─Espero no estés insinuando que… ─Sí ─interrumpo sus palabras, la deseo, eso es obvio y siento que me volveré loco pronto. Pondría en riesgo nuestro trato y la maldita herencia. ¡Odio pensar con el pene! De repente, suelta una carcajada, burlándose de mí. Suelto un resoplo, acariciándome la sien. ─Estás loco. Christian, ve a darte cariño, por favor ─declara, jocosa. ¿Acaso me está retando? Me cuestiono. Decido seguirle el juego. Me levanto, caminando hacia el cuarto con lentitud, para girar en la puerta y mirarle con una sonrisa. ─¿Es en serio? ─Cuestiona desconcertada. ─Me demandaste hacerlo, sus órdenes son mi placer, majestad… o como sea que se diga ─murmuro, cerrando la puerta con sus mejillas llenas de vergüenza al imaginarse la escena morbosa de un Christian tocándose a su

