Tras escuchar esas palabras pronunciadas por Vanea, un brillo inesperado se reflejó en los ojos de Burak, iluminando su mirada de una forma que ella nunca había presenciado antes. En ese instante, el rostro de Ismail surgió en su mente de manera inaudita. No era un recuerdo ni una imagen fugaz; era el pequeño con su sonrisa tímida, sus ojos grandes y curiosos, su cabello ligeramente despeinado, todo ello cobrando una nueva dimensión ahora que la verdad comenzaba a asentarse en su interior. Vanea apretó los dientes con fuerza, insatisfecha y consumida por una rabia que le quemaba el pecho. Observaba en el rostro de Burak una alegría pura, espontánea, radiante, una alegría que jamás se había manifestado cuando ella le inventó que estaba embarazada de él. Mucho menos había aparecido en

