La mañana entraba por las ventanas de la cocina en láminas de luz dorada, iluminando el vapor del café recién servido y los platos de huevos revueltos apenas tocados. El silencio era denso, roto solo por el tintineo ocasional de los cubiertos contra la loza. Alex, sentado frente a Jill, mantenía la mirada fija en su plato, los hombros tensos bajo la camisa arrugada. Erick, a su izquierda, se inclinaba ligeramente hacia él, como si el magnetismo entre ambos fuera imposible de ignorar, aunque Alex se resistiera a volver la cabeza. El aire olía a mantequilla derretida y a jazmines del jardín, un contraste cruel con la tensión que envolvía la mesa. Jill observaba a Alex con una mezcla de esperanza y angustia. Sus dedos se enroscaban alrededor de su taza de té, buscando calor. Sabía que cada

