Capítulo 15 La Tormenta y el refugio

2423 Words
El sonido de las risas y el crujido de las páginas de mi tesis crearon una burbuja de paz irreal, un paréntesis de tranquilidad en medio del caos que había sido mi vida. Haber apagado el celular fue un acto de liberación; podía casi visualizar la furia impotente de Dylan al notar mi ausencia en su brunch dominical, ese ritual vacío de apariencias. Pero por primera vez, su rabia me resultaba lejana, como un eco de una pesadilla de la que por fin despertaba. —Debes de tener hambre —la voz de Bastián me sacó de mis pensamientos. Le sonreí, genuinamente. —Un poco —admití, guardando mis avances y cerrando la nueva laptop con un suspiro de alivio. Había recuperado todo: mis archivos, mis fotos, incluso aquellos recuerdos dolorosos que prefería mantener enterrados, como el arresto de mis padres. Ese capítulo oscuro de mi pasado no tenía cabida en este presente que intentaba construir. —Ven. La tarde se deslizó con una amabilidad que me envolvió como un edredón caliente. Pero con la llegada del crepúsculo, la prudencia me susurró que era hora de irme. —Será mejor que me vaya —dije, poniéndome de pie. Bastián me miró, y en sus ojos azules no había solo la preocupación de un jefe, sino algo más profundo, más personal. —¿Estás segura? —preguntó, su voz un susurro cargado de significado—. ¿No sería mejor que te quedaras? —Oh, no, eres muy amable. Ya te he causado suficientes problemas. Además, me has ayudado más de lo que merezco. —Nunca es demasiado —respondió, cerrando la distancia entre nosotros hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Cuando se trata de ti, Alaïa, no existen los límites. Su gesto había cambiado por completo. Una capa de profesionalismo se había desvanecido, revelando una protección feroz y personal que hizo que mi corazón se acelerara. Es tu jefe, me repetí mentalmente, un mantra débil frente a la atracción magnética que sentía. Pero entonces, su mano se posó en mi mejilla. Su tacto fue una cargada eléctrica, su aroma, una mezcla de limpio y masculino, me inundó por completo. —Quédate —susurró, su aliento cálido rozando mis labios—. Aquí estarás a salvo. —En verdad, yo… —Las palabras murieron en mi garganta. El deseo, un río subterráneo que había intentado contener, irrumpió con fuerza. Di un paso hacia él, cerrándome los ojos. Nuestras bocas se encontraron a centímetros de distancia. Sentí su respiración entrecortada, el mismo deseo que ardía en mí reflejado en la profundidad de su mirada. Sus manos descendieron a mis caderas, atrayéndome contra su cuerpo con una firmeza que no admitía negativas. Un jadeo, exquisito y involuntario, escapó de mis labios. Joder, con este hombre. Y fui yo, cediendo por completo, quien inclinó la cabeza y selló ese beso que se sentía tan inevitable como peligroso. Comenzó lento, una exploración tierna y llena de un cariño que me desarmó. Sus manos se aferraron a mis caderas como anclas, y mi instinto me gritó que lo abrazara, que me aferrara a él. Lo hice. La electricidad que surgió entre nosotros fue como fuegos artificiales estallando detrás de mis párpados cerrados, una magia incandescente que anhelaba que nunca terminara. Nuestras lenguas se entrelazaron en un baile que se volvió más profundo, más urgente, más desesperado. El calor se acumuló en lo más bajo de mi vientre, una marea de pura necesidad. Deseé, con una intensidad que me aterró, que el mundo exterior se desvaneciera. Pero la realidad, cruel e insistente, golpeó la puerta en forma de un timbre de teléfono estridente. Bastián se separó de mí a regañadientes, su frente apoyada contra la mía, nuestra respiración aún entrecortada. —Quiero protegerte —susurró, sus palabras un voto solemne—. Solo quédate. —Lo haré —cedí, sabiendo que en ese momento, no había otro lugar en el mundo donde preferiría estar. Disfrutamos de esa intimidad robada unos segundos más, hasta que el teléfono insistió de nuevo. —Disculpa —murmuró, y lo vi desaparecer en su despacho, su espalda ancha una silueta contra la luz tenue. Decidí ser útil. Mientras nuestros amigos seguían animando el partido en la televisión —Diana radiante junto a Julián, una pareja tan sólida y natural que daba esperanza—, nos pusimos a limpiar. Diana y yo lavamos los platos, riéndonos en la cocina, mientras Julián y Bastián, que reapareció con el ceño ligeramente fruncido, recogían el jardín. Al despedir a nuestros amigos, Diana me lanzó una mirada cómplice y una sonrisa enorme cuando le dije que me quedaría. Verla tan feliz era un bálsamo para mi alma. —¿Algo más que quieras hacer? —me preguntó Bastián cuando nos quedamos solos, el silencio de la casa cayendo sobre nosotros como un manto. —Descansar —respondí, sintiendo el peso del agotamiento emocional—. Hoy ha sido un día largo y mañana será una jornada intensa. —Te llevo a la universidad. —Gracias —me puse de puntillas y le di un beso suave en los labios, un sello de esta nueva y aterradora complicidad—. Será mejor que suba a descansar. La habitación que me asignó era acogedora y colorida, un reflejo de su dueño: complejo y lleno de matices. Pero un detalle trivial me hizo entrar en pánico: no había traído ropa. En ese momento, la puerta se abrió y apareció Bastián, cargado con varias bolsas de boutiques de lujo. —Pensé que podrías necesitar esto —dijo, mostrándomelas. —¿Ropa? —pregunté, con los ojos abiertos como platos—. Oh, Bastián, es demasiado. —No lo es —aseveró, entrando y dejando las bolsas sobre la cama—. Te mereces esto, y más. —Comenzó a sacar productos de belleza, cosméticos, jabones con fragancias exóticas, y luego, los trajes, blusas de seda y dos vestidos que eran pura poesía en tela. Luego, con una sonrisa tímida, me alcanzó una bolsa más pequeña—. Esa… déjame que la veas tú. Supongo que es tu talla. —Se encogió de hombros—. Y hay pijamas. Siéntete como en casa. —Gracias, Bastián. Te pediré turnos extras para pagarte todo esto. —Ya haremos un trato —sonrió, y se acercó para dejarme un beso casto en la frente—. Ahora sí, descansa. Lo vi salir, y mi corazón latió con una fuerza que resonó en mis oídos. Una parte de mí, tonta y vulnerable, deseó que se hubiera quedado, que su calor me acompañara durante la noche. Esto es un error, me regañé. Me comportaba como una adolescente atrapada entre el chico malo y el bueno. Pero solo de pensar en Dylan, un dolor sordo se apoderó de mi estómago. Encendí el celular. La pantalla se iluminó con una avalancha de notificaciones. Mensaje tras mensaje de Dylan. Dylan: Por favor, Alaïa, tenemos que hablar. Dylan: Me lo merezco, lo sé. Dylan: Todos preguntaron por mi fabulosa esposa. Mentí. Dije que el trabajo no te suelta. Dylan: Joder, ¿dónde estás? Dylan: Acabo de ver que devolviste el dinero para la computadora. Dylan: Tu abuela me echó de su casa. Vaya forma de quererme. No pude seguir leyendo. Cada mensaje era un hilo más en la telaraña de mentiras y manipulación. Sabía que sentía culpa, pero esta vez no cedería. No de esta manera. Dejé el teléfono a un lado y me concentré en guardar la ropa nueva, cada prenda un recordatorio de la amabilidad de Bastián, un contraste violento con el caos que Dylan representaba. La ducha fue un ritual de purificación. Bajo el agua caliente, sentí que me lavaba no solo el sudor, sino también capas de ansiedad. Al llamar a mi abuela para confirmar que me quedaría, su voz sonó tranquila. —Ese muchacho vino —dijo—. Se le veía muy alterado. Pero le aventé el sobre con su dinero a la cara y lo eché de casa. —Una risa genuina me escapó. Mi abuela, mi feroz protectora. —¿Qué estás haciendo, Alaïa? —me pregunté en voz alta, mirando mi reflejo en el espejo empañado. Mi vida se había convertido en una telenovela dramática, pero por primera vez, vislumbraba un final donde yo era la protagonista que tomaba el control. A la mañana siguiente, al bajar, encontré a Bastián en la cocina. La escena era tan doméstica, tan perfecta, que por un momento me quedé sin aliento. —Buenos días —dije, sintiendo un rubor subir a mis mejillas. Hoy se veía… diferente. Más atractivo, si eso era posible. Su traje gris se ajustaba a sus hombros como un guante, y la forma en que servía el café en dos tazas tenía una intimidad que me hizo sonreír. —Buenos días. He pedido que nos preparen unos sándwiches —comentó, justo cuando una mujer de edad madura salía del cuarto de lavado—. Ella es Tiana. Tiana, esta es Alaïa. —Un gusto, Tiana —dije con calidez. —Es hermosa, Bastián —declaró Tiana, clavándole una mirada afectuosa pero firme—. Quiero que la cuides y seas muy amoroso con ella. Bastián pareció ligeramente avergonzado. —No me avergüences, Tiana, no frente a… —Se detuvo, buscando las palabras. —¡Esto se ve delicioso! —interrumpí, salvando la situación con una sonrisa. Tiana se disculpó y se retiró, dejándonos solos en una burbuja de complicidad. Necesitaba aclarar las cosas con Bastián, definir estos nuevos y peligrosos límites. Pero no era el momento. Mi mente era un torbellano de confusión. ¿Qué éramos ahora? No quería que nuestro vínculo profesional se empañara, que mi talento se viera opacado por los rumores de ser la… ¿novia? Ni siquiera yo sabía qué nombre darle a esto que brotaba entre nosotros. Me concentré en el desayuno mientras Bastián revisaba las noticias en su tablet. Todo parecía normal. Hasta que dijo: —Venga, es hora de irnos. Entrar al edificio de Kingship Holdings junto a Bastián debería haberme hecho sentir avergonzada, pero los saludos fueron cálidos y genuinos. La energía era de expectación; hoy era un día decisivo para su regreso a los entrenamientos, y la campaña con Aston Martin avanzaba a toda marcha. Las fotos promocionales, donde su elegancia y potencia física realzaban el vehículo, eran simplemente impactantes. Mi sonrisa, sin embargo, se congeló y luego se desvaneció por completo al llegar a mi escritorio. Sobre él, obsceno y colorido, descansaba un enorme ramo de rosas de todos los colores. Idéntico al de Las Vegas. Con el corazón golpeándome las costillas, busqué la tarjeta. Alaïa, Paso por ti para almorzar. Tenemos que hablar. Dylan Un frío glacial me recorrió la espina dorsal. Arrugué la tarjeta con furia y la arrojé a la papelera. Tomé las flores, cuyo aroma ahora me resultaba nauseabundo, y las llevé de prisa al recibidor principal. Que adornaran ese espacio impersonal, no mi santuario laboral. No quería que Bastián las viera, que esta mancha del pasado contaminara mi presente. Me sumergí en el trabajo, buscando refugio en los informes y las planillas. Horas después, al alzar la vista, sentí esa sensación peculiar de ser observada. Al fondo, en una de las salas de juntas, estaba Bastián. Su mirada estaba fija en mí, intensa y pensativa. Se pasó los dedos por la barbilla, como sopesando una estrategia, y una oleada de calor me inundó el rostro. Sabía que estaría encerrado en reuniones todo el día, así que decidí salir a comer yo sola, evitando cualquier posibilidad de encontrarme con Dylan. Respiré aliviada al no ver su Jaguar n***o acechando cerca. Caminé hasta mi pequeño restaurante italiano de siempre y pedí mi pasta favorita. Justo cuando comenzaba a relajarme, una mano familiar se posó en mi espalda, helándome la sangre. —Si te gusta tanto este lugar, su comida debe ser excepcional —la voz de Dylan sonó a mi lado, demasiado cerca. Me contuve para no gritarle. —¿No quedaron claras algunas cosas? —pregunté, con una frialdad que esperaba fuera convincente. Él se sentó, ignorando mi hostilidad. Su presencia era diferente, cargada de una energía que no lograba descifrar. —Recibí la demanda de divorcio —dijo, con calma—. Incluyendo el pago de la cláusula. Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. El mesero llegó con mi plato y se alejó rápidamente, sintiendo la tensión. —¿Entonces qué quieres? —espeté, clavando el tenedor en la pasta con más fuerza de la necesaria. —A ti —respondió, y su simpleza fue un golpe bajo—. Te quiero de regreso en mi vida. Casi me atraganto. —¿Estás bromeando? —lo miré con incredulidad—. Tú y yo no tenemos un futuro. Lo nuestro fue… un desliz y nada más. Estoy casada contigo por un error, por la trampa de tu madre. Así que no vengas ahora diciendo que te has enamorado de mí, por que yo… yo te he olvidado. Mierda. Las palabras salieron solas, un arma arrojadiza que me delató por completo. Acababa de admitir, en medio de mi negación, que alguna vez hubo sentimientos. Dylan sonrió, una sonrisa lenta y triunfante que no llegó a sus ojos. —No te daré el divorcio —declaró, su voz un susurro peligroso—. Tú y yo seremos la pareja perfecta. Te guste o no, volverás a lo que acordamos. Seguirás siendo mi esposa y posarás en cada foto que se nos requiera. Incluso estoy pensando en darles la boda que todos ansían. Tú de blanco, yo esperándote en el altar. ¿Qué dices? —Déjame en paz, Dylan —supliqué, sintiendo cómo el pánico comenzaba a estrangularme—. No vengas a arruinar la paz que me costó tanto conseguir. —¿Quién dijo que quiero arruinarte? —se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio—. Quiero que te enamores de mí, como yo me estoy enamorando de ti. No pude soportarlo más. Su cercanía, sus palabras envenenadas de una verdad retorcida… Sacué billetes del bolso y los dejé sobre la mesa. Me levanté y salí huyendo del restaurante, con el corazón desbocado y el estómago revuelto. El hambre había desaparecido, reemplazada por una náusea existencial. Soy un maldito desastre. No podía ser cierto. No podía Dylan Walker aparecer así, de la nada, y declarar una guerra en la que el botín era mi propio y confundido corazón.
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