Miedo al rechazo
POV DE SYLARA
Es el último día de vacaciones y aquí estoy, con los nervios a flor de piel por regresar a la Academia Silvermom, una de las instituciones más prestigiosas del multiverso dracónico. Siempre he sentido que no encajo en este lugar. Aunque forma líderes de clanes, guerreros de élite y profesionales reconocidos, también arrastra sus propias sombras: una jerarquía implacable, rivalidades constantes entre estudiantes, intrigas entre las dragonas y un sinfín de machos arrogantes y cachondos rondando los pasillos.
Mi nombre es Sylara Storm. En una semana cumpliré dieciocho años y soy una de las pocas becadas que logró entrar aquí. Desde el inicio he sido ignorada y señalada por esos engreídos que creen que mi presencia es una mancha para la academia, que no debería “perder su tiempo” con alguien de bajos recursos y apariencia sencilla. Para ellos, yo no soy más que un caso de caridad.
No soy de esas chicas delgadas como maniquí, con ropa de diseñador y maquillaje impecable. Mi cuerpo es distinto: curvilíneo, marcado por una silueta de reloj de arena, con un busto generoso, cabello blanco que me llega hasta el trasero y unos ojos azules que siempre llaman la atención.
Mi mejor amiga es Maya Pendragon, la hija menor del Archidragón. Ella solía bromear diciendo que envidiaba mi figura y que debería presumirla más. A diferencia de la mayoría en la Academia Silvermom, Maya no era arrogante ni superficial, pese a su riqueza descomunal. Era dulce, cercana y humilde, la única que siempre me defendía cuando los demás intentaban hacerme sentir menos
Hace habia conocido a su alma gemela Michelle Ford, quien estaba destinado a convertirse en el futuro beta de los Archidragones, Señores del Nido. Estos eran nada menos que los hermanos mayores de Maya: Aidel, Kael, Samael y Kaiel Pendragon. Era como si los dioses Draconis y Sylvara los hubieran esculpido con sus propias manos; su presencia no se parecía a nada humano, más bien evocaba a los dioses griegos en carne y hueso.
Su fama los precedía: despiadados en el campo de batalla, letales y estratégicos, pero fuera de él eran conocidos por su descarado coqueteo y la intensidad con la que vivían cada instante. Se habían graduado hacía un par de años, y aun con toda su gloria y poder, seguían sin encontrar a su compañera destinada a los veintidós años.
Haciendo mi maleta para la academia me aseguraba de empacar cada prenda que quería llevar. Este año encontraría a mi mate, y no quería verme como una pordiosera en ese momento. No pude evitar preguntarme cómo sería mi vida cuando cumpliera la mayoría de edad. ¿Será que lo encuentro justo entonces? Algunos pasan años sin hallar a sus mates, quizá porque están en otro clan, o porque aún no alcanzan la edad para despertar a su animal espiritual.
A pesar de ser adoptada, mis padres siempre me han dado lo mejor que pueden. No éramos ricos, pero su amor era suficiente para mí. Sin ser sangre de su sangre, me aman y me lo demuestran cada día. Aun así, aun así de vez en cuando no puedo evitar pensar en mi familia biológica: ¿me habrán amado alguna vez?, ¿pensarán en mí?, ¿qué los llevó a abandonarme? son preguntas que frecuentemente me hago.
Siempre he tenido miedo de que, al encontrar a mi pareja destinada, me rechace por mi situación con mis padres, por lo poco que tengo o por mi apariencia. No tengo mucho que ofrecer aparte de mi amor. Solo espero que los dioses no sean crueles y me emparejen con alguien lo bastante amable para aceptarme tal cual soy.
Al terminar de empacar, vi que entraba una llamada de Maya. Sabía muy bien que era ella: tengo un tono distinto para cada una de las personas más queridas en mi vida, una forma de recordarles lo importantes que son para mí. Apenas escuché su tono, tomé el celular de inmediato. Con Maya no hay escapatoria: si no le contesto, seguirá llamando hasta que lo haga.
—¡Syl! ¿Estás lista para nuestro último año en la academia mañana? —preguntó Maya con entusiasmo.
—¡Oh! No tienes idea de lo emocionada que estoy… —respondí, rodando los ojos con tono sarcástico.
La verdad es que tenía miedo por lo que vendría. Ya me imaginaba el día de mañana igual que siempre.
—No creo que sea tan malo —replicó Maya —. Recuerda que esta vez nos tocó ser compañeras de cuarto. Además, tenemos a nuestras otras amigas este año. Te lo prometo, será mejor que los anteriores. Vas a ver que sí.
Mis otras amigas Lina y Lisa, al igual que Maya, eran muy ricas, pero también increíblemente amables. La verdad, aún no lograba comprender por qué esas chicas seguían queriendo ser mis amigas. Además de ellas, teníamos a otros tres amigos varones Alex Marcos y Klaus, todos mucho más ricos que yo. Como dije, nunca entendí del todo por qué permanecían a mi lado… pero aquí estamos, después de cuatro años de amistad. Ellos han sido mi ancla en la academia, los que me han sostenido en los momentos difíciles y me han hecho sentir que pertenezco, aunque nuestras realidades sean tan distintas.
—Está bien, cariño, no te preocupes por eso. Además, te llamaba para recordarte la cena en mi casa pasado mañana. Ya sabes que me lo prometiste, que vendrías… y también me prometiste que te dejarías vestir por mí —dijo Maya con una sonrisa que casi podía escuchar a través del teléfono.
Los actuales Archidragones, Petron y Shadow Pendragon —los padres de Maya— estaban organizando una gran celebración para el clan. El motivo era especial: festejaban que Maya había encontrado a su mate, Michelle. A mí nunca me gustaba asistir a esas reuniones; en esa casa todos eran demasiado estirados y las miradas siempre se clavaban en mí, acompañadas de susurros que me señalaban como “la rara”. Sin embargo, esta vez no tenía opción. Debía asistir.
—No te preocupes, Maya, lo recuerdo. Por mucho que no me guste visitar la casa del clan, quiero estar allí para mostrarte mi apoyo. Solo te pido que no exageres con mi atuendo… —dije con una sonrisa cansada.
—No te preocupes por eso, Syl. Ya tengo tu atuendo listo. —respondió Maya con un tono travieso—. Ahora debo irme, nos vemos mañana. Besos.
Agradezco a los dioses por haberme permitido encontrar a mis amigos y a mis padres. Si no hubiese sido por ellos, seguramente ahora estaría perdida. Mis padres adoptivos me encontraron en las montañas del clan; mi madre siempre decía que, cuando me vio por primera vez, tenía una carita capaz de derretir hasta el corazón más congelado. Yo nunca lo creí del todo. Si eso hubiera sido cierto, ¿por qué mis padres biológicos no me quisieron en primer lugar? Esa pregunta siempre será una incógnita en mi vida. Solo espero que, antes de dejar este mundo, pueda encontrar alguna respuesta sobre esa parte de mi historia.
Solo le pido a los dioses que no me dejen sin una pareja. Quizás, en él, pueda encontrar todo el amor que me faltó con mis padres biológicos. Solo espero que no me rechace… porque si lo hiciera, no sé si podría soportarlo.