Capítulo 12 El abismo del cambio

2184 Words
Cualquier observador externo habría jurado que éramos la encarnación del matrimonio perfecto. Dylan se había encargado de tejer esa ilusión con una precisión diabólica, urdiendo una mentira tan convincente que, por momentos, parecía amenazar con engañarnos incluso a nosotros mismos. La narrativa era simple: había dejado todos sus asuntos en Washington para volar hasta Las Vegas, impulsado por la añoranza de su esposa. Los periodistas, alimentados con esta farsa romántica, compraron el cuento sin pestañear. Yo, por mi parte, interpreté mi papel con la destreza de una actriz consumida por el pánico: la esposa agradecida, deslumbrada por el gesto grandioso de un hombre cuyo amor, supuestamente, no conocía límites. Por primera vez desde que este suplicio comenzó, no hubo comentarios sarcásticos que me cercenaran la autoestima, ni humillaciones públicas diseñadas para recordarme mi lugar. Dylan estaba sereno, una calma tan antinatural en él que resultaba más inquietante que su ira habitual. Para el almuerzo, eligió un restaurante cuya exclusividad se respiraba en el aire, en el silencio alfombrado y en las miradas discretas del personal. Al ver los precios exorbitantes en el menú, que parecían números de una lotería perversa, mi estómago se encogió. Me limité a pedir una ensalada. —Eso no es comida, Alaïa —comentó, clavando sus ojos azules en mi plato, un mar de verduras inocentes. —Lo es para mí —respondí, clavando el tenedor con más fuerza de la necesaria—. Especialmente cuando seré yo quien pague esta cuenta. Una risa baja, más una vibración del aire que un sonido, escapó de sus labios. Esperé la puñalada verbal, el comentario que me haría levantarme y huir con lágrimas ardientes en los ojos. —Deja de decir estupideces —dijo, tomando su copa de vino tinto, que brillaba como sangre a la luz de la lámpara—. Estoy tratando de ser generoso. Te invité yo. ¿Es tan difícil para ti aceptar un simple gesto de cortesía sin convertirlo en una transacción? Dejé el tenedor. El apetito me había abandonado de golpe. Me levanté, agarrando mi bolso como un escudo, pero su mano fue más rápida. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca con una firmeza que no era dolorosa, pero sí absolutamente innegable. —Te recuerdo que el guión exige que parezcamos perdidamente enamorados —murmuró, su voz un susurro que solo yo podía oír—. ¿O ya te olvidaste de las reglas del juego? Intenté zafarme, un impulso fútil. Su fuerza era un recordatorio constante de mi desventaja física. Cediendo, me senté de nuevo, dejando mi bolso sobre la silla con un gesto de derrota. —Buena chica —aprobó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Luego, sacó una caja pequeña de terciopelo n***o. El logo de Cartier brilló bajo la luz como un ojo burlón—. Ahora, necesito que te pongas esto. —Te dije que con la argolla basta —protesté, sintiendo una oleada de irritación—. No necesito diamantes. Contigo, al paso que voy, terminaré debiéndote hasta mi alma. —No tengo ningún problema en quedarme con tu alma —replicó, con una tranquilidad aterradora—. Es un bono. Por salvarme el pellejo con los buitres de la prensa. Así que no seas testaruda y ábrela, o tendré que ponértela a la fuerza. Tomé la caja con manos temblorosas. En su interior, sobre un lecho de seda, descansaba un juego de anillos. Pero fue el anillo de compromiso lo que me dejó sin aliento: un diamante rosa impecable, tallado en forma de lágrima perfecta, engastado en oro rosa y flanqueado por baguettes blancos que destellaban con luz propia. La argolla de boda era una banda de brillantes delicada y eterna. Eran hermosos. Eran una condena magnificada. —Permíteme —dijo, y antes de que pudiera reaccionar, tomó mi mano. Con movimientos lentos y deliberados, deslizó la simple banda de oro que llevaba y la reemplazó por los dos nuevos anillos. El metal frío se ajustó a mi piel como un grillete de lujo. Al final, por un instante que me conmocionó, sus labios rozaron mis nudillos—. Listo. Así está mucho mejor. Noté el cambio en él, una suavización de sus facciones, una luz diferente en su mirada. Pero me mantuve en guardia. Esta amabilidad podía ser la trampa más sofisticada, el cebo para que yo bajara la guardia y cometiera un error que justificara su venganza final. —Gracias —logré articular, tomando mi copa de agua para tener algo en qué ocupar las manos. —Espero que tengas espacio para una sorpresa más —añadió, mientras firmaba la cuenta sin siquiera mirar el total. Mientras salíamos, un escalofrío me recorrió la espalda. Dylan lo notó al instante. Sin decir una palabra, se quitó la chaqueta y la colocó sobre mis hombros. La tela fina conservaba el calor de su cuerpo y su aroma, esa mezcla embriagadora de bergamota, cuero y algo esencialmente él que me resultaba tan familiar y tan perturbadora. No pude evitar cerrar los ojos por un segundo, inhalando profundamente, antes de abrirlos de golpe, esperando que no hubiera captado mi momentánea debilidad. —Espero que te guste —dijo, y deslizó dos trozos de cartulina en mi mano. Eran entradas. Para el concierto de los Backstreet Boys. Mi banda favorita desde la adolescencia. —¿De verdad? —La emoción fue un estallido auténtico que me hizo olvidar por completo la farsa. Me lancé a sus brazos, rodeando su cuello, sintiendo la sorpresa que rigidizó su cuerpo por un instante antes de que sus manos descendieran para posarse en mis caderas, firmes, posesivas—. ¡Es perfecto! ¡Gracias! Intenté separarme, pero sus brazos no me soltaron. En cambio, se ajustaron, apretándome contra su torso. Y entonces, sus labios encontraron los míos. Pero este beso fue diferente. No fue la conquista brutal del día anterior, ni el acto de dominio frío y calculador. Este beso era lento, profundo, exploratorio. Una caricia insistente que sabía a vino tinto y a una pregunta peligrosa. Su lengua jugueteó con la mía en un baile sensual que me hizo perder el sentido del espacio y el tiempo. Me pegó aún más a su cuerpo, y no pude ignorar la firme evidencia de su excitación presionando contra mi muslo. Una ola de calor me recorrió, prendiendo una chispa que creía extinguida. Fue yo quien, jadeante, me separé, llevándome los dedos a los labios hinchados, sin encontrar palabras. —Debemos entrar —dijo él, su voz un poco más ronca de lo habitual. Dejé que me guiara, que su mano en la espalda me dirigiera a través del backstage VIP, entre guardias que lo saludaban con deferencia. Nuestros asientos eran los mejores, con una vista perfecta del escenario. La emoción volvió a apoderarse de mí y lo abracé de nuevo, esta vez con una gratitud menos efusiva pero más genuina. —Gracias, de verdad. Si esto va a mi factura, le pediré a Bastián que me dé turnos dobles. No me importa. —Tú no le pedirás nada a ese King —su rostro se ensombreció instantáneamente—. Y deja de mencionar esa maldita factura, o me veré obligado a reconsiderar mi… generosidad. Iba a replicar, pero las luces se apagaron y el estadio estalló en un grito colectivo. La música me envolvió, y por unas horas, me permití ser libre. Canté, bailé y grité todas las letras, transportada a una época donde mis mayores preocupaciones eran los deberes del colegio. Dylan, a mi lado, parecía más relajado de lo que jamás lo había visto. Incluso esbozaba una sonrisa genuina, dejándose llevar por la energía del lugar. Su mirada, en lugar de clavarse en mí con desprecio, a veces se posaba en mi rostro, observando mi felicidad con una expresión indescifrable. Al terminar el concierto, de regreso al hotel en el coche silencioso, una inquietud se apoderó de mí. ¿Se quedaría en el mismo hotel? ¿Compartiríamos habitación? ¿Había terminado ya la función? —Mi vuelo sale temprano mañana —dijo, rompiendo el silencio. —¿Te hospedas aquí o en otro hotel? —Tuve que conseguir una suite aquí —respondió. Una sonrisa pequeña e involuntaria asomó a mis labios. No supe por qué. Dylan la captó y se acercó, rodeándome con su brazo en un gesto que podía interpretarse como posesivo o protector. —Será mejor que entremos. Debes de estar agotada. Extrañamente, caminamos por el lujoso lobby tomados de la mano. Las miradas de los demás huéspedes eran de admiración, susurros sobre la "pareja perfecta". Si solo supieran que cada sonrisa era una mentira, cada caricia, un movimiento calculado en un tablero de ajedrez perverso. Este día perfecto era un paréntesis ilusorio en mi condena, y lo sabía. Dentro del ascensor, me miré en los espejos dorados. Mis mejillas estaban sonrojadas, mis ojos brillaban con un destello que no era solo por la emoción del concierto, sino por una confusión más profunda, un deseo que comenzaba a brotar en el terreno envenenado de nuestro odio. —Así luces hermosa —murmuró Dylan, su reflejo capturando mi mirada en el cristal. —Deja de burlarte de mí —dije, pero mi voz sonó débil, carente de convicción. —Lo digo en serio. Ahora entiendo por qué todos dicen que soy un afortunado al tenerte. —Eso lo dices porque te he salvado el trasero más de una vez. Por eso hoy fuiste… amable. —¿Eso crees? —preguntó, y su tono era tan suave que casi resultaba aterrador. El ascensor se detuvo en mi piso. Salí casi corriendo, el corazón acelerado, dejándolo atrás. No era que deseara al hombre que odiaba, pero este Dylan, este impostor gentil y atento, estaba logrando resquebrajar mis defensas. Saqué la tarjeta magnética con manos temblorosas, pero él alcanzó a poner su mano sobre la mía, deteniéndome. —No puedo sacarte de mi cabeza —susurró, su voz un eco seductor que resonó en el silencioso pasillo. La puerta se abrió y cruzamos el umbral. Y entonces, algo se quebró. La tensión acumulada, la confusión, la extraña intimidad del día, todo estalló en un torrente de pasión incontrolable. Nos besamos con una urgencia feroz, como si intentáramos devorarnos el uno al otro, borrar con la física lo que no podíamos resolver con la razón. Mis dedos, torpes pero decididos, comenzaron a desabrochar los botones de su camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis palmas. Sus manos recorrían mi cuerpo con una familiaridad aterradora, como si ya me conociera, como si cada curva le perteneciera. Avanzamos hacia la cama en una danza torpe y necesitada, despojándonos de la ropa que era la última barrera entre nosotros. Bajo la tenue luz de la suite, su cuerpo era una obra de arte esculpida, perfecta y letal. Él sacó un preservativo de su cartera con movimientos seguros. —No seré tan cariñoso —advirtió, y su voz era una promesa de oscuridad y placer. Se colocó entre mis piernas, y su tacto fue una revelación y una condena. Jugueteó con mi cuerpo, preparándome, provocándome, hasta que cada fibra de mi ser suplicaba por él. Cuando finalmente entró, fue con una firmeza que me arrancó un jadeo. Era una invasión, una posesión, un desafío que mi cuerpo, traicionero, aceptaba con un ardor que me avergonzaba. —Siente esto —masculló entre dientes, clavándose más profundamente—. Siente todo. Un gemido gutural, brutal en su honestidad, escapó de mis labios. Era inútil fingir. Lo estaba disfrutando. Sus manos no se estaban quietas, recorriendo mi piel, marcándome como su territorio. Nuestras bocas se encontraron de nuevo en un beso que era una batalla y una rendición simultánea. Nuestras manos se entrelazaron sobre las sábanas, y en ese momento, la línea entre la farsa y la realidad se difuminó hasta desaparecer. —Alaïa —susurró mi nombre, y en su voz no había burla, ni desprecio. Había algo roto, algo real—. Alaïa. La noche se convirtió en un torbellino de sensaciones, en una explosión de pasión y lujuria que barrieron con el odio, al menos temporalmente. Mi cuerpo se estremeció en un clímax abrumador, y me aferré a él como a un ancla en medio de la tormenta. Él se aferró a mí con la misma desesperación. Cuando todo terminó, jadeantes y cubiertos de un sudor compartido, intenté levantarme, buscando la distancia, la cordura. —No —su voz fue un mandato ronco—. Quédate. Asentí, vencida, y me acomodé en la inmensidad de la cama. Pero entonces, para mi mayor sorpresa, Dylan se movió detrás de mí. Su brazo me rodeó la cintura, atrayéndome contra su cuerpo cálido y sólido. Sus labios presionaron un beso suave, casi reverencial, en la curva de mi hombro. Y en ese gesto, tan simple y tan íntimo, supe que todo había cambiado. El juego había terminado, y algo mucho más peligroso y complejo había comenzado. Habíamos cruzado un umbral del que no habría regreso, y ahora estábamos perdidos, juntos, en el abismo seductor que nosotros mismos habíamos creado.
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