11. Sueños

1321 Words
11. Sueños POV Skylar No sé cuándo comenzó, pero lo siento… dentro de mí. Sus manos. Sus labios. Sus voces, profundas, como un eco que me envuelve. —Eres nuestra —susurra uno contra mi cuello. No sé si es Ian. O si es Léon. O si son ambos. El calor me cubre como una sábana invisible, mientras mis labios se entreabren en un jadeo que no logro contener. Estoy atrapada entre sus cuerpos. Uno detrás de mí, el otro al frente. Las manos del primero me recorren la espalda, mientras las del segundo me sostienen la cintura con firmeza. Me elevan. Me dominan. Me poseen sin tocarme realmente. —Dinos tu elección, chérie… —dice una voz al oído. Abro los ojos dentro del sueño y me los encuentro a ambos. Sus rostros cerca, demasiado cerca. Son tan parecidos y tan distintos. Ian es fuego contenido, tensión que se acumula. Léon es tempestad, directo, carnal. Y ambos me miran como si no pudiera escapar. Como si no quisiera hacerlo. —No puedo… —susurro con la respiración entrecortada. —No puedo elegir. Ellos sonríen. Al mismo tiempo. —Entonces no elijas —responde uno de ellos, y me cubre los labios con un beso salvaje mientras siento al otro descender por mi cuello. Me arqueo. Me rindo. Estoy a punto de caer, a punto de perderme, de ceder, de dejar que el sueño me arrastre más profundo... —¡Skylar! La voz rompe el hechizo. Abro los ojos de golpe, jadeando, con el corazón latiendo en la garganta. Estoy sudando. El camisón pegado al cuerpo, y mis piernas temblando bajo las sábanas revueltas. —¿Estás bien? —La voz de mi tío suena preocupada desde el marco de la puerta, con la luz del pasillo encendiendo la penumbra de mi habitación. Trato de incorporarme, aunque aún no distingo del todo lo real de lo onírico. —S-sí… —musito. —Solo fue… un sueño. Él avanza con cautela y se sienta al borde de la cama, posando una mano en mi frente como si buscara fiebre. —¿Fue como los otros? ¿Aquellos de cuando vivías en América? Sus ojos están llenos de una ternura que no merezco. —No —respondo con rapidez. Demasiado rápido. —No fue de esos. Él frunce el ceño, no del todo convencido. —¿Quieres que te prepare algo? ¿Té? ¿Agua? —No. Gracias, de verdad. Estoy bien. Miento. Porque si supiera la verdad… si supiera que el sueño que me robó el aliento no tenía nada que ver con el pasado, sino con dos hombres que ahora forman parte de mi presente… probablemente no volvería a mirarme igual. Mi tío se queda unos segundos más, luego asiente, se levanta y sale de la habitación, cerrando suavemente la puerta tras él. Respiro hondo. La habitación vuelve a quedar en silencio. Pero el eco de lo soñado sigue vibrando en mi cuerpo. Me abrazo a las piernas, todavía temblorosa, y apoyo la frente sobre las rodillas. —¿Qué me están haciendo? —susurro en la oscuridad. Y en algún rincón de mi mente… los dos responden. Al mismo tiempo. “Todo.” ***** Cuando llego al Instituto, intento fingir que todo es normal. Que no me acabo de despertar del tipo de sueño que te arrastra por dentro y te sacude las entrañas. Ese tipo de sueños que no se olvidan con una ducha fría ni con café. Ese tipo de sueños que te dejan vacía por dentro, como si hubieras vivido algo real… pero no sabes exactamente qué. —Dormiste mal, ¿verdad? —La voz de Noémie me atrapa a mitad del pasillo. No pregunta. Adivina. Como siempre. Sus ojos recorren mis ojeras con descaro y su habitual falta de filtros. —Algo así —murmuro, bajando un poco la mirada. Todavía llevo el sabor de la noche entre los labios. Un nombre. Una tensión. Una confusión. —Tenemos reunión en la cafetería a la hora del almuerzo. No faltes. —Noémie me lanza una mirada cómplice antes de seguir su camino. Desaparece entre la gente, ágil como siempre. No compartimos todas las clases. Ella está en cursos más avanzados. Pero siempre se las arregla para estar cerca. Supongo que eso también es una forma de cuidar. ***** Justo al mediodía, llego a la cafetería del Instituto. El murmullo de los estudiantes flota en el aire, mezclado con el olor a pasta recalentada y pan horneado. Noémie ya está ahí, sentada junto a Elisia, que me sonríe apenas cruzamos miradas. —¡Por acá! —me llama Noémie, agitando una mano como si le urgiera que me sentara. Sonríe con entusiasmo, y eso me arranca un alivio que no sabía que necesitaba. Además de ellas, hay dos chicas más que no reconozco. —Sky, ellas son Libia y Romina. Son mis compañeras en el curso intensivo de danza —dice Elisia. Las saludo con una sonrisa educada mientras acomodo mi charola del almuerzo sobre la mesa. —¿Y a qué se debe la reunión? —pregunto, llevando un brócoli a la boca, aunque no tengo hambre. Elisia se aclara la voz. La noto un poco incómoda. Mira a Noémie como buscando permiso. —Me voy a mudar —dice finalmente. Su tono es tranquilo, pero sus dedos juegan nerviosos con el borde de su servilleta. —Hay un ala especial para los estudiantes de arte escénico que entrenan tiempo completo. Me asignaron una habitación porque me aceptaron en el nuevo proyecto de danza contemporánea. Comienzo la próxima semana. Dejo el tenedor a un lado. Miro a Noémie, que intenta mantener la compostura, pero sus ojos la delatan. No es tristeza lo que veo. Es algo más profundo. Una sensación de pérdida anticipada. No porque no sepa estar sola. Sino porque se habían convertido en algo más que compañeras de habitación. Eran un refugio mutuo. Y lo sabía. —Siento mucho que se separen —digo con suavidad, buscando restarle dramatismo. —Pero así es esto, ¿no? El Instituto está lleno de cambios. Libia y Romina asienten con pequeñas sonrisas. Elisia toma aire, como si llegara el momento clave. —Queríamos saber si… bueno, si te interesaría ser la nueva roomie de Noémie —dice. Su voz es cálida, sin presión. —Eres parte del grupo. Y sería lindo que estuvieran juntas. Miro a Noémie. Ella no dice nada. Solo me observa con esos ojos que siempre parecen tener una frase sin pronunciar. Hay algo en su silencio que me sacude. Como si no quisiera parecer necesitada, pero lo estuviera. Bajo la mirada. Me concentro en mi plato como si ahí encontrara respuestas. Pienso en mi tío. En lo mucho que ha hecho por mí. En la forma en que Jovana se cuela cada vez más en su vida. Tal vez, si yo me mudara, él tendría más libertad. Tal vez ni siquiera lo vería como un problema. Tal vez lo agradecería. —¿Es muy caro? —pregunto finalmente. —En realidad, tendría que hablarlo con mi tío. —No te preocupes por eso —interviene Elisia de inmediato. —Yo dejé pagado todo el semestre. Si no te gusta, no renuevas. Pero al menos podrías probar. La generosidad de Elisia me desconcierta. Pero más que eso, me conmueve. Es su forma de cuidar a Noémie. De no dejarla sola. Y aunque no lo diga en voz alta, eso también es amor. Amor del bueno. Casi digo que sí. Casi. —Lo hablaré esta tarde con mi tío —respondo. —¿Les digo mañana? Todas sonríen, incluso Libia y Romina. Pero la que más ilumina el momento es Noémie. Su rostro se ilumina como si le hubieran devuelto algo que no sabía que había perdido. Y entonces lo pienso por primera vez en serio: Tal vez sí sea hora de tener mi propio lugar.
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