La lluvia había demorado menos de lo advertido, dejando el campo completamente cubierto de agua. La casa comenzaba a sentirse pequeña con los nuevos huéspedes y si bien los niños habían perdido el pánico inicial, tampoco se movían con la soltura que solían hacerlo. Helen se había refugiado en la cocina. Su mente le jugaba una sucia partida debatiéndose entre enfrentar a aquel hombre que ahora tenía por fin un nombre o hacerse la desentendida. Al fin y al cabo el contexto había cambiado y lo había hecho de la manera más cruel. Ya no era una jovencita sobre sus tacones presumiendo sus destrezas en la pista de baile. Se miró a sí misma y una sonrisa asomó a sus ojos. Llevaba aquella falda clara llena de vestigios de tierra, que si bien lavaba todos los días, no lograba recuperar su color,

