Capitulo 4 El contrato del Diablo

1653 Words
Dylan La ira era un veneno n***o que me recorría las venas. Apreté el teléfono con tanta fuerza que temí que la funda de titanio se quebrara. —Escúchame bien, pedazo de imbécil —espeté, cada palabra una bala de hielo—. Si esas grabaciones no están en mi poder en la próxima hora, no solo te arruinaré profesionalmente. Haré que te tragues cada una de las cámaras de este maldito resort. ¿Queda claro? —Corté la llamada sin esperar respuesta, lanzando el dispositivo sobre la cama de satén con un gruñido de frustración. Nada. Absolutamente nada. El hotel se escudaba en políticas de privacidad, una mentira tan transparente como patética. Alguien había borrado ese registro. Alguien con mucho poder y una intención muy clara. No puedo estar casado. La frase resonaba en mi cráneo como un tambor obsesivo. Reconstruir la noche anterior era como intentar armar un rompecabezas al que le faltaban piezas cruciales. La chica del lobby, Alaïa. Sus ojos grises, wide with defiance. El trago… un sabor dulzón, extraño. Luego, un mareo repentino, una pesadez inusual. Y después, el vacío. Un agujero n***o en mi memoria que terminaba con ella, aterrada y semi-desnuda, huyendo de esta misma habitación esta mañana. No la culpo. Yo hubiera hecho lo mismo. Ahora, el daño estaba hecho. Tenía que contener esto, sellar cada grieta por donde pudiera filtrarse un rumor a la prensa. Mi madre, Laura Walker, la arpía perfecta, debía de estar detrás de esto. Una venganza por haber dinamitado la farsa nupcial de su hijo dorado, Steve. Todo era una partida de ajedrez para ella, y las personas, meros peones. Tecleaba con furia en mi laptop, los dedos golpeando el teclado con una violencia que me hacía doler las articulaciones. La pantalla mostraba líneas de código, accesos remotos a servidores, intentos desesperados de encontrar una huella digital donde no la había. Tan ensimismado estaba, que no la oí entrar. —Debo felicitarte, Dylan. Parece que al fin has encontrado… estabilidad. Su voz, un susurro de seda envenenada, me hizo levantar la vista. Mi madre estaba en el marco de la puerta, impecable en un traje de lino blanco, una carpeta de cuero n***o en las manos. Su sonrisa era una victoria fría y calculada. —Habla de una vez, madre. No tengo tiempo para tus juegos —espeté, reclinándome en la silla con una falsa apariencia de despreocupación. —Siempre tan directo. Esa falta de tacto es lo que te ha metido en este lío —avanzó, deslizando la carpeta sobre la pulcra superficie del escritorio—. Mira su contenido. Para ti será una trivialidad aburrida, lo sé. Pero para mí… —una sonrisa aún más amplia— será profundamente divertido. Es la lección de humildad que tanto necesitas. Abri la carpeta con desdén. Fotografías. Nuestras firmas, borrosas pero reconocibles, en un certificado de matrimonio. Un informe de la empresa de seguridad del resort afirmando la "legalidad" de la ceremonia nocturna. Y un documento adicional. Mi sangre se heló al leerlo. —¿Así que quieres apostar conmigo, madre? —pregunté, la voz un ronquido peligroso—. ¿Un matrimonio forzado por un año para convertirme en el accionista mayoritario? —No solo eso, hijo —respondió, disfrutando cada sílaba—. Deberás permanecer casado un año completo. La chica, esa… Alaïa, deberá estar perdidamente enamorada de ti. Y para coronar tu fachada de hombre reformado, en su primer aniversario, deberán anunciar un embarazo. Una carcajada seca y amarga se escapó de mis labios. —¿Un hijo? ¿En serio? ¿A qué estamos jugando? ¿Crees que esto me enseñará humildad? Esto es una farsa grotesca. —¿Aceptas o no? Tú decides —replicó, con una calma exasperante. —Y si me niego —reté, levantándome para enfrentarla, invadiendo su espacio—. ¿Qué? ¿Me desheredas? ¿Me echas del bufete? —Oh, no, Dylan. Eso sería demasiado piadoso —sus ojos brillaron con malicia pura—. Si te niegas, perderás todo. El control de la empresa, tus acciones, cada centavo de tu fideicomiso. Todo ese imperio que estás construyendo con tu socio en Los Ángeles… se esfumará. Admítelo, hijo. Te tengo por las pelotas. Ahora, será mejor que busques a tu esposa y la prepares para la cena familiar de esta noche. Tengo un contrato de confidencialidad para que ambos firméis. La miré con un odio que podría haber fundido acero. ¿Estaba loca? Muy bien. Jugaría su juego. Pero haría que esa mujer, Alaïa, me odiara con toda su alma. La convertiría en tal pesadilla para la familia, en tal escándalo público, que sería ella quien pidiera el divorcio. Ella sería mi salvación. La busqué por todo el maldito resort. No estaba en su villa. Su amiga, la chica chillona, afirmó no saber nada. No había tomado ningún vuelo. Era como si la tierra se la hubiera tragado. La frustración me hervía en la sangre. Ahora, además de todo, tenía que lidiar con una estúpida cena familiar a la que mi madre me obligaba. Iba a presentarme solo y declarar que la fugitiva había huido. Caso cerrado. La tensión en mis hombros era una losa de hormigón. Necesitaba liberar esta rabia con un partido de tenis brutal, golpear una pelota hasta reventarla. Pero era tarde. Llegaba con retraso al jardín privado donde habían montado la "celebración". Mientras caminaba por los senderos de piedra, mis pensamientos volvieron a ella. Alaïa Rivas. ¿Quién era? ¿De dónde venía? Tenía el aura de una becaria, de alguien que no pertenecía a este mundo de excesos. Joder, ¿y si es una estudiante? Estaría completamente jodido. Mis padres y Steve ya estaban en la mesa, bajo una glorieta iluminada con farolillos. Mi padre, sereno; mi madre, una esfinge satisfecha; Steve, con una sonrisa burlona de oreja a oreja. —Quiero darte el pésame, hermano —dijo, alzando su copa—. Que tu matrimonio te lleve a la ruina… o al manicomio. Ignoré su comentario patético, mis ojos escudriñando la mesa. Ella no estaba. Un punto a mi favor. —Y bien, ¿dónde está la novia? —preguntó mi padre, con genuina curiosidad—. ¿Ya ha pedido el divorcio? En ese preciso instante, una voz suave pero firme cortó el aire. —Perdón por el retraso. Fui a comprar un vestido para la ocasión y se me hizo tarde. Todos giramos la cabeza. Allí estaba ella. Alaïa. Llevaba un vestido amarillo limón, sencillo, casi ingenuo, que contrastaba violentamente con el lujo obsceno del entorno. Se veía… vulnerable. Joven. Una presa en medio de depredadores. Por un absurdo segundo, sentí una punzada de algo que no fui capaz de identificar. Lástima, quizás. —Espero no les moleste que haya traído a mi amiga Diana —añadió, señalando a la rubia, que parecía a punto de desmayarse. —Para nada, querida —respondió mi madre, con una dulzura que sonaba a metal oxidado—. Cuanta más gente… mejor será el espectáculo. Le ofrecí el brazo con una cortesía forzada, un gesto vacío para la galería. Ella lo ignoró por completo, pasando de largo y dirigiéndose a la mesa como si yo fuera invisible. La insolencia de esa mujer comenzaba a resultarme… interesante. —Esta pequeña celebración —comenzó mi padre— es para dar la bienvenida a nuestra familia a la señora Alaïa Walker. —Rivas —lo interrumpió ella, sin alterarse. Tomó un sorbo de agua—. Mi apellido es Rivas. No pienso usar el de su familia, señor Walker. —Dejó la copa con un golpe seco—. Sé que esto es un juego para ustedes. Así que estableceré mis reglas. No viviré con su hijo. Solo me prestaré para eventos públicos donde se requiera mi presencia. No se meterán en mi vida ni con mi familia. No habrá celebraciones navideñas ni de Año Nuevo con ustedes. Y seguiré con mi maestría. ¿Queda claro? El silencio fue absoluto. Hasta Steve dejó de sonreír. Mi madre, sin embargo, esbozó una sonrisa genuina, la que reserva para cuando un rival da un movimiento inesperado y brillante. —Estarás en la casa de Dylan, al menos, dos fines de semana al mes —contraatacó, su voz suave como un cuchillo—. Necesitamos fotos de que hay una mujer en ese frío palacio de cristal. Dos, no me interesa nada sobre tu hermano David ni tu abuela enferma. Y en cuanto a tus estudios… los pagaremos nosotros. Es lo mínimo. —No —replicó Alaïa, con una firmeza que me sorprendió—. No quiero su caridad. —Como desees. Tres: tendrás una tarjeta de crédito negra para emergencias, acceso a las instalaciones de la empresa y una manutención mensual para tus gastos personales. —¡He dicho que no quiero nada de ustedes! —Alaïa se levantó, golpeando la mesa con ambas manos. El sonido de la vajilla tintineando cortó la tensión. —Modera tus modales, niña —intervino mi padre, su voz grave cargada de advertencia—. A ti también te daremos una lección. Si este matrimonio no prospera el año completo, si tú lo arruinas… nos deberás diez millones de dólares por daños a la reputación familiar y por incumplimiento de contrato. Alaïa se desplomó en la silla, pálida. Miró a su amiga, que parecía a punto de vomitar. Yo observaba el intercambio, una nueva idea formándose en mi mente. Mi madre, en su afán por controlarlo todo, me había dado la llave. No necesitaba que ella me odiara. Necesitaba que fracasara. Que rompiera las reglas. Que no pudiera aguantar el año. Y esa cláusula de los diez millones… era perfecta. La arruinaría financiera y emocionalmente. Sería mi venganza perfecta y mi ticket de salida. Una sonrisa lenta, cargada de malicia genuina, se dibujó en mis labios. Muy bien, madre. Que comience mi infeliz matrimonio.
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