-Dereck King-
El tiempo se me cerraba alrededor del cuello como un lazo bien tensado.
Había dicho que tenia a mi Mate.
Lo dije frente a mi padre. Frente al padre de Débora.
Y aunque la mentira no era del todo mentira, el Consejo no entiende de matices. Solo exige resultados.
Si no la encontraba pronto, no solo me obligarían a aceptar a Débora como princesa. Me arrebatarían la posibilidad de elegir a la mujer que la Luna había marcado para mi.
Por eso estaba ahí.
El café del centro seguía exactamente igual que aquella tarde. El aroma a pan dulce flotaba en el aire, las mesas de madera clara ocupaban el mismo lugar, y la ventana... la ventana desde donde la vi pasar junto a mi madre permanecía intacta.
Apenas cruce la puerta, mi lobo se agito.
Alerta.
Expectante.
Busque con la mirada.
Mesa por mesa. Rincón por rincón.
Nada.
No estaba.
Rax gruño dentro de mi, frustrado, impaciente. La sensación de haber llegado tarde me atravesó el pecho con una crudeza que no quise admitir.
No perdí mas tiempo.
Del café fui directo al área de seguridad del palacio. Las cámaras no mienten. Solo esperan a que alguien tenga la paciencia suficiente para interrogarlas. Solicite acceso a las grabaciones del día anterior: la cafetería, las calles cercanas, cualquier trayecto posible.
Las pantallas se encendieron una tras otra.
Gente caminando. Criaturas mezcladas con humanos. Rostros ajenos.
Y mientras avanzaba imagine tras imagen, una verdad incomoda se asentó en mi pecho.
La había perdido.
No porque no hubiera estado ahí.
Sino porque yo no supe verla.
Mientras ella caminaba libre, ignorante de que su destino estaba a solo unos metros, yo estaba atrapado en un salón lleno de sonrisas ensayadas, padres sedientos de poder y jóvenes que no buscaban un compañero... sino una corona.
Tal vez la Diosa Luna había visto mi distracción.
Tal vez decidió apartarla de mi por una noche.
Tal vez...
El comunicador vibro en mi muñeca.
Dominick.
Respondí sin apartarla la vista de las pantallas.
-Necesito verte -dijo-. Es sobre anoche. Sobre mi cita. Sobre mi Alma.
La palabra cayo como un golpe seco.
-Ven al palacio -respondí-. A mi despacho.
Corte la llamada, pero el presentimiento no se disipo. Rax tampoco estaba tranquilo. Se movía dentro de mi como si algo, justo entonces, se estuviera rompiendo.
Dominick llego poco después.
Caminando en silencio hasta mi despacho. cerré la puerta tras nosotros y active el campo de privacidad. No necesitaba oídos ajenos para lo que fuera a escuchar.
-Entonces -dije, apoyándome en el escritorio-. Cuéntame.
Dominick se dejo caer en el sillón, pasándose una mano por el cabello.
-Fui honesto -empezó-. Tal vez demasiado. Le dije quien era para mi. Le dije que era mi Alma.
Rax se tenso.
-No huyo -continuo-. No me rechazo. Pero tampoco prometió nada. Le dije que sabia que necesitaba tiempo. Que para los humanos... todo funciona distinto.
Asentí, sin interrumpirlo.
Fue entonces cuando lo sentí.
El aroma.
Lavanda. Menta fresca.
Sutil, casi impecable para cualquiera que no fuera lo que soy. Pero para mi... imposible de ignorar.
Mi respiración se detuvo.
Rax rugió dentro de mi con certeza brutal.
Es ella.
Es el aroma de nuestra Mate.
Cerré los ojos apenas un segundo.
El baile. Los jardines ocultos. Las flores brillando bajo la noche.
La chica que nunca vi porque estaba demasiado ocupado cumpliendo un papel que no elegí.
La Luna no se había equivocado al marcarla.
Tal vez se había equivocado al darme una segunda oportunidad.
O eso quería creer.
Quizá la Diosa Luna puso a Dominick en su camino para darle esperanza.
Para concederle tiempo. Para protegerla de un príncipe distraído por coronas y promesas vacías.
Pero yo no podía aceptar eso.
No podía aceptar que el destino me relegara el error.
Mire a Dominick. A mi amigo. A mi hermano elegido. Al único que no merecía quedar atrapado en esta grieta.
Y aun así, mi pecho ardía con una certeza imposible de negar.
Ella era mi Mate.
No un préstamo del destino. No un consuelo. No una equivocación.
Era mía.
Y esta vez. no permitiría perderla por mi propia ceguera... ni siquiera si para recuperarla debía desafiar a la Diosa Luna misma.