Capítulo 13 La ruptura del juego

2705 Words
Dylan El silencio previo al amanecer es un manto frío sobre mi conciencia. Me despierto antes de que suene la alarma, el cerebro ya en ebullición, y mi vista se clava, una vez más, en la forma dormida de Alaïa. Su espalda descubierta, el ritmo pausado de su respiración... Un nudo de acero se aprieta en mi estómago. ¿Qué he hecho? Esto no era parte del plan. Era una grieta en mi armadura, un momento de debilidad que ahora amenaza con pudrirlo todo. Necesito despejar esta niebla mental, poner distancia. La confusión es un lujo que un hombre como yo no puede permitirse. Aparto las sábanas con un movimiento brusco, como si pudiera desprenderme del recuerdo de su piel con el mismo gesto. La ropa, esparcida por el suelo, es un testigo mudo de nuestra locura. Debo dejarla aquí, regresar a mi suite, a mi mundo ordenado y calculado. Me detengo un instante, observándola. Solo es una mujer. Una más. No hay lugar para la culpa en un corazón como el mío. Termino de abrocharme la camisa, los dedos torpes contra el lino impecable, y me apresuro a salir de la habitación, sintiendo su esencia como una huella fantasmal sobre mi piel. Son las cinco de la mañana. La pantalla de mi celular ilumina la penumbra con un mensaje de Zoe, mi secretaria: el juicio de hoy ha sido pospuesto. Aun así, partiré hacia Los Ángeles. Necesito la frialdad de una sala de vistas, el olor a papel y ambición, cualquier cosa que me haga olvidar el aroma dulzón de su perfume, una mezcla de jazmín y pura tentación. Una vez en mi suite, me arranco la chaqueta y la arrojo sobre la cama con rabia contenida. La ira es un fuego familiar bajo mi piel. Me desnudo y me refugio en la ducha, buscando que el agua helada lave no solo el sudor, sino la memoria de su cuerpo contra el mío, de sus besos, una furiosa combinación de seducción y desafío. —Maldición —mascullo, mientras la fría caricia del agua choca contra mi espalda. El simple pensamiento de ella hace que la sangre vuelva a agolparse, insistente, entre mis piernas. Estoy duro otra vez, una reacción física, primitiva, que desprecio. —Olvídala —me ordeno, una y otra vez, como un mantra envenenado—. Olvídala. Pero es inútil. Esa mujer es un veneno exquisito. Sus ojos grises, del color de una tormenta en alta mar, poseen una profundidad en la que un hombre podría perderse para siempre. Su cabello, una cascada de hebras que rivaliza con los primeros rayos del sol matutino. El cuello, tan delicado y exquisito que mis dedos ansían volver a recorrerlo. Maldita erección persistente. El agua fría no surte efecto y no pienso rebajarme a una masturbación adolescente para aliviarla. Pero la tensión no cede. No me queda alternativa. Cierro los ojos y, como un maldito condenado, los recuerdos me asaltan. Alaïa riendo, con una melodía en los labios que se clava en el alma. Alaïa moviéndose con una sensualidad innata que desafía toda lógica. Alaïa en bikini, sonriéndome con una promesa en la mirada. Alaïa en mi casa, jugando a ser la esposa perfecta, un papel que le sienta con una peligrosa naturalidad. Alaïa siendo mi esposa. Alaïa desnuda, entregada, suplicante. Dejo que las imágenes me arrastren, recreando cada instante compartido, cada gemido ahogado. Mis músculos se tensan, el abdomen se contrae. Sé que estoy al borde, a punto de explotar. Me dejo llevar, y un suspiro ronco escapa de mis labios cuando por fin encuentro un alivio efímero, una paz falsa y momentánea. —Joder, Alaïa. Esta vez te olvidaré. El enojo regresa, más intenso. Ahora se dirige hacia la incompetencia de los demás. Debería tener todos los archivos del caso Colton, pero son unos ineptos. ¿Cómo pretenden que gane sin las pruebas que respalden la veracidad de la información? Miro el reloj. Tal vez sea un buen momento para desayunar y enfocar esta rabia en algo productivo. Al salir del elevador, el vestíbulo del hotel es un hervidero de flashes y murmullos. Y en el centro del escenario, rodeado de la prensa, está Bastián King. Y a su lado, Alaïa. Ambos sonríen, una imagen de felicidad que me provoca náuseas. La observo fijamente, tratando de descifrar el código de su expresión. ¿Por qué permite que ese imbécil la abrace con tanta familiaridad? Algo se retuerce dentro de mí, una posesividad visceral que no entiendo y que no deseo examinar. Es el momento de interrumpir. —Buenos días, señores y señoras —anuncio con una voz que corta el murmullo como un cuchillo. Los reporteros giran sus cámaras hacia mí. Me acerco, deslizándome entre ellos con la facilidad de quien está acostumbrado a ser el centro de atención, hasta estar lo suficientemente cerca de Alaïa para sentir su calor. —Cariño —digo, y la rodeo con mi brazo, atrayéndola hacia mí con una fuerza que no admite rechazo. Siento un temblor casi imperceptible recorrer su cuerpo al contacto. —Tranquila —susurro, acercando mis labios a su oído, invadiendo su espacio—. Solo son fotos con mi esposa. —Se suponía que tenías un viaje muy temprano —susurra ella, su voz un hilo de tensión—. ¿Qué haces aquí? —Saldré más tarde. El juicio fue pospuesto para mañana —respondo con una calma que no siento. Me mira de una manera diferente, como si yo fuera un intruso, un elemento disruptivo en su perfecto cuadro con King. Incluso Bastián me lanza una mirada cargada de recelo. La victoria, agria y pequeña, brilla en mí. La tengo en mis brazos. El plan de Steve resuena en mi cabeza: hacer que se enamore, para luego destrozarla. Podría funcionar. Sería un juego divertido, aunque… —Si nos disculpan —la voz de Bastián corta mis pensamientos—, Alaïa, es momento de irnos. El muy bastardo le coloca una mano en la espalda, un gesto íntimo, protector, y le da un suave apretón. Mi brazo se tensa alrededor de ella. Soy tan posesivo que el solo contacto de su mano con su cuerpo me provoca. Hasta que su mano se desliza y me da un manotazo leve para que la suelte. Suelto una risa baja, un sonido cargado de desprecio y desafío. —Buen viaje, cariño —se despide Bastián, pero yo tomo la mano de Alaïa y la atraigo de nuevo hacia mí. El beso que le imprimo no es de despedida, es de marca, de propiedad. Es un mensaje mudo para Bastián King: Date cuenta, esta mujer es mi juguete, mi diversión. Mis labios son duros, exigentes, saboreando la sorpresa y la resistencia en los suyos. Al separarnos, ella se lleva los dedos a los labios, como si intentara borrar mi sello. Luego, con una frialdad que no le conocía, da media vuelta y se reúne con Bastián y todo su equipo de marketing. Debería hacerle la vida imposible a ese deportista. El grupo desaparece, y yo me dirijo al restaurante, con un hambre feroz y un mal sabor de boca. Minutos después, mi teléfono comienza a vibrar con notificaciones. Noticias sobre mi "feliz y perfecto matrimonio" inundan las redes. —Así que haces todo lo posible por quedarte con la firma —una voz familiar interrumpe mi lectura. Levanto la vista y me encuentro con la sonrisa cínica de mi hermano, Steve. —Ustedes me metieron en este lío —replico, dando un sorbo a mi café n***o—. Yo solo sobrevivo. —¿Ya te la cogiste? —pregunta, su tono es una lanza envenenada. —No voy a hablar de mi vida s****l contigo —escupe—, pero sí de lo mucho que disfruto hacer gritar a Paula —la burla sale de mis labios con naturalidad, un golpe bajo que sé que duele. —Arruinaste mi vida, Dylan, y yo arruinaré la tuya —amenaza, inclinándose sobre la mesa—. A menos que quieras cambiar un poco las reglas del juego. Sonrío. Los desafíos son mi combustible, y él lo sabe perfectamente. No podría resistirme ni aunque quisiera. —Habla —le ordeno, señalando la silla frente a mí—. Sabes perfectamente que yo ganaré y me quedaré con la empresa. —Alaïa debe enamorarse de ti —declara, y su plan se desenvuelve, retorcido y cruel—. Harás todo lo posible para que esto sea más real que tu farsa de 'dejé todo en Washington por venir por mi esposa porque la extraño' —se burla, imitando mi voz. —¿Y qué gano yo? —pregunto, manteniendo la fachada de indiferencia. —Todo. Absolutamente todo. Y yo me retiro como el buen perdedor. —¿Así de sencillo? —No, hermano. No lo es —su sonrisa se ensancha—. Le darás la vida que se merece, la ilusión del amor perfecto, y cuando eso pase, la dejarás en la ruina. Ya sabes cómo te gusta desechar a las mujeres, ¿no? —Pareces creer que Alaïa es una más —comento, con una tranquilidad que no refleja el leve desconcierto que suscita su pregunta en mí. —¿Y tú no? —su risa es un eco desagradable—. Para ti no será difícil. Que te ame y luego te odie. Así son todas. Luego le darás una indemnización, algo que repare los "daños emocionales". —Veamos —digo, saboreando la perspectiva de deshacerme de Steve para siempre—. Tu juego parece fácil. Acepto. Todo trato se sella con una firma. Deslizamos los papeles sobre la mesa, y nuestras rúbricas, garabatos agresivos de tinta negra, quedan plasmadas como un pacto con el diablo. El juego se intensifica, y yo debo ganar a cualquier costo. La empresa será mía. —¡Que comience el juego! —Steve se levanta, guarda su copia de los papeles—. Hasta la próxima, hermanito. Ya estoy saboreando la victoria. Sé que después de lo de anoche, ella también estará pensando en mí. Aunque me cueste, tendré que hacer la excepción de ser más "amoroso". Va a ser complicado. Terriblemente complicado. El juicio de los Colton fue un ejercicio de precisión quirúrgica. Expuse las irregularidades con la frialdad de un matemático, haciendo ver a mis clientes como víctimas de una cacería de brujas. Todos los papeles, incluidos los permisos migratorios tan convenientemente obtenidos, estaban en orden. El dinero siempre encuentra grietas en la moral de los funcionarios públicos. Sonreí, victorioso, cuando el juez desestimó la acusación, dejando a esos trabajadores desamparados y sin su indemnización millonaria. Todo quedó en papeleos y una disculpa vacía de los Colton. Otra victoria para el gran Dylan. Tras el veredicto, decidí regresar a casa. Los Ángeles ya me aburría. Zoe me recordó que Alaïa estaría en la casa este fin de semana. Debería llevarle un detalle. ¿Pero qué demonios le gusta a esa mujer? Tal vez un bolso de diseñador, unas zapatillas ridículamente caras. Gestos vacíos para una farsa. Mi humor, ya de por sí n***o, se ensombreció aún más en el aeropuerto. El mal tiempo retrasaba el despegue de mi jet. La impotencia me corroía. Hoy tenía que llegar. Alaïa ya debía de estar allí. Logré convencerla de que viniera el viernes y se quedara hasta el domingo. Había estado de buen humor cuando hablamos. Aburrido, abrí su perfil de r************* y casi destrozo el móvil con la fuerza de mi puño. Una fotografía. Ella y Bastián, sonrientes, felices. La leyenda: "Bastián, siempre salvándome". El día no podía empeorar. Traté de mantener la cordura durante el vuelo, pero la imagen y las palabras resonaban en mi cráneo como un tambor envenenado. No debería importarme. Solo la estoy usando. Es desechable. Es una más del montón. Me repetí esas mentiras durante todas las interminables horas de vuelo. Cuando por fin llegué a la casa, me detuve en seco al verla. Alaïa, en la cocina, moviéndose con una gracia natural, canturreando suavemente. ¿Quién le había pedido que preparara la cena? Intenté forzar una sonrisa, pero mi atención fue secuestrada por un objeto sobre la barra de la cocina: una laptop de última generación, en un color rosa estridente y vulgar. —Hola —saludó, con una voz un punto más tensa de lo normal—. Sé que no estaba en las indicaciones, pero me tomé la libertad de cocinar. Traje los ingredientes. —¿Laptop nueva? —pregunté, mi voz un hilo de seda peligroso. —Ah, sí —tartamudeó, nerviosa—. Bastián me la compró. Es que la mía murió y ya no pudieron repararla. Aunque insistí en que yo la pagaría, me sorprendió con esto y... bueno, la acepté. La furia, un torrente n***o y ardiente, estalló detrás de mis ojos. Me acerqué a la barra con pasos lentos y deliberados. Tomé la laptop, sintiendo el metal frío bajo mis dedos. La cerré de un golpe seco y, con toda la fuerza de mi rabia, la estampé contra la pared. El crujido del plástico y el cristal reventándose fue un sonido obscenamente satisfactorio. Alaïa me miró con una expresión que nunca le había visto: una mezcla de horror, incredulidad y un dolor profundo. —¿Qué has hecho? —logró decir, su voz un susurro quebrado. —No voy a permitir que ese imbécil te llene de regalos —espeté, cada palabra un latigazo—. Yo soy tu esposo, y es a mí a quien tienes que pedirle lo que necesitas. ¿Queda claro? —¡El imbécil eres tú! —gritó, apagando los fogones con un movimiento brusco—. ¡Te recuerdo que este matrimonio es una farsa! No tengo por qué pedirte nada a ti. Se dirigió directamente hacia los restos destrozados del aparato. Su cuerpo se estremeció. —¡Animal! —su voz se quebró—. ¿Sabías que ahí tenía toda mi investigación de tesis? ¡Debo entregarla el lunes! Se desplomó sobre las rodillas, y un llanto desgarrador, silencioso y profundo, sacudió su cuerpo. El sonido era como un cuchillo girando en mis entrañas. Soy un idiota. Un maldito idiota. No debí hacerlo. Me acerqué a ella, con la intención de levantarla. —¡No me toques! —escupió, apartándose de mí como si mi contacto la quemara. Tomó los restos de la laptop, se levantó con dificultad y, sin mirarme, se dirigió hacia su habitación. La vi desaparecer tras la puerta. —Mierda —fue lo único que salió de mis labios, una confesión inútil en la soledad de la cocina. A este paso no lograría nada. Nada. Caminé hacia su recámara, pero la puerta se abrió de golpe antes de que pudiera llamar. Alaïa salió, con una bolsa ya preparada y los restos de la laptop en la mano. Su rostro estaba pálido, marcado por las lágrimas, pero sus ojos grises brillaban con una determinación glacial. —Espera —dije, extendiendo la mano para tocarla. —No me toques —se alejó, su voz era plana, fría, agotada—. Esta vez cruzaste la línea, Dylan. Y no voy a permitir que me humilles de esta forma. —Lo siento, es que… —intenté, pero las palabras sonaban huecas, falsas. —No hay nada que hablar —cortó, su mirada me traspasó—. Estoy cansada de esto. Bastián tiene razón. No merezco esto. Pagaré la cláusula del contrato, lo que sea. Te quiero lejos de mi vida. Y con esa frase, una sentencia definitiva, salió de la casa. La puerta se cerró con un golpe sordo que resonó en el silencio opresivo, dejándome solo, hecho una mierda, con el sabor amargo de mi propia estupidez y una pregunta envenenada girando en mi cabeza: ¿Qué demonios acabo de hacer? La pregunta retumbó en el vacío que ella había dejado. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, no tuve una respuesta. Solo el silencio, y el frío presentimiento de que, en mi obsesión por ganar, acababa de cometer el error más grande de mi vida. El juego había terminado. Y, de alguna manera que no lograba comprender, yo era el que había perdido.
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