Se arrodilló ante ella y le dio un beso en la tripa, justo debajo del o*mbligo. Y después más abajo. Estaba temblando, se moría por sabor*earla. Sentía un de*seo que no recordaba haber sentido nunca. Era algo visceral, tan necesario como respirar. Le separó ligeramente los m*uslos y deslizó la lengua por sus pli*egues, donde sabía que podría darle más pla*cer. Ella gi*mió, se inclinó hacia delante y apoyó las manos en sus hombros. Él continuó sabo*reándola, cada vez más deprisa. No se cansaba. Nunca se cansaría. Aquello era un comienzo para él, algo que nunca había hecho. Porque, en casa de su padre, nunca le había importado la satisfacción de las mujeres. Eran prosti*tutas y le habían enseñado a tratarlas de cierta manera. Ignoró ese pensamiento y se concentró en Leah. Ella

