1.¡Nadie va a creerte!
-Advertencia-
Esta novela es +21 y contiene:
-Descripciones explícitas y fuertes de naturaleza s3xual
-Lenguaje inapropiado
No es apta para lectoras sensibles al sex0 gráfico y coonstante.
LEER BAJO SU PROPIO RIESGO.
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1.¡Nadie va a creerte!
POV Skylar
—¡Nadie va a creerte!
Esas palabras siguen retumbando en mi mente como un eco en una caverna vacía, incluso ahora, a miles de kilómetros de distancia. Intento ahogarlas, pero se aferran a mi memoria como espinas.
Me abrazo a mí misma. No por frío —el aire del avión es templado—, sino por vulnerabilidad. Como si ese gesto pudiese contener todo lo que se desmorona dentro de mí.
Cierro los ojos. Y, sin poder evitarlo, las lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas.
Silenciosas. Testarudas. Tan inevitables como el descenso del avión que me lleva lejos del único lugar que alguna vez llamé hogar.
Un hogar que dejó de ser seguro. Un hogar que se volvió trampa.
Me lo repito en voz baja, como un mantra: Estás haciendo lo correcto. Estás huyendo para salvarte. Para empezar otra vez.
Pero las palabras suenan vacías cuando el corazón todavía está sangrando.
—Pasajeros con destino a Londres, favor de ajustar sus cinturones. —dice la voz mecánica del altavoz, en un inglés perfecto con un acento diferente al mío.
Respiro hondo. Abro los ojos. Me obligo a seguir las indicaciones, a anclarme a la realidad. A enfocarme en lo único tangible ahora: el aterrizaje. El final de un vuelo. El comienzo de otra vida.
A través de la ventanilla, la ciudad comienza a dibujarse entre la bruma. Edificios apagados por la niebla. Calles difusas. Luces que parecen estrellas cansadas.
Así se ve mi futuro ahora. Gris. Brumoso. Desconocido.
Y aun así… aquí estoy. No porque sea valiente, sino porque ya no tenía otra opción.
Porque cuando todo lo que te queda es tu verdad —aunque nadie quiera escucharla—, solo queda una salida: avanzar.
El avión toca tierra. Tiemblo un poco, no por miedo al impacto, sino por lo que vendrá después. Reunir los restos. Buscar respuestas. Y tal vez, solo tal vez, empezar a sanar.
Skylar Monroe ha llegado. No para ser salvada. Sino para sobrevivir.
*****
—Esta será tu habitación. Si necesitas algo, se lo puedes pedir a Sofía.
El tío Frank se queda de pie en el umbral, sin dar un solo paso más. Su postura es correcta, casi rígida, como si cruzar esa línea implicara involucrarse demasiado. Me observa con una expresión que no sé interpretar del todo: curiosidad, cautela… quizá una pizca de incomodidad. Como si no supiera muy bien qué hacer conmigo.
Nunca hemos sido cercanos.
Él siempre fue una figura lejana, una voz ocasional en llamadas familiares, un nombre que aparecía en fechas importantes. Sin embargo, es el único familiar que me queda por parte de mi madre. Y cuando le escribí pidiéndole ayuda —tragándome el orgullo, escribiendo y borrando el mensaje mil veces—, no dudó en decirme que sí.
Eso tiene que significar algo.
Así que supongo que no va a tratarme mal. No es cariño… pero tampoco rechazo.
—Gracias, tío. De verdad —digo, con la voz un poco más baja de lo que quisiera.
Él me mira con una condescendencia que no llega a ser cruel, pero tampoco cálida. Es el tipo de mirada que se posa sobre alguien frágil, como si temiera que cualquier palabra de más pudiera romperlo.
—No agradezcas —responde. —Eres mi única sobrina.
Hace una pausa breve, como si recordara algo importante.
—Por cierto… ya estás inscrita en las clases de pintura que querías. Conseguí que te admitieran de última hora en el Instituto Lacroix.
Parpadeo. No esperaba eso.
—¿El Lacroix? —pregunto, sin poder ocultar la sorpresa.
Asiente con un leve movimiento de cabeza.
—No fue sencillo, pero era lo correcto. Empiezas el lunes.
Siento algo extraño expandirse en el pecho. No es felicidad plena —esa emoción aún me resulta ajena—, pero sí un destello. Pequeño. Frágil. Esperanzador.
Tal vez este lugar no sea un hogar. Tal vez nunca lo sea.
Pero por primera vez desde que huí, tengo algo más que miedo y recuerdos rotos.
Tengo un comienzo.
*****
El edificio se alza frente a mí con la elegancia de lo inalcanzable.
El Instituto Lacroix para las Artes Contemporáneas parece más una galería parisina que una escuela. Fachada de piedra clara, puertas altas de hierro forjado, y estudiantes que parecen salidos de alguna editorial de moda, todos cargando carpetas gigantes, cámaras o pinceles con indiferencia artística.
Trago saliva.
Respiro hondo.
Y cruzo el umbral.
Mi corazón late con fuerza, no por emoción, sino por nerviosismo. Llevo semanas imaginando este momento, pero ahora que estoy aquí, me siento fuera de lugar. Como si todos supieran lo que hacen menos yo. Me aferro al tirante de mi bolso como si fuera un salvavidas.
Busco la recepción, pero los pasillos parecen enredarse entre escaleras y corredores. Cada puerta que paso tiene nombres de profesores, exposiciones, talleres, incluso una sala llamada Estudio Luz. Todo es demasiado blanco, demasiado silencioso.
Doblo una esquina.
Y entonces sucede.
Mi pie tropieza con algo —o alguien— y mi cuerpo pierde el equilibrio.
—¡Ay! —exclamo, tambaleándome.
Unos brazos fuertes me sostienen justo a tiempo. Y cuando levanto la vista, el aire se me escapa del pecho.
Frente a mí, hay un hombre. No un chico. Un hombre. Alto, impecable, con una camisa blanca arremangada hasta los codos, jeans oscuros y una mirada que parece capaz de pintar sin pinceles. Su cabello es claro, un rubio ceniza ligeramente alborotado, y sus ojos… sus ojos son de un gris inusual, como el cielo justo antes de una tormenta.
Él me observa. Sus cejas se arquean levemente, divertido.
—¿Primera vez aquí? —pregunta, con una voz profunda, ligeramente ronca. Perfectamente imperfecta.
Yo solo puedo asentir. Las palabras se me quedan atoradas en la garganta.
—Entonces oficialmente ya formas parte del ritual de iniciación: tropezar con uno de los Lacroix —dice, soltando una risa suave.—Soy Ian. Ian Lacroix.
¿Lacroix? ¿El Ian Lacroix?
Mi mente conecta los puntos. Él no es solo un alumno o un profesor. Él es el heredero del instituto. El artista que fundó esta escuela junto a su padre. El nombre que vi en las paredes, en las exposiciones, en las revistas.
Y acabo de tropezar con él.
—S-Skylar —digo, finalmente. —Perdón. No suelo tropezar con artistas reconocidos.
Él sonríe. Y maldita sea, esa sonrisa…
—No te preocupes. A veces lo inesperado es el mejor comienzo para una historia —responde, con un brillo en los ojos que no sé cómo interpretar. —¿Te muestro dónde está la administración?
Asiento, todavía medio aturdida.
Y así, caminamos por los pasillos del instituto, él guiando con pasos seguros, yo tratando de recordar cómo respirar.
Tal vez no todo sea gris después de todo.
Tal vez… solo tal vez… esto recién comienza.