Capítulo 2: herirla.

1600 Words
Ambos terminaron de cepillarse, él pensaba retirarse del baño, pero ella lo sujetó por el antebrazo. —¿Qué te sucede, Thomas? —le preguntó, con su entrecejo fruncido, acortando la distancia que a ambos los separaba. —No me sucede nada —respondió con rapidez, acariciando el cuello de la mujer—. ¿Por qué habría de sucederme algo? —Te noto extraño —susurró ella, luego su mirada se deslizó al suelo; Lucía estaba al tanto de que la boda de ellos quedaba muy próxima, estaba por completo entusiasmada por el hecho de que contraería matrimonio con el hombre por el que sentía un amor que cada día era capaz de crecer más, pero tampoco era ajena a las inseguridades que un primer matrimonio podría traer, a medida que los días se acortaban, y su matrimonio se encontraba más próximo, el ánimo de él parecía descender, se había comportado de una manera particular, no se notaba feliz, sus ojos se apreciaban opacos, sus expresiones fingidas, ella estaba profundamente preocupada por ello, no sabría que haría si él decidía cancelar todo a última hora, llorar hasta desvanecerse, aquello era lo más probable—. ¿Te estás arrepintiendo? —se atrevió a preguntar y él la miró con los labios un poco abiertos, como si no pudiese creer la pregunta que de estos había emergido. Sabía muy bien a lo que se refería, pero decidió fingir que no lo hacía, tal vez con ello Lucía desistiría de querer tocar ese tema. —¿Arrepentirme de qué cosa, Lu? —La llamó así, porque sabía que aquel diminutivo de su nombre ablandaba el corazón de la mujer frente a sus ojos. Thomas no era un mal hombre, lo malo en él era que estaba decidido a encadenarse en un matrimonio en donde sabía que el amor no era correspondido. —Ya sabes de lo que estoy hablando… —respondió ella, suavizando un poco más su voz, él notó aquel detalle, sabía que llamarla por el diminutivo de su nombre siempre la tranquilizaba, así fue como la llamó durante un año completo de relación… ahora tenían tres, casi cuatro… había compartido cuatro años de matrimonio con una mujer por la que solo podía sentir deseo físico, y no solo eso, iba a contraer matrimonio con ella en unas pocas semanas, ¿qué diablos le sucedía? —Amor… no soy capaz de entenderte —mintió, rascando su barbilla y observando hacia el suelo—. No sé de qué me estás hablando… o hacia donde quieres llegar. Ella le miró, un suspiro se deslizo fuera de sus labios, lo abrazó con más fuerza, él correspondió aquello, si tan solo fuera así de fácil corresponder el amor de ella. Thomas la miró, se sintió triste, ella era una buena muchacha que no merecía que su corazón fuese roto. —Te amo —le susurró Lucía, pero Thomas no le respondió, solo la abrazó con más fuerza, cerrando él también sus ojos, de pronto, Lucía rompió el abrazo y se aferró a los labios de su futuro esposo, él le correspondió el beso; uno apasionado, acuoso, profundo, si tan solo el amor que él sintiera por Lucía fuese así—. Te amo —repitió, rompiendo el beso por unos segundos, era evidente que lo había repetido con la intención de que él le diera una respuesta esta vez. —Yo también lo hago… yo también te amo —respondió, en un susurro que pobremente fue audible, si tan solo ella estuviera menos ciega por el amor que sentía por él, hubiese visto su expresión marchita, hubiese escuchado con más precisión, dándose cuenta de que él mentía, de que él no la amaba. Pero el amor era ciego, el de ella, mucho más. Ambos volvieron a unirse en un beso apasionado, ella se enroscó en la cintura desnuda de Thomas, le acarició el cabello con suavidad, él la sostuvo por la parte baja de la cadera, ella empezó a serpentear sobre él, ambos cayeron sobre la cama, ella empezó a menearse con más vigor, pero Thomas no quería, no quería hacerlo aquella vez. Se sentía exhausto, aunque había dormido por unas diez horas seguidas, aunque no era no era su cuerpo el que se sentía exhausto, era su mente. Era su corazón. Extrañar algo que ni todo su dinero podía comprar era exhaustivo. —Amor… debo de irme a trabajar… —le recordó, tratando de alejarla, pero no pudo negar que los besos que en el cuello que Lucía iba dejando eran exquisitos—. Amor… ya basta —le pidió, pero ella caso omiso le puso, se colocó a horcadas sobre él, rápidamente se sacó la blusa, dejándose desnuda ante los ojos de él, se acostó sobre el pecho de Thomas, y lo volvió a besar, pero él giró el rostro. —¿Acaso te doy asco? —preguntó ella de repente, con su voz un poco rota, él no comprendió la razón del llanto que parecía querer asomarse por sus ojos, pero intentó consolarla de todas formas. —¿Qué dices? ¿Cómo me daría asco la mujer con la que voy a pasar toda la vida? —Me evitas… desde hace casi dos semanas que no me tocas… —Es que… he estado demasiado ocupado en el trabajo, amor… ya te lo he dicho antes, cuando me reclamabas por lo mismo… no te estoy… evitando… solo estoy llegando tarde al trabajo… —Entras en tres horas, Thomas, tu trabajo queda a menos de veinte minutos de aquí, no estás llegando tarde, además, eres el maldito dueño, puedes llegar a la hora que te dé la gana, diablos —bufó, fastidiada, se paró de encima de él, y se colocó con rapidez su blusa, él suspiró, se paró de la cama y fue tras ella, intentando sostener sus manos, pero ella rompió el contacto de un fuerte tirón—. ¡No me toques! —Hace un segundo pedías que lo hiciera —bromeó Thomas, intentando suavizar el ambiente, la mayoría de las disputas entre ambos tenían origen en el hecho de que él no mantenía relaciones con ella de manera periódica, eso la hacía sentir rechazada por el hombre al que amaba tanto. Demasiadas personas la habían rechazado ya como que para que también lo hiciera el hombre por el cual las palpitaciones de su corazón se aceleraban—. Amor, entiéndeme… —¡¿Qué es lo que quieres que entienda, Thomas?! ¡¿Qué no te gusta estar en la cama conmigo?! ¡¿Qué nos casaremos en dos semanas, pero que no te dignas en tocarme siquiera?! ¡¿Es eso?! ¡¿Es eso lo que quieres que entienda?! —Estaba dispuesta a gritar más, pero él la comprimió en fuerte abrazo—. ¡No estoy bromeando, Thomas! ¡Suéltame en este instante! —Vamos, Lu, cálmate, mi amor, prometo que cuando llegue de la empresa te daré la mejor noche de tu vida. —Sabía que mentía, solo quería tranquilizarla. —Siempre dices lo mismo, Thomas, siempre dices que me darás la mejor noche de mi vida y apenas me besas, ¿acaso es algún problema en mí? —preguntó, y su voz se quebró, no sabía mantener una disputa con alguien sin sentir el llanto aposando en su garganta—. ¿Acaso no te gusta mi cuerpo? Él suspiró, Lucía estaba siendo demasiado dramática. Estuvo a punto de decirle que no era para tanto, pero sabía que aquello solo empeoraría la situación, además, ella siempre había así de sensible, desde que se conocieron, no era como que fuese a pasársele. Era una mujer demasiado preciosa, pero también, demasiado insegura de su propia belleza. —Lu, amo todo de ti —le susurró, dejando un beso en su frente—. Es solo que hoy debo de llegar más temprano al trabajo, cariño, ¿lo entiendes? No te estoy evitando, me encantaría quedarme aquí y hacerte mía por horas, pero no es algo que pueda, Lucía. Jamás creas que me disgusta tu cuerpo, mi amor, es hermoso así como lo eres tú. Te amo muchísimo, Lu, jamás dudes del amor que siento por ti. Ella sonrió, aunque en sus ojos se veían todavía rastros de lágrimas. —Yo también te amo —le susurró, con lentitud empezó a secar sus lágrimas y le dedicó una sonrisa mayor a su futuro esposo—. Iré a preparar el desayuno para que lo comas antes de irte, ¿te parece? No me gusta el desayuno que nos preparaba la sirvienta. —Sí, ve, cariño —replicó—. Yo iré a bañarme. Ella asintió, retirándose de la habitación. Y él suspiró, dejándose caer sobre la cama. —Diablos, no era para tanto —se quejó. Odiaba cuando ella empezaba una disputa sin razón ninguna. Observó el reloj, ella estaba en lo correcto, él era el jefe, podía llegar a la hora que le diese la gana y nadie podría decirle nada, pero fue la única excusa que encontró para que la disputa no se alargara. No era que le desagradara el cuerpo de Lucía, en realidad, ella tenía un cuerpo precioso, una belleza de ensueño, pero… había dejado de sentirse atraído hacia su cuerpo desde hacía unos largos meses. «Tal vez solo me hice pareja de ella por su apariencia física», pensó, y se sintió peor. Porque sabía que ella en verdad lo amaba, pero él era incapaz de poder amarla… No quería herirla… Pero no podía amarla… Y tarde o temprano aquello terminaría hiriéndola.
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