Ardingly 1941 . No puedo creer que ya haya pasado una semana, una semana entera con su presencia en mi propia casa. Ni siquiera sé cómo puedo soportarlo. No son sus ojos los que me perturban, creo que lleva días evitando a los míos, tampoco es su voz, esa viril, determinada y tan grave que llego a oírlo incluso desde otra habitación; lo que más me exaspera es esa forma contradictoria con la que actua: su actitud de que ni siquiera repara en mi presencia y luego puedo sentir su mirada sobre mi cuerpo. Ayer mismo, preparaba la cena como todos los días, las lluvias habían cesado y los niños corrían por lo que queda del jardín mientras el resto de los soldados trabajaban en el ala oeste, lugar que debimos volver a habilitar para sus operaciones secretas, cuando su voz dejó de dar órdenes.

