-Katy Bell-
Me mire al espejo mas veces de las que quería admitir.
No porque fuera una cita "importante"...sino porque algo en mi pecho no estaba en calma.
Elegí un vestido sencillo, nada exagerado. Quería verme bonita, si, pero yo. No una versión que no reconociera. Me recogí el cabello a medias, dejando que mis rizos cayeran libres, y respire hondo cuando escuche el sonido de un auto detenerse frente a mi casa.
Mi corazón dio un salto.
Baje las escaleras con cuidado, tome mi bolso y abrí la puerta.
Dominick estaba ahí.
Elegante, tranquilo, con esa presencia que no imponía pero envolvía.
Y en su mano, una flor.
Una orquídea.
Blanca con matices lilas en el centro.
-Para ti -dijo, extendiéndola con suavidad-. Las orquídeas no son flores fáciles... requieren cuidado, paciencia, constancia.
Me la entrego con cuidado, como si fuera algo frágil.
-Como espero ganarme tu confianza -continuo-. Y poco a poco... tu corazón.
Sentí que algo se me apretaba en el pecho.
-Es hermosa -susurre.
-Como tu -respondió, sin exageración, sin teatralidad. Solo verdad.
Me ayudo a subir al auto con un gesto gentil, sin prisa, sin invadir, y cuando cerro la puerta, sentí algo extraño...
Seguridad.
El camino fue tranquilo, lleno de música suave y miradas discretas.
Hasta que llegamos.
Un parque.
Luces, juegos, risas, música, algodón de azúcar, niños corriendo, parejas caminando de la mano, colores por todas partes.
-No pensé que me traerías a un lugar así -dije.
-Quería algo real -respondió-. No algo lujoso. No algo que impresionara. Algo que se viviera.
Y así fue.
Subimos a juegos.
Reímos.
Jugamos a lanzar aros.
Dominick gano peluches con una facilidad sospechosa.
Comimos algodón de azúcar.
Me manche los dedos.
El se rio.
Me limpio la mejilla con el pulgar sin darse cuenta de lo intimo que fue el gesto.
Y yo no me aparte.
Hasta que subimos a la noria.
La ciudad se extendía debajo de nosotros como un océano de luces.
El viento movía mi cabello.
La luna estaba enorme.
Cerca.
Presente.
Dominick se quedo en silencio.
Lo sentí.
-¿Todo bien? -pregunte.
Respiro hondo.
-Te dije que no iba a decirlo así... -murmuro-. Que no iba a forzarlo.
Lo mire.
-Entonces no te fuerces.
Me miro a los ojos.
De verdad.
-Pero tampoco quiero mentirte.
Guardo silencio unos segundos.
-Tu eres mi Alma.
El mundo no se detuvo.
La noria siguió girando.
La música siguió sonando.
La gente sigue riendo abajo.
Pero algo dentro de mi si se quedo quieto.
-Para mi especie -continuo-, la diosa Luna nos entrega una sola persona en toda la existencia. Una. No dos. No tres. Una.
Trago saliva.
-Tu eres esa persona para mi.
No había presión en su voz.
No había exigencia.
No había posesión.
Solo verdad.
-No te voy a forzar -dijo-. No te voy a marcar. No te voy a reclamar. No te voy a atar a algo que no entiendes ni pediste.
Me miro con una ternura que dolía.
-Solo quiero conocerte. Cuidarte. Ganarme tu confianza. Que si algún día me eliges... sea porque quieres. No porque el destino te empuje.
El silencio fue largo.
Hermoso.
-Solo te pido una cosa -añadió en voz baja-. No evites mis mensajes. No ignores mis llamadas. No me cierres la puerta sin darme la oportunidad de demostrarte quien soy.
No dije nada por unos segundos.
Y luego...
Extendí mi mano.
No como promesa.
No como contrato.
No como destino.
Como elección.
Dominick la tomo con cuidado.
Como si sostuviera algo sagrado.
La noria siguió girando.
La luna nos cubrió.
Y sin besos.
Sin marcas.
Sin juramentos.
Algo mucho mas profundo nació:
Una promesa sin cadenas.
Un amor sin prisa.
Un destino que pidió permiso.