Después de salir de la corporación Baris, Esra fue a la delegación, entregó las pruebas que había reunido sobre la muerte de su abuela, las entregó y salió satisfecha, porque al fin la muerte de su abuela tendría justicia. Pasó por la florería y compró flores. Fue al cementerio, limpió la lápida con el nombre de su abuela, aquella mujer que la había ayudado y protegido en el orfanato, y a la que ella llegó a amar como abuela. —Abuela, al fin la persona que causó tu muerte obtendrá su merecido —dijo mientras pasaba la mano por sobre la fría lápida—. Aunque seas la madre del hombre cruel que me crio, me alegro mucho de que me hayas amado. Su tío, aquel hombre que había cuidado de ella desde pequeña, era hijo de la anciana que la protegió en el orfanato. Esra había descubierto todo eso en

