Marina regresó a Buenos Aires dos días después. Había pasado por Londres para firmar los papeles sin querer conservar nada de Helen. Su legado no era material, de ella había aprendido mucho más. Había dejado de sentir culpa por renegar de sus lazos con la realeza, había encontrado una explicación para su afán de hacer las cosas por sí misma y una conexión especial con su forma de apreciar las cosas sencillas, como el tazón de café con leche que humeaba delante de sus narices. -No voy a quedarme con eso nada más. -le reprochó Anastasia apoyada en su escritorio demandando mucho más de las pocas palabras que había contado acerca de su viaje. -Ya te conté todo, Ana, en la granja no había mucho, pero dimos con dos personas que sabían de Helen y ellas fueron las que completaron el rompecabe

