Capítulo 14 El umbral de la libertad

1994 Words
Alaïa Creyendo que por fin había encontrado un frágil equilibrio, un momento de paz en medio del huracán que era mi vida, Dylan se encargó de recordarme, con brutal precisión, que para él yo nunca sería más que un juguete roto. La humillación, esta vez, tenía el sabor amargo del silicio destrozado y de todos mis sueños académicos hechos añicos contra una pared. Con manos temblorosas, marqué el número de Diana. Ni siquiera la dejé responder. —Ven por mí —supliqué, mi voz un hilo quebrado por el llanto que se avecinaba. La llamada se cortó. Mi móvil, como todo en mi vida, me traicionó, apagándose con un último parpadeo de batería agotada. La ironía era tan cruel que casi solté una risa amarga. Empujada por la desesperación, eché a correr hacia la estación de metro, un faro de anonimato en la noche. Pero ni siquiera el cielo estaba de mi lado. La lluvia comenzó a caer, primero como un llanto suave, luego como un diluvio que empapó mi ropa y mi espíritu ya de por sí maltrecho. —No, por favor —susurré para mí, sintiendo cómo las fuerzas me abandonaban—. Soy tan patética. Sabía que la amabilidad de Dylan era un espejismo, un cebo envenenado. Tarde o temprano, la factura llegaría, y se cobraría no en dinero, sino en pedazos de mi alma. Cada detalle, cada gesto, tenía un precio exorbitante que se pagaba con mi dignidad. —Soy una estúpida —mascullé, permitiendo que la lluvia enmascarara las nuevas lágrimas que surcaban mis mejillas. —Ya estoy aquí. Levanté la vista. No era Diana quien estaba ante mí, sino Bastián. Su figura, alta y segura bajo un paraguas n***o, era un contraste brutal con mi desolación. —Ven —dijo, su voz no era una pregunta, sino una orden suave—. Estás empapada. Sube. Me guio hacia la camioneta, un refugio de calor y silencio. Al interior, una manta suave esperaba en el asiento. —Póntela. No quiero que te enfermes —dijo, y yo, sin fuerzas para oponerme, solo asentí, envolviéndome en la tela que olía a él, a seguridad, a un mundo que no me pertenecía. El llanto regresó entonces con fuerza redoblada, un torrente incontrolable de rabia, impotencia y dolor. Y en medio de él, seguía aferrada como un talismán maldito a los restos destrozados de la laptop. —Lo siento —balbuceé, mostrándole los fragmentos de plástico y metal como una niña que presenta un juguete roto—. Acabas de comprar esto y… míralo. —Hey, tranquila —susurró, girando hacia mí. Sus dedos, sorprendentemente gentiles, enjugaron mis lágrimas—. Tiene garantía. Iremos mañana a primera hora y la reemplazarán. Recuperaremos todo, Alaïa. Te lo prometo. —Gracias —logré articular, pero la palabra sonó diminuta frente a la magnitud de su gesto. —¿Qué pasó? —preguntó, aunque su tono sugería que ya lo sabía. —Dylan… tuvo un mal día. Y yo fui su blanco más fácil. Vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo sus ojos, normalmente tan serenos, se nublaron con una ira fría. —Ese idiota me las va a pagar —masculló, y su mano se dirigió hacia la manija de la puerta. —¡No! —exclamé, agarrándole el brazo con una fuerza que no sabía que tenía—. No vale la pena. Ya lo ha hecho. —Alaïa, por una vez en tu vida, deja de ser tan testaruda —su voz era áspera, cargada de una frustración que no era hacia mí, sino por mí—. Toma el dinero. Aléjate de ese hombre. ¿No ves que solo te está usando? ¿Que te está destrozando? ¡Mírate! La lluvia redobló su intensidad, golpeando el parabrisas como una percusión siniestra que acalló mis protestas. Y entonces, sin más defensas, me derrumbé. Bastián no dijo nada. Solo extendió sus brazos y me atrajo hacia su pecho. Su abrazo no fue de lástima, sino de una solidaridad feroz. Una mano grande y cálida acarició mi cabello mojado, con una ternura que me desarmó por completo. —Yo te ayudaré —susurró cerca de mi oído, y cada palabra era un juramento—. Saldrás de esta. Te lo prometo. —Gracias —fue todo lo que pude responder, ahogándome en el olor a limpio y a seguridad que desprendía. —Ven, te llevo a casa. Mañana iremos a que activen la garantía. Todo estará bien, ¿verdad? Asentí, sin fuerzas para hablar. En el silencio del trayecto, intenté borrar de mi mente el recuerdo de Las Vegas, de la pasión que había estallado entre Dylan y yo. No significó nada, me repetí. Fue un error, un desliz en la niebla de esta guerra que libramos. Sus besos, sus detalles, no eran más que la puesta en escena de un gran mentiroso, diseñada para convencer al mundo, y quizá a sí mismo, de que el gran Dylan Walker podía ser el marido amoroso que toda mujer anhelaba. Pero yo conocía la verdad. Y esa verdad me había arrojado a la lluvia con un ordenador destrozado y el corazón hecho trizas. Al llegar a casa, me despedí de Bastián con un agradecimiento que sentí insuficiente. Le prometí que al día siguiente iría con él a solucionar el desastre. Al cruzar la puerta, la oscuridad y el silencio me recibieron como un manto frío. La abuela estaba en su club de lectura, David, en su turno interminable. Estaba completamente sola. Ni siquiera encendí las luces. Me dejé caer en mi cama, sintiendo el peso de un agotamiento que iba más allá de lo físico. Mi teléfono, ahora conectado a un cargador, no paraba de vibrar. Una sucesión interminable de notificaciones iluminaba la pantalla en la penumbra. Todas de Dylan. Dylan: Lo siento. Por favor, regresa a casa. Tenemos que hablar. Dylan: La reunión de mañana es importante. Necesito que estés. Vuelve. Dylan: Pagaré la laptop. Te he transferido dinero. Responde. ¿En serio creía que con dinero podía comprar el perdón? ¿Que podía reparar el daño con un simple gesto bancario? Una risa nerviosa, cercana al histerismo, me escapó al abrir la aplicación de mi banco. La cifna que veía es astronómica, obscena. No. No aceptaría su limosna envenenada. Con dedos temblorosos, llamé a Zoe, su secretaria, y conseguí los datos para devolverle cada centavo. En el concepto de la transferencia, escribí con saña: "No quiero nada de ti". Apagué el teléfono, sumiéndome en un silencio deliberado. No sé en qué momento el sueño me venció, arrastrándome a un abrazo de inconsciencia. El aroma del pan francés con canela me trajo de vuelta a la realidad. David estaba en la cocina, celebrando un buen turno con su desayuno especial. Al mirarme en el espejo, los estragos de la noche eran evidentes: ojos hinchados, rodeados de sombras oscuras, la piel pálida. Inventaría una excusa. Diría que el infierno de Dylan había sido particularmente sofocante esta vez. Pero al salir de mi habitación, me detuve en seco. Bastián estaba allí, sentado a nuestra mesa humilde, compartiendo el desayuno con mi abuela y David como si fuera lo más natural del mundo. —El médico me dio luz verde —decía él, con una sonrisa fácil—. En dos semanas estaré de vuelta en el campo. Espero verlos a todos en las gradas. —¡Claro que sí! —respondió David con entusiasmo. Mi abuela fue la primera en notar mi presencia. —Buenos días, hija. —Buenos días, Alaïa —saludó Bastián, y su mirada fue un bálsamo y un recordatorio de mi vulnerabilidad. —Buenos días a todos —musité, sintiéndome al descubierto—. Disculpen mi aspecto. Iré a… arreglarme. Me di la vuelta, buscando refugio, pero la voz de David me detuvo. —Bastián nos contó todo, Alaïa —dijo, y su tono ya no era de entusiasmo, sino de preocupación—. Ese hombre pudo haberte lastimado de verdad. ¿Qué haces metida en eso? —Sobreviviendo —respondí, la excusa preparada muriendo en mis labios. —Ya no más, hija —intervino mi abuela, su voz cargada de una determinación que no admitía discusión—. Bastián nos ha explicado la situación. Aunque eso signique estar en deuda con él de por vida, prefiero eso a verte destrozada otra vez. Todos miraron hacia mí. Mi familia. El hombre que me ofrecía una salida. El peso de su preocupación, de su amor, fue más fuerte que mi orgullo obstinado. —Tomé mi decisión —dije, clavando la mirada en los ojos azules de Bastián—. Acepto tu ayuda. —Hoy mismo iniciaremos los trámites —declaró él, con la seguridad de un general trazando una batalla—. El pago de la cláusula y tu divorcio. —Está bien. Después del desayuno, mientras recogía mis cosas, dudé ante el teléfono. Al encenderlo, un nuevo mensaje de Dylan iluminó la pantalla, helándome la sangre. Dylan: Voy para tu casa. El pánico me galvanizó. —¡Tenemos que irnos! —le dije a Bastián, agarrándole del brazo—. Dylan viene. Ahora. Salimos corriendo, despidiéndome a gritos de mi familia, pidiéndoles que no dijeran nada. No podía enfrentarme a él. No otra vez. En la tienda, mientras esperábamos a que configuraran la laptop nueva, Theo apareció con una carpeta en la mano. —Los papeles, Alaïa —anunció, desplegándolos sobre el mostrador—. Con esto iniciaremos el divorcio. Solo necesitamos tu firma aquí, aquí… y aquí. —Señaló con el bolígrafo cada línea punteada, cada una de ellas un paso hacia la libertad. Firmé. Mi mano temblaba ligeramente, pero la firma fue clara y decidida. Alaïa Rivas. Mi nombre. Mi identidad. No la que él me había impuesto. —¡Listo! —exclamó Theo, recogiendo los documentos con una sonrisa de satisfacción. —¿Quieres que los reciba hoy mismo? —preguntó Bastián, su mirada buscando mi confirmación. —Sí —respondí, y mi voz sonó firme, cargada de una determinación nueva—. Quiero que hoy reciba todo. —Anotado, Ali —dijo Theo—. Te aseguro que estarás libre de ese hombre en menos de lo que canta un gallo. —Gracias, chicos. En serio. Trabajaré el doble para pagarles todo esto. —Alaïa, ya hablamos de eso —Bastián puso una mano en mi hombro—. Ahora, concéntrate en terminar tu tesis. Eso es lo único importante. Me llevó entonces a su casa. No era el penthouse frío y minimalista de Dylan, sino un hogar. Lleno de plantas verdes, estanterías repletas de libros, cuadros de artistas locales que estallaban en color. Hasta una pequeña piscina y una zona de barbacoa, donde, según me contó, se reunía con su equipo para relajarse. —En ocasiones, los muchachos y yo hacemos una parrillada —explicó, mientras Theo asentía con entusiasmo. —Es el mejor anfitrión —agregó Theo—. ¿Qué te parece si te quedas, trabajas aquí tranquila y hacemos una? Podemos llamar a Diana y a Julián. La propuesta era tan tentadora, tan normal, que por un segundo me costó respirar. —Esto… esto ya es demasiado, Bastián —protesté débilmente. —Venga, ¡ánimo! —me animó Theo—. ¿No querías desaparecer este fin de semana para que ese tipo no te encontrara? Al final, cedí. Era un refugio demasiado perfecto. Cuando llamé a mi abuela para avisarle, su voz sonó aliviada. —Cuídate mucho, cariño. Él… él vino. Estaba como un loco cuando no te encontró. Le dijimos que no sabíamos nada de ti desde ayer. Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. Eso se merece. Y por primera vez, con la certeza de los papeles firmados y la protección de Bastián a mi alrededor, me permití pensar las palabras que marcarían mi renacimiento: Esta vez no te salvaré, Dylan Walker. Esta vez, seré yo quien te mande al infierno.
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