Cuando le dieron el alta a Esra, Burak se ofreció a llevarla a su villa, asegurándole que podía cuidarla mejor que nadie, que en aquel lugar tendría reposo, silencio y toda la atención médica necesaria. Pero Esra se rehusó, sin siquiera mirarlo directamente. Sin embargo, su negativa no importó. Burak, con esa obstinación que siempre había tenido, con esa manera autoritaria de decidir lo que los demás debían sentir o hacer, insistió, y al final, sin darle opción, la condujo hacia su automóvil. —Es mi culpa que te haya sucedido esto, por lo tanto, debo cuidarte. Esra bajó la mirada y apretó los labios. Dentro de sí, las palabras se agolparon, hirientes, atravesándole el alma: “Ahora sí aceptas tu culpa, Burak. Cuántas veces fue tu culpa, y jamás tuviste el valor de mirarme a los ojos y pe

