**STERLING** La venda en mi mano seguía fresca, y cada vez que intentaba mover los dedos, un leve ardor me recordaba la escena de hace unas horas. Todo había sido un desastre, un torbellino de emociones que ahora parecía tan absurdo como inevitable. Me senté en el sofá del salón, mirando al vacío, cuando mi madre entró con ese aire suyo que siempre me hacía sentir que tenía diez años otra vez. —Sterling —dijo, y su voz ya venía cargada de reproche antes de que terminara de pronunciar mi nombre completo. Ella nunca usaba diminutivos conmigo; siempre “Sterling”, como si eso subrayara la seriedad de cualquier conversación—. ¿Qué demonios estás haciendo con tu vida? Suspiré, porque sabía que no había escapatoria. Era imposible evitar sus preguntas, y mucho menos sus juicios. Me miró con eso

