CAPÍTULO 6

1100 Words
—Majestad —habló Elijah al hombre que, tras un par de horas de búsqueda, había sido localizado en la habitación de la primera reina, en un palacio que no era el suyo—, el propósito de que ella tuviera su propio palacio era alejarla de usted, y no solo fue a meterse a su cama, sino que pasó la noche con ella en un lugar sin ningún guardia. —¡Eso! —exclamó Ephraim—. ¿Por qué la primera reina de Tassia no tiene una escolta? Una cosa son los sirvientes, que espero estés a punto de completar, y otra muy diferente la guardia y custodia. Al menos debería haber seis caballeros escoltándola y protegiéndola, sin hablar de los que deberían custodiar los alrededores del palacio. —Porque no la ha asignado —respondió el cuestionado—. No decido quien guarda y custodia a las personas, pero puedo hacerle algunas sugerencias, si me lo permite. Y, tomando en cuenta los orígenes de los caballeros, pues no podía poner a gente de la facción contraria a la del rey muy cerca de ella si no quería avivar los rumores de que esa princesa llegó a ellos con la intención de hacerle daño a su rey; además, aún había caballeros que la veían mal por su país de origen, así que la lista era en serio reducida, igual que la lista de sirvientes dispuestos a servirle a esa bella mujer. Y, mientras el rey y su primer ministro se rompían la cabeza para encontrar a las personas adecuadas para el cuidado y servicio de Ebba Cyril, primera reina de Tassia, la reina había dejado su palacio y caminado por los alrededores, intentando no perderse. Sin dejar de mirar atrás de vez en cuando, para asegurarse de que aún veía su palacio, la joven caminó por lo que pareciera un pequeño bosque entre dos jardines, lo pensó así cuando, luego de mucho caminar, llegó al jardín de otro palacio, uno que parecía más bien abandonado y se adentró a otro palacio que tampoco tenía guardias, sintiendo curiosidad por un mundo que aún le parecía un sueño. El palacio estaba sucio, como si de verdad hubiera sido abandonado, por eso, cuando un llanto de un bebé retumbó en el lugar, Ebba sintió que la piel completa se le erizó y, al intentar salir corriendo de ese sitio, se encontró con un niño, de tal vez tres años, de pie en el umbral de una enorme puerta. —Bebé llora —anunció el chiquillo que, por la suciedad y descuido que mostraba, bien podría ser un vagabundo—, quiede leche. Ebba, sin saber qué hacer, siguió con la mirada al niño y lo vio entrar a lo que parecía una cocina, de donde tomó una mamila con algo parecido al yogurt, entonces subió las escaleras y lo siguió para conocer al bebé que lloraba. Justo en ese momento Ebba estaba segura de dos cosas: ese niño no era un fantasma, era un niño real, y el contenido de la mamila era leche que no servía. —Espera —pidió Ebba, alcanzando al niño y quitándole la mamila de las manos—, no puedes darle esto, no sirve. —Es la leche de bebé —explicó el niño y, cuando la azabache vio con detenimiento al pobre bebé, se puso a llorar. Ese par de niños estaban en un nivel de descuido que dolía, ambos delgados, sucios y enfermos, por eso la joven no pudo evitar las lágrimas y ese nudo en su garganta. —¿Quién los cuida? —preguntó Ebba, segura de que ese par estaban en un lugar donde debían estar, porque esa habitación era de niños, sino ¿por qué razón había una cuna en medio de esa habitación? —La sivienta viene a veces, tae pan pada Suoh y leche pada bebé —explicó de una tierna manera el niño y la primera reina de Tassia entendió que ellos habían sido abandonados en ese lugar porque, si mal no recordaba en todo eso que había leído en su vida anterior, si eran parte de la familia real no los podían matar, pero sí los podían dejar morir. Sin embargo, ella no tenía el corazón para dejarlos ahí, no de esa cruel manera, por eso tomó a la bebé en brazos, que lloró al sentir su pañal sucio pegarse a su piel, y Ebba lo hizo con ella. Con sumo cuidado, la joven le quitó la suciedad a la niña, la limpió un poco, llorando al ver la enardecida y allagada piel de la pequeña al rojo vivo y sangrando un poco con el contacto de esa tela suave que usó para limpiarla. —¿A dónde llevas a bebé? —preguntó el pequeño, casi temeroso—. Ese es bebé del papá y la mamá de Suoh. —Suoh —dijo la joven, acuclillándose luego de tomar, de nuevo, a la pequeña en sus brazos—. ¿Quieres ir a mi casa? Tengo un pan suavecito para Suoh y una leche rica para tu bebé. El niño, tentado por la oferta, un poco emocionado por al fin tener respuesta de una persona, asintió, entonces tomó la mano de esa mujer y caminó con ella entre enormes árboles hasta llegar a otro palacio, uno sin gente también; sin embargo, ahí estaba ella que, tal como le prometió, le dio un pan suave, algo de fruta y una sopa calientita que ella misma preparó. Tras alimentar a ambos niños, Ebba preparó un baño y los limpió a los dos, obteniendo de nuevo el reniego de esa bebé tan herida desde la espalda baja hasta sus pequeñas y delgadas piernas, entonces los vio dormir y lloró mucho muy desconsolada, pero en silencio, para no despertarlos. No se podía creer la crueldad del mundo en que ahora vivía, aunque no fuera cosa que le debiera sorprender luego de haber sido abandonada ella misma recién entró al cuerpo de la mujer que, seguramente, murió por ese mismo descuido antes de que ella poseyera ese cuerpo, o reencarnara en él. Tras mucho llorar, y pensando que quería ser una buena persona, regresó a ese bosque y tomó, del camino, esas flores amarillas y moradas que, definitivamente, eran árnica, pues necesitaba curar la piel de esa bebé mientras alimentaba a ambos. Ebba no conocía la historia de ese par, y probablemente se metería en problemas por meterse donde no la llamaban, pero, definitivamente, se haría cargo de ese par, porque no tenía corazón para dejarlos morir de tan cruel manera.
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