Capítulo Nueve: Invitado inesperado — Parte dos.
Enero de 1847.
Solange Roussel.
El día pasa más rápido de lo que espero y antes de que me de cuenta el sol a comenzado a ponerse.
Suspiro mientras observo por el balcón del salón de baile el cielo.
—¿Asustada? —mi madre aparece detrás de mío y se coloca a mi lado derecho.
—No estoy asustada. Estoy ansiosa y dispuesta aprender mucho más en esta vida. Diría que estoy eufórica y siento mi pecho oprimirse por la nostalgia de que a partir de hoy me quedará menos de un mes para ser la esposa de alguien y la princesa heredera de toda una nación. —mamá luce un poco triste.
—Y serás la princesa más hermosa y dedicada que Dinamarca puede pedir. No eres perfecta, pero tu lo aceptas y eso, cariño, es el primer paso hacia la verdadera perfección. —a pesar de que aparenta estar feliz, por dentro no debe de sentirse para nada así.
—Voy a estar bien, mamá. He aprendido mucho de toda nuestra familia y siempre puedo venir a verlos. —ambas nos reímos ante mis palabras.
—Mi futura esposa dice la verdad, duquesa. —mi madre y yo nos volteamos al mismo tiempo—. Buenas noches. Duquesa... —hace una reverencia hacia mi madre.
—Dejaré que charlen un rato. —mi madre deja su lugar junto a mí, pero rápidamente es ocupado por el príncipe Théo.
—¿Es una noche preciosa, cierto? —pregunta mirando el paisaje más allá de lo que muestra el balcón.
—Así es... —le concedo la razón.
—Pero no es están preciosa, como la joven que tengo a mí lado. —una sonrisa sincera se forma en mis labios—. ¿Aún está molesta por el asunto de la señorita Morel? —suspiro y me giro un poco para mirarlo directamente.
—No es por aquella joven y de ser posible no la nombre más, por favor. —él sacude la cabeza en un gesto de confirmación a lo que le solicito.
—¿Cómo está?
—Bien, dormí mejor de lo que hubiera esperado. Solo tengo varios sentimientos encontrados, hoy es mi cumpleaños, la fiesta de nuestro compromiso y dentro de un mes como mucho seré una mujer casada. —suelto una pequeña risa cargada con un poco de ironía—. Creí que llegaría a la mitad de este año sin tener ni siquiera una propuesta seria. Pero aquí estoy, a menos de una hora de comprometerme con un príncipe, y de otra nación. —él me escucha atentamente
—Y esa nación va a recibirla con los brazos abiertos, no tiene que preocuparse por ello. —trata de calmar mis dudas, porque en realidad, miedos no son.
Nos quedamos en silencio un rato más, hasta que antes de retirarnos al salón de la recepción, su alteza me toma de la mano antes de salir del área del balcón.
—¿Sucede algo? —pregunto pero no obtengo respuesta.
Su alteza toma mi mano derecha, saca una caja rectangular del bolsillo de su saco.
—Es un presente, por su cumpleaños. Por ahora, esto es lo que se me permite darle, Dios mediante, el año por venir podré darle mucho más que esto. —saca un bonito brazalete de la caja, deja la caja sobre el filo del balcón y me coloca el brazalete en la misma mano de la que me detuvo.
—Es muy bonito. El color es uno de mis favoritos. —una vez suelta mi mano, toco por encima el material del brazalete color rosado perla.
—De nada mi bella dama. —susurra, ofreciéndome su brazo—. Vamos, nuestros invitados deben estar por llegar.
Acepto caminar de su brazo y es así como nos reunimos con mi familia. Mis hermanas, sobre todo Nina y Mélodie le juegan pequeñas bromas al príncipe y hacen chistes sobre nuestro compromiso, pero ninguno es mal recibido, pues, solo causan la risa de su alteza.
...
Cuando son casi las doce la medio noche, es cuando el último invitado es despedido.
—¡Al fin! Me duelen los pies. —se queja mi hermana menor.
—Margot, Mélodie, llevenla a descansar. —les pido a mis hermanas, ellas asienten, se despiden de nuestros padres y de su alteza —ahora su futuro cuñado—, como es debido.
—Ya es bastante tarde, su alteza. Quedese aquí esta noche, por favor. En nuestra ala hay varias habitaciones disponibles para... —la invitación de mi madre es interrumpida por las voces de los guardias.
Entonces como si fuese a ocurrir algo trágico, su alteza me coloca detrás de él y mi padre repite su acción pero con mi madre.
—¿En dónde está ella? —en cuanto escuchamos esa pregunta, vemos a un hombre con estatura de un metro cuarenta cruzar la entrada principal en dirección a nosotros.
—¿Quién es usted y qué hace en mi casa? —interroga mi padre con evidente molestia en su tono.
—Yo soy el regalo de cumpleaños de la futura princesa, por parte de una amiga y familiar. —se acerca al príncipe y le sonríe antes de volver a hablar—. Puede confiar en mí, yo no voy a hacerle daño a su alteza.
Sin pensarlo dos veces, el príncipe se hace un lado y entonces puedo ve bien a este desconocido.
—¿Por qué me busca? —se nota que estoy a la defensiva.
—Feliz cumpleaños, señorita Solange, es de parte de la princesa... —toma una de mis manos y me entrega un broche. Que cuando lo veo bien, todo tiene sentido.
—...