Recordaba que antes de haber sido millonario, trabajaba en una empresa, en el área de recursos humanos, aunque también había buscado un trabajo corto como mesero los fines de semana, pero, con la llegada de Lucia a su vida, había así mismo llegado el dinero. Tal vez la razón por la que no podía dejarla, era porque sabía que le debía su fortuna a ella, o al padre de ella, mejor dicho. La historia de como había pasado de ser un simple empleado a un CEO, era una larga, que él elegía no recordar. No en aquel instante, demasiado saturada se encontraba su mente.
Siempre que salía de la casa hacia la empresa, le decía a Lucia que iba a hacer un chequeo de rutina, para cerciorarse de que todo se encontrara en condiciones óptimas, recordaba como ella le había un día dicho: «Los jefes de empresas no se comportan de esa manera», y él le había respondido que él era un jefe distinto.
Aunque todo se trataba de una excusa más. Solo quería estar más alejado de ella. Debía de tener tiempo para pensar, para aclarar su mente y saber que decidir.
No se quería casar con Lucía. No la amaba, no amaba aquella mujer, no la veía como la madre de sus hijos si era que algún día tenía alguno, no quería pasar el resto de su vida atado a una mujer a la que no amaba, no quería que constantemente ella le exigiera gestos que él no era capaz de darle… por el simple hecho de no amarla. Pero era muy cobarde como para terminar con todo, como para ir a donde ella y decirle que no quería ser su esposo.
«Se lo ha dicho a todos sus familiares y amigos, a todos le ha dicho que nos casaremos, me odiarán si cancelo todo ahora… ahora que la boda está tan cerca, ahora que es demasiado tarde», pensó. Ella era una buena muchacha, se repetía, ¿por qué no lograba amarla ni siquiera un poco? No era capaz de comprenderlo. No podría decir que la vida al lado de ella era mala, solo que era… un poco infeliz.
Aquella no era la mujer que él amaba. Pero no tenía el valor suficiente como para romperle el corazón. Así que seguiría con la boda, y solo esperaba que con el transcurso de los días casados, el amor hacia ella emergiera de su corazón, porque de no ser así… estaría condenado a la infelicidad.
—¿Te encuentras bien, Thomas? —escuchó que le preguntaron y sacudió su cabeza, parpadeando de manera rápida, saliendo de sus cavilaciones, en las que se perdía de manera muy constante.
—Sí, sí —afirmó—, estoy bien, ¿por qué?
—Te noto ido —respondió su amigo Tyrone, sentándose a su costado—. Muy ido. Desde hace días te noto así.
—Solo es la boda, ha ocupado la mayoría de mis pensamientos —replicó, rascando su mentón, como respuesta a un impulso nervioso, su amigo lo miró de manera fija y analítica, haciéndolo sentir todavía más nervioso—. Solo ha sido eso.
Tyrone frunció sus labios. Acomodó su elegante traje de marca Sergio Rossi y miró de manera fija a Thomas.
—Pues yo creo que mientes.
Thomas mordió sus labios, solía hacer aquello cuando se sentía nervioso, frotó sus manos y desvió la mirada de su amigo, quería contestar, pero no sabía que decirle, pues al fin y al cabo, las palabras de Tyrone tenían razón. Él mentía, aunque no del todo, pero mentía.
—¿Por qué habría de mentir? Es la primera vez que me caso, Tyrone, hay muchas cosas en las cuales pensar, muchas decisiones las cuales tomar… no es simplemente casarse y ya…
—No actúes como si no te conociera, Thomas, no eres un hombre asustadizo, ¿por qué diablos te asustarías porque tu boda se aproxima? ¿No se supone que deberías sentirte emocionado porque te vas a casar con la mujer que amas?
—Sí, y así me siento, ¿qué te hace pensar que no? —replicó con rapidez, tal vez así no se delataría a sí mismo.
—Luces preocupado, angustiado, pensativo, ido, de una mala manera, como cuando uno comete un error que no puede remendar, así luces, hermano, no luces feliz, ni emocionado, ni ansioso. En la conferencia que acabas de tener con los inversionistas estabas ido por completo, pensando en nada y en todo a la vez, sé que no estás bien.
Thomas tragó saliva. Estaba claro que él no amaba a Lucía, pero de ese hecho a exteriorizarlo, eran cosas demasiado distintas. Debía de seguir fingiendo que amaba a Lucía hasta que aquello se convirtiera en una realidad.
—Solo estoy nervioso porque no creo ser el hombre que Lucía necesita para su vida —dijo, su voz flageó un poco, aquello era una mentira, pero a la vez no lo era: en verdad no se creía ser el hombre que Lucía necesitaba en su vida, pues ella necesitaba a alguien que la amara—. Solo se trata de eso, Tyrone. Nada más. Además, tú jamás te has casado, no vengas a decirme como debo de comportarme.
Su amigo Tyrone le dio un sorbo al café, café que Thomas no sabía que estaba sobre su amplio escritorio.
—Bien, bien, Thomas, pero no te molestes, no lo digo por mal, al contrario… lo digo porque no quiero que cometas un error, sabes que te aprecio como un hermano.
—Hermanos como Caín y Abel tal vez.
Tyrone arrojó una larga carcajada que resonó en todo el sitio. Thomas sonrió, apreciaba mucho a Tyrone, era el único de todos aquellos millonarios que no parecía estar compuesto de plástico y billetes, pero a veces le molestaba como el hombre parecía poder leer sus pensamientos.
—¡Lo digo en serio, Thomas! —exclamó Tyrone, todavía riendo un poco—. Te quiero como un hermano y no quiero que cometas un error.
Thomas se puso serio.
—¿A qué te refieres con un error? —inquirió, con genuina curiosidad desbordando de sus palabras. Sabía más o menos a lo que se refería, pero necesitaba escucharlos de los labios de su amigo, aunque le daba miedo. Le daba miedo que Tyrone dijera lo que su mente le gritaba, era un cobarde, se decía.
—Ya sabes, Thomas… un error…
—Sigo sin comprender lo que tratas de decir.
—Casarse es una decisión que debes tomar de forma deliberada.
Thomas frunció su entrecejo.
—¿Qué te hace pensar que no lo pensé de forma deliberada? —inquirió, queriendo reírse de sí mismo, pues la realidad era que, no había pensado nada de forma deliberada, ella un día empezó a enviarle indirectas de que se quería casar… luego llegó la presión social y familiar… así que sin siquiera querer contraer matrimonio con ella, le había pedido aquello. Podía recordarlo como si estuviese teniendo lugar ahora mismo. Había sido una fría noche de junio, fría, pero no tanto como el amor que él sentía por ella. Thomas había invitado a Lucía a un restaurante bastante costoso. Poco a poco las personas fueron saliendo, ella lo notó, pero no le prestó demasiada atención, aunque si se había alarmado un poco cuando se vio sola en el restaurante, solo con la compañía de Thomas, y, viendo los ojos de la mujer que viajaban de un lado hacia el otro, él había aprovechado para pedirle matrimonio. Un anillo reluciente había hecho contraste con la noche, él arrodillado frente a ella, sonriente y atractivo, ¿cómo podría ella negarse? Había aceptado sin detenerse a pensarlo tan solo un segundo, había llorado de emoción, jamás había sentido una felicidad como aquella… la felicidad de saber que pasaría el resto de su vida con el hombre al cual amaba…
—¿Me estás escuchando? —De nuevo Thomas empezó a parpadear de manera rápida, se había hundido en sus cavilaciones otra vez.
—Lo siento, no —admitió, dejando salir un suspiro—. ¿Qué era lo que decías?
—Que sé que no tomaste la decisión de manera deliberada porque te notas demasiado inseguro al respecto.
—No digas estupideces, Tyrone, estoy bastante seguro de que Lucía es la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida, por eso me casaré con ella, no sé a donde quieres llegar, pero no tiene ningún sentido. Jamás me casaría con una mujer a la que no amo.
—Yo solo digo… un matrimonio infeliz puede arruinarte la vida. Mi papá es la viva evidencia de ello —dijo, dio un sorbo a su café y luego prosiguió—: siempre se incita a las mujeres a romper con lazos que les dañan y a salir de relaciones abusivas y no correspondidas, pero ¿qué acerca de los hombres? Por Dios, mi madre era una completa psicótica. Ni todo el dinero de mi padre fue suficiente para ella. No sé como papá aguantó tanto a su lado. Una vez se lo pregunté incluso, y me dijo que porque la amaba, diablos, lo recuerdo como si fuera hoy mismo, le respondí que tal vez él la amaba, pero lo de ellos no era mutuo, y me castigó, me castigó por decirle la verdad. Solo dos meses más tardes de eso, mis padres se divorciaron, no te quiero contar la historia de mi vida, Thomas, lo único que te quiero decir es que pienses bien con quien te casas.
—Lucía es una buena mujer.
—Lo sé, sé que Lucía es una buena mujer, pero una cosa es ser una buena mujer y otra cosa es ser buena para ti, para tu felicidad.
Thomas desvió su mirada al suelo. Su amigo tenía tanta razón que dolía.
—Ella me ama, yo la amo, nos amamos, ambos somos buenos el uno para el otro, entiendo lo que quieres decir, pero no es necesario —explicó, la seguridad con la que hablaba era tan increíble que cualquiera creería que no eran mentiras lo que decían sus labios.
—Bien, amigo, sí tú lo dices —le respondió Tyrone, encogiéndose de hombros—. Sabes que solo quiero lo mejor para ti.
—Lo sé —respondió, seco, quería zanjar la conversación lo más pronto posible, o al menos darle un giro hacia otro tema. Sabía Tyrone tenía razón, pero no le gustaba la verdad, como a la mayoría de personas, que elegían el veneno dulce de una mentira que la realidad, que no tenía ningún sabor más que amargo la mayoría del tiempo—. Agradezco tu preocupación, Tyrone.
Su amigo lo miró, sonrió, sabía que sus palabras le habían llegado el pecho a Thomas, por eso lucía con cierto deje de molestia en sus ojos.
Iba a decir algo, pero el timbre de su teléfono lo interrumpió.
—Me tengo que ir —avisó—. Piensa en lo que te dije.
Thomas permaneció en silencio, lo vio irse, alejarse de allí a pasos rápidos, frunció sus labios.
De pronto su secretaria se apareció por la puerta.
—Con permiso.
—Pasa.
—El señor Mc. Chayyl lo llamó, señor Thomas —le informó—. Pero usted estaba en una junta, así que le dije que llamara más tarde.
—Bien —respondió Thomas, sin mirar a la mujer, que claramente estaba perdida de amor por él—. ¿Eso es todo?
—Sí, señor.
—Bien, gracias, ya puedes retirarte.
Y así ella lo hizo. Él apenas le prestó atención, no podía sacarse de la cabeza la charla que acababa de mantener con Tyrone, aquella charla no le permitiría concentrarse en todo el día.
«Un matrimonio infeliz puede arruinarte la vida», recordó las palabras de Tyrone, que resonaron en su mente, tan alto que pareciera que él estuviese presente diciéndolas en aquel mismo instante. Thomas suspiró, lamentándose.
No podría sacarse de la cabeza aquellas palabras porque sabía que eran por completo verdad.