El baño olía a vodka derramado y lágrimas saladas. La puerta, entreabierta por la huida de Alex, dejaba filtrar un hilo de luz amarillenta del pasillo, dibujando una línea divisoria en el suelo como un corte sangrante. Erick yacía recostado contra la taza del inodoro, las piernas dobladas en un ángulo incómodo, las manos aferradas a su propia cabellera como si quisiera arrancarse los recuerdos. La bombilla muerta los sumía en una penumbra verdosa, solo rota por el parpadeo intermitente de un fluorescente en el techo. Fue entonces cuando la sombra de Jill se deslizó por la rendija de luz. Se detuvo en el umbral, observando a Erick con los labios apretados en una línea fina. Su corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por esa certeza ácida que quema el pecho cuando se atisba una verda

