguien estuviera usando el hombro para derribar la entrada. Seojun abre la puerta de inmediato, impulsado por un miedo primario. El pasillo está desierto. Las luces de neón zumban con un tono eléctrico y enfermizo. No hay nadie. Sin embargo, en el suelo, justo donde el umbral divide la oficina del mundo exterior, hay un objeto que no estaba allí hace un segundo. Una carpeta gris, con bordes gastados por la humedad y el uso. La toma con las manos temblorosas. Al abrirla, el contenido hace que el aire se escape de sus pulmones. Son reportes internos del hospital. Imágenes granulosas de las cámaras del estacionamiento donde se ve su propio auto estacionado a horas en las que él jura que estaba durmiendo. Huellas dactilares borrosas impresas en fotos de expedientes confidenciales. Es un rompecabezas de una vida que no recuerda haber vivido. Y encima de todo, escrito con una pluma negra que ha traspasado el papel: “YO DECIDO QUIÉN ENTRA.” —No… —susurra Seojun—. Hyunwoo, dime que no hiciste nada. Dime que esto es una broma. El silencio que sigue es sepulcral. Y eso es peor. Porque en la arquitectura mental de Seojun, cuando Hyunwoo calla, es porque está disfrutando del espectáculo. Cuando Hyunwoo calla, es porque está sonriendo con sus propios labios. Soyeon está retrasada. Es un hecho simple, pero en la mente de Seojun, escala hacia la catástrofe. En dos años de trabajo impecable, ella jamás ha llegado un minuto tarde. Soyeon es el ancla de su realidad, la persona que organiza sus citas, la que le trae el té, la que lo mira con una mezcla de respeto y una preocupación silenciosa que él nunca se ha atrevido a cuestionar. El reloj avanza. 7:28 AM. 7:31 AM. 7:34 AM. Cada tic tac es un martillazo. El sonido se vuelve demasiado presente, demasiado físico, como si marcara la cuenta regresiva de una ejecución. Seojun intenta revisar las notas de sus pacientes del día, pero las letras bailan ante sus ojos. El papel se siente extraño bajo sus dedos; no es celulosa, es una textura fría, similar a la piel de un cadáver que ha pasado demasiado tiempo en la morgue. “Ella sabe demasiado, ¿verdad?” susurra la voz de Hyunwoo, mezclándose con la de Hyunwoo en un coro de pesadilla. “Soyeon es curiosa. Soyeon mira donde no debe. Soyeon escuchó la grabación, Seojun. Escuchó cómo cambias cuando crees que nadie te ve.” —Ella no escuchó nada —gruñe él, apretando los puños hasta que sus uñas se clavan en las palmas. “¿Estás seguro? ¿O es eso lo que necesitas creer para no colapsar aquí mismo?” La puerta de la oficina se abre de golpe. Seojun se pone de pie tan rápido que la silla cae hacia atrás. Espera ver a Soyeon disculpándose por el retraso, con su bolso colgado al hombro y una sonrisa nerviosa. Pero no es ella. Son dos paramédicos del servicio de urgencias del hospital. Sus rostros están pálidos, despojados de la indiferencia profesional que suelen ostentar. —¿Doctor Kang? —pregunta el más joven. Su voz es tensa, contenida. —Sí, soy yo. ¿Qué sucede? ¿Hay alguna emergencia en la planta? —Doctor… necesitamos que venga con nosotros. Necesitamos que… que identifique algo. La palabra “identificar” golpea a Seojun como un mazo en el esternón. Siente un vacío gélido expandiéndose desde su estómago. —¿Qué pasó? —pregunta, aunque su garganta se resista, aunque su piel ya intuye la respuesta en la forma en que los paramédicos evitan su mirada. Es esa mirada de los que traen noticias que no tienen retorno. —Su asistente… la señorita Soyeon… —el hombre traga saliva, mirando al suelo—. La encontramos en el estacionamiento del hospital. En el nivel -3. El mundo se inclina. El consultorio, los libros de psiquiatría, los títulos en la pared, todo parece deslizarse hacia un abismo n***o. —¿Encontraron…? —las vocales se deshacen en su boca. —No está viva, doctor. Lo sentimos mucho. Parece que alguien la atacó hace pocas horas. Pocas horas. El tiempo en que él estaba en ese limbo entre el sueño y la vigilia. El tiempo en que su camisa apareció con una mancha que él quiso creer que era café. La toalla húmeda en el baño. El susurro en la grabadora que decía: “Yo decido”. Seojun se obliga a respirar, pero el aire es puro plomo. “Yo no lo hice”, intenta decirse a sí mismo en un grito silencioso. “Tú estabas dormido. Yo estaba despierto”, responde Hyunwoo con una calma aterradora. “Es una distinción técnica, Seojun. El cuerpo es el mismo. La mano que sostuvo el arma… es la que ahora te tiembla en el bolsillo.” El paramédico frunce el ceño, dando un paso hacia él. —¿Está bien, doctor? Está extremadamente pálido. ¿Quiere sentarse? Seojun no responde. En su mente, Hyunwoo se ríe. Una risa que sube por su columna vertebral como un dedo helado que cuenta cada vértebra. “¿Qué sucede, Seojun? ¿Te comió la lengua el gato? ¿O es que finalmente te diste cuenta de que el monstruo no vive bajo tu cama, sino detrás de tus ojos?” De repente, una imagen cruza su visión, proyectada con la fuerza de un trauma. Ve el cuerpo de Soyeon. No es una suposición; es un recuerdo que no le pertenece. La ve tirada entre dos columnas de concreto. La postura quebrada. La herida en el cuello, precisa, casi quirúrgica. La expresión de sus ojos, congelada en un ruego que él —o lo que sea que habita en él— no quiso escuchar. “Ella no borró la grabación, Seojun. Ella quería usarla. Quería ‘ayudarte’. La gente que intenta ayudar siempre termina siendo la más molesta”, dice Hyunwoo. “Tú la dejaste hablar demasiado tiempo. Yo la hice callar para siempre.” El teléfono personal de Seojun vibra en su bolsillo, un espasmo de realidad que lo saca del trance. Es un número desconocido. En cualquier otro momento lo habría ignorado, pero hoy, cada señal es una amenaza. —Contesta, imbécil —le ordena la voz en su cabeza. Con los dedos entumecidos, desliza la pantalla. —¿Diga? —¿Do… doctor? —la voz al otro lado es un hilo frágil, quebrada por el terror—. Soy Yoora… El estómago de Seojun desaparece. Un pozo sin fondo se abre bajo sus pies. Yoora, la amiga de Nari. La última conexión viva con el desastre que comenzó todo. —Yoora —susurra, alejándose de los paramédicos para entrar en el rincón más oscuro de su oficina—. ¿Dónde estás? ¿Qué ocurre? —En… en mi departamento. Creo que entraron anoche… alguien… alguien estuvo aquí. Tocó mis cosas. Movió los cuadros. Nari… Ella me dejó algo antes de desaparecer. Un paquete pequeño que yo no había abierto por miedo. Pero ahora… ya no está. Se lo llevaron. Seojun endereza la espalda. La mención de Nari actúa como un electrochoque. —¿Qué dejó Nari, Yoora? Piénsalo bien. Hay un silencio en la línea. No es un silencio de interferencia. Es un silencio hueco, denso, donde Seojun jura escuchar una respiración pesada que no pertenece a la chica. —Una… llave —dice Yoora al fin—. Una llave antigua, con un diseño extraño en el cabezal. Una llave igual a la que usted describió en la sesión… la que usted encontró en su propia casa. La garganta de Seojun se cierra por completo. La llave. La maldita llave que apareció junto a su cama, la que no pudo explicar, la que Hyunwoo parecía reconocer. —Yoora, escúchame con mucha atención. Voy para allá ahora mismo. No salgas del departamento. No abras la puerta a nadie. Ni siquiera si crees conocer a la persona. ¿Me oyes? No… Clic. La llamada se corta. No es una pérdida de señal; es alguien colgando del otro lado. Un segundo después, la pantalla de su teléfono se ilumina con un nuevo mensaje. El remitente es su propio número. “No te preocupes. Yo ya estoy aquí.” El trayecto al departamento de Yoora es un borrón de luces rojas y sonidos de claxon. Seojun conduce como un maníaco, con los nudillos blancos contra el volante, sintiendo que el vehículo es una extensión de su propia inestabilidad. La ansiedad le muerde los músculos del cuello. Cada segundo que pasa es una sentencia de muerte. “Estás llegando”, dice la voz, satisfecha, casi orgullosa. “Pero no estás llegando para salvarla, Seojun. Estás llegando para ver mi obra de arte. Deberías agradecérrmelo. Soy el único que se atreve a terminar lo que tú empiezas.” —No lo hiciste… no puedes haber estado en dos lugares a la vez… —balbucea Seojun, al borde del colapso psicótico. “¿Acaso sabes cuánto tiempo perdiste esta noche? El tiempo es una sugerencia, doctor. Yo soy el dueño de tus horas vacías.” El edificio de Yoora está en una zona antigua de la ciudad. El silencio allí es distinto; es un silencio limpio, como si hubieran lavado las calles con miedo. El pasillo del cuarto piso absorbe el sonido de sus pasos, volviéndolos pesados, culpables. Las luces parpadean con un ritmo cardíaco irregular. Algo gotea en algún punto del techo, un sonido rítmico: ploc, ploc, ploc. La puerta del departamento de Yoora está entreabierta. Una rendija de oscuridad que lo invita a entrar. —No, no, no… —repite como una letanía. Seojun empuja la madera con la palma de la mano. El interior huele a perfume floral barato… y a la inconfundible y pegajosa esencia de la sangre fresca. El contraste es tan violento que le provoca náuseas. —¿Yoora? —susurra. Su voz se rompe. El silencio es su única respuesta. El departamento es un caos controlado. Una lámpara derribada arroja sombras alargadas sobre las paredes. Un vaso de cristal roto bajo la mesa del comedor brilla como diamantes bajo la luz mortecina. Una cortina se agita suavemente por una corriente de aire que no debería existir en un espacio cerrado. Hasta que su pie tropieza con algo blando. Seojun no quiere mirar. Sabe que si mira, la última pizca de su cordura se evaporará. Pero el cuerpo humano tiene una morbosidad instintiva. Mira hacia abajo. Yoora está en el suelo, boca abajo. Su cabello oscuro está extendido como un abanico sobre las baldosas blancas. En su mano derecha, rígida ya por el espasmo de la muerte, sostiene una llave idéntica a la de Seojun. Pero lo peor no es el cuerpo. Es la pared. Escrita con una sustancia roja, espesa y brillante, hay una frase que ocupa todo el espacio sobre el sofá: “NO TE DIJE QUE NO LA BUSQUES.” Las rodillas de Seojun fallan. Cae al suelo, justo al lado del cadáver, sintiendo el frío del piso atravesar su ropa. El corazón le golpea el pecho con una fuerza tal que teme que se le rompan las costillas. No puede llorar. El horror es demasiado grande para las lágrimas. Y entonces, en el centro de ese silencio de muerte, escucha la risa. No es una voz en su cabeza esta vez. Es una vibración que siente en su propia garganta, una contracción de sus propios músculos faciales. Hyunwoo está ahí. Totalmente presente. “Seojun… si tú no puedes protegerlas…” una pausa larga, acariciada, casi dulce. “… yo puedo mantenerlas a todas en silencio. Es más seguro así. ¿No te sientes más tranquilo ahora? El secreto está a salvo.” El temblor que recorre el cuerpo de Seojun no es solo miedo. Es una metamorfosis. Es el reconocimiento de que la barrera entre "él" y "el otro" ha caído. A kilómetros de allí, Solar sale de una guardia extenuante en el hospital central. Sus ojos arden por la falta de sueño y la luz blanca de los pasillos. Mientras camina hacia su auto, su teléfono vibra. Es un mensaje de un número que no tiene registrado. “No salgas. Él ya está despierto.” Solar se detiene en seco en medio del estacionamiento semivacío. Mira a su alrededor, buscando una sombra, un movimiento, cualquier cosa que confirme la sospecha que ha estado creciendo en su pecho como un tumor. No sabe si el mensaje es una advertencia de un amigo o una sentencia de un verdugo. Pero algo queda claro en su mente analítica: Seojun no está solo. No lo ha estado en mucho tiempo. Y ahora, con la sangre de dos mujeres marcando el camino hacia su puerta, ya no hay vuelta atrás. El juego de quién entra y quién sale ha terminado. Hyunwoo ha cerrado la puerta por dentro. Y ha tirado la llave.
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