Jessie se preguntó por un breve instante por qué de repente le asaltaban esos pensamientos extraños que le resultaban casi ajenos. Podría haberlo meditado más profundamente si no hubiera estado nublada por una neblina de deseos lujuriosos, pensando en lo fácil que sería seducir a su amiga, imaginando ese cuerpo gloriosamente curvilíneo desnudo y retorciéndose debajo de ella. Simplemente atribuyó esos pensamientos a que estaba impulsada por su propia lujuria, que era palpable. Esta ola de lujuria incontrolable exigía toda su atención para mantenerla bajo control. De lo contrario, estaba segura de que atacaría a Julie allí mismo, en el café. Intentó distraerse de esos pensamientos preguntando cómo estaban el marido de Julie, Martin, y Johnny, su pequeño de dos años. No sirvió de mucho, sob

