Capítulo 5: La florista.

1123 Words
Intentó de la mejor manera cubrir su asombro, pero no sirvió demasiado, aquella expresión no se borraría de su rostro por un tiempo largo. Dio un paso hacia adelante, sintiendo como si el mundo se remeneaba ante cada respiración que se deslizaba fuera de él, el silencio que se formó de manera tan repentina fue uno mórbido, casi aterrador, las aves parecieron dejar de cantar, los conductores de apretar las bocinas de sus automóviles, los niños de chillar… el mundo de girar… era como si todos hubiesen paralizado sus actividades con el único designio de presenciar lo que tenía lugar en aquella florería. —Thomas… —susurró ella, tras casi cinco minutos exactos de un ensordecedor silencio—. Thomas —dijo una segunda vez, con voz más estable, aunque eso no podía evitar que el temblor en sus palabras fuera perceptible. Temblor, casi llegando a ser tartamudeo. Cada letra del nombre del hombre, deslizándose fuera de sus labios, lastimó su piel. Él no supo que decir. Fue como si su mente, que hace pocos instantes estaba sumergida en las cavilaciones más banales, se encontrara por completo en blanco; lo cual, era bueno, pero a la vez, no lo era, puesto que, por fin su mente se hallaba libre de esas cavilaciones que lo enloquecerían, pero él no quería que se encontrara vacía de aquella manera, por aquella circunstancia, por aquella razón. —Amber… tú… —Las palabras se encadenaron a su garganta, no sabía que diablos decir. Tenía más de diez años sin saber nada de ella, la creyó incluso muerta algunos días, no sabía como reaccionar, no sabía como se reaccionaba a una situación así—. Tú trabajas aq-quí… —Fue lo único que se le ocurrió decir. Sus palabras habían salido tan temblorosas como las alas de una mariposa expuesta al viento. —S… sí… desde… hace… desde hace años. —Una tos se desprendió de entre sus labios, no era capaz de dominar el temblor que se había apoderado de sus extremidades. Su respiración estaba luchando por no volverse entrecortada, pero estaba perdiendo. Mordió la parte baja de sus labios y se llenó de valor para levantar su mirada y observarlo directo a los ojos… a esos ojos… no era el mismo muchacho asustadizo que había dejado hace más de una década—. ¿Vives p… por aquí? —Doce, Amber… —dijo él, obviando la pregunta de ella, no pensaba ponerse a hablar de por donde vivía o no vivía—. Doce… años… Ella tragó saliva, con tanta dificultad que su garganta dolió, de repente sintió una profunda e inexplicable sed. Sus extremidades perdían cada vez más vigor, estaba a punto de caer, pero daba lo mejor de sí para sostenerse. Él tenía razón; quince años sin verse entre sí, lo que una vez fue una gran amistad terminó convirtiéndose en una tonta pero interesante relación amorosa… y luego… luego lo de ellos se convirtió en nada, la distancia los rompió, los años los alejaron, ahora se veían de nuevo, pero nada daba indicios de ser como antes, la vida, en solo un segundo puede cambiar, ni imaginarse en doce años, aunque, en los ojos de Thomas todavía se podía ver los vestigios del inocente infante que una vez fue, y aquello le causaba tanta melancolía a Amber que su corazón dolía, una sensación amarga se expandía por toda ella. —Ha pasado mucho… mucho t-tiempo… —murmuró ella, como si él fue ajeno a ese hecho, como si no la hubiese extrañado cada día de su vida—. Demasiado… —Más del que me gustaría —escupió él, en un susurro que ella no consiguió comprender. Amber respiró hondo, peinó hacia atrás su cabello, el cual ahora había teñido de rubio y se colocó en una postura firme, carraspeó su garganta, con el fin de que su voz volviera a su estado natural, no en ese estado nervioso y palpitante. Debía de echar a un lado la relación previa que hace tantos años había tenido lugar entre ellos y enfocarse. Él era un cliente más, así lo trataría. Él se iría, ella seguiría con su vida. —¿Qué es lo que va a desear, señor? —preguntó, y tuvo que morder su labio para evitar temblar. Era difícil fingir que no seguía amándolo con la misma locura infantil que los había unido. —Flores —respondió él, como si no fuera evidente, ella quiso reír, tuvo que fruncir sus labios para no hacerlo, ya no era una niña, y él tampoco, doce años… no días… no semanas… no meses… años, doce… doce años, eran casi desconocidos con tal vez un par de recuerdos en común. Nada más, así se mentía ella. —¿De cuáles va a querer, señor? —inquirió, por más firme que intentara mantener su voz, sus ojos la delataban, delataban los nervios que crecían en su interior—. Tenemos… orquídeas… girasoles… también hay rosas… y… —Quiero flores para una boda. —Ella sintió un golpe en el pecho, casi en el sentido literal de la palabra. Sintió un ardor corroerle el corazón, mordió sus labios hasta casi sacar sangre de estos, pero rápidamente retomó la compostura, diciendo que lo que hacía no tenía sentido alguno. Ni siquiera sabía si eran flores para la boda de él, y de serlo, ¿por qué le importaría? ¿Por qué le afectaría de alguna manera? Habían sido doce años, no uno, ni dos, ni cuatro, ni siquiera diez, ¡doce!, la vida de cualquier persona cambia en ese tiempo—. Mi mujer está ocupada así que he venido yo a comprarlas, pero… no sé demasiado de cuales flores son las que se usan en las bodas. —Ella acarició su sien, sí, eran flores para la boda de él. Tragó saliva. Era normal que él estuviese en relación, se repetía que habían pasado doce, casi trece años y que no tenía ningún fundamento para lo que sentía. Ella seguía amándolo, en el más perpetuo de los silencios y la más fría distancia, lo seguía amando, nunca había dejado de hacerlo, pero el hecho de que ella lo amara, no significaba que él la amaría igual, no tras tanto tiempo separados. —Así que te casas —comentó ella, con tono de voz bajo—. Felicitac-ciones… Thomas, me alegro mucho por ti. Él la miró, de manera seria y reflexiva. Ella no le mantuvo la mirada, y la desplazó al suelo. Él se preguntaba la razón de su comportamiento. Actuaba como si no fueran conocidos. —Tú y yo tenemos mucho de lo que hablar. —Por fin Thomas se atrevió a decir lo que ambos estaban pensando.
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