El sonido rítmico del agua golpeando el mármol de la ducha me arrancó del letargo. Aún era temprano, y lo único que anhelaba era permanecer anidada entre los brazos de Dylan, pero el recuerdo de su viaje inminente se interpuso como un muro de realidad. Aquellos casos en Los Ángeles, divorcios de alto perfil en el mundo del espectáculo que exigían una discreción absoluta, lo consumían. Salí de la cama con pesadez y me dirigí al baño, donde el vapor, denso y caliente, se escapaba por el umbral como el aliento de la propia habitación. Y allí, en medio de la neblina, estaba Dylan en todo su esplendor, una silueta esculpida y poderosa bajo el torrente de agua. Las vistas que me regalaba eran siempre las mejores, un recordatorio constante de la tentación física que me ataba a él. —¿Hay espacio

