El sonido estridente de mi celular atravesó las capas de un sueño intranquilo, arrastrándome de vuelta a una realidad que se sentía tan frágil como la luz del amanecer filtrándose entre las cortinas. Me encontré aferrada con fuerza a la almohada de Dylan, como si su aroma a bergamota y poder pudiera anclar mi alma, que flotaba en un mar de incertidumbre. Con un gesto de fastidio, busqué el móvil a tientas, la pantalla iluminándose con un nombre que aceleró mi pulso. —Hola —logré decir, mi voz era un susurro ronco, cargado del sueño que aún se aferraba a mí. —Buenos días, cariño. Lamento despertarte a esta hora, pero te prometí que este día estaría lleno de sorpresas —la voz de Dylan, suave como la seda pero con ese tono de autoridad que no admitía réplica, resonó en el auricular—. Necesi

