Silas Blackwood
El silencio de mi despacho es una mentira. Aunque las paredes de piedra son gruesas y el mundo exterior parece congelado bajo la luna, mi interior es un campo de batalla. Me fallan las manos. Mis propias garras, esas que han desgarrado gargantas de enemigos y protegido a mi manada por más de un siglo, tiemblan ahora sobre la madera astillada de mi escritorio.
El aroma. Ese maldito aroma.
Inundo mis pulmones con el aire de la habitación, tratando de purgarlo, pero es inútil. Elena se ha ido hace horas, arrastrada por mi propia furia, y sin embargo, su rastro permanece suspendido en el aire como una sentencia de muerte. Huele a lavanda silvestre, a lluvia sobre tierra seca y a algo más... algo que me hace querer arrancarme el corazón del pecho para que deje de latir con esa esperanza estúpida y dolorosa.
Huele exactamente como ella. Como mi Lía.
—No puede ser ella —gruño para la habitación vacía, mi voz sonando como un animal herido—. Lía murió en mis brazos. Sentí cómo su último aliento se escapaba. Sentí cómo el vínculo de nuestra alma se rompía, dejándome en una oscuridad eterna.
Me pongo en pie de un salto, derribando la pesada silla de cuero. Camino hacia el ventanal, apretando los dientes hasta que me duelen. Mi lobo, esa bestia que normalmente es un arma de guerra, está acurrucado en los rincones de mi mente, aullando de una forma que nunca le había permitido. Él la reconoce. Él no entiende de lógica humana, de reencarnaciones o de imposibilidades. Él solo sabe que la "compañera" ha vuelto.
Pero yo no soy un animal irracional. Soy un Alfa que ha visto la crueldad del destino.
Aceptar que esa humana —esa criatura débil, frágil, que apenas parece capaz de sostener un jarrón sin temblar— podría ser la portadora del alma de mi reina es un insulto. Es una burla cruel de los dioses. Lía era una guerrera de espíritu indomable, una loba de sangre pura cuya sola presencia imponía respeto. Elena... Elena es solo una sirvienta huérfana que baja la mirada cuando paso.
Verla en mis pasillos, vestida con ese delantal gris barato, es una profanación a la memoria de la mujer que amé. Cada vez que mis ojos caen sobre ella, siento una punzada de odio. La odio por tener esos mismos ojos grandes y asustadizos. La odio por la forma en que su pulso se acelera cuando me acerco. Pero, sobre todo, me odio a mí mismo porque una parte de mí, la parte que murió hace cien años, quiere caer de rodillas ante ella y pedirle perdón por no haberla protegido la primera vez.
—Silas... ¿estás bien? —la voz de Cassandra llega desde la puerta, suave como la seda, pero para mis oídos suena como estática molesta.
No me giro. No quiero que vea la lucha que se refleja en mi rostro. Cassandra es la compañera que la lógica dicta que debo tener: poderosa, de mi especie, leal a los intereses de la manada. Pero su aroma no me quema. Su presencia no hace que mi sangre cante.
—Vete, Cassandra —digo, mi tono es frío, cortante como el hielo del norte.
—Esa humana te ha alterado —insiste, acercándose. Siento su mano en mi hombro y es como si un insecto caminara sobre mi piel. Me tenso—. Es una torpe, Silas. Solo causa problemas. Deberías dejar que yo me encargue de ella personalmente. Estaría mejor en los pueblos humanos, lejos de nosotros.
—He dicho que te vayas —repito, esta vez dejando que un rastro de mi autoridad de Alfa se filtre en mis palabras.
Ella se retira, ofendida, pero no me importa. Nada me importa excepto el fuego que siento en la piel donde Elena me tocó accidentalmente en la biblioteca. Fue solo un segundo, un roce insignificante, pero fue suficiente para que mi control se desmoronara. En ese instante, cuando nuestras miradas se cruzaron, no vi a una sirvienta. Vi el alma que me fue arrebatada. Vi promesas de eternidad y el calor de un hogar que ya no existe.
Por eso la rechacé con tanta saña. Por eso permití que se fuera llorando.
Si me permito dudar, si permito que esa humana entre en mi vida, estaré traicionando el luto sagrado que he llevado durante un siglo. Estaré admitiendo que soy débil. Y un Alfa no puede ser débil.
Me acerco a la pequeña chimenea y observo las llamas. Mi mente me traiciona de nuevo, llevándome a aquel día sangriento. El olor a humo, el sabor a ceniza... y los parientes de Lía. Esos humanos influyentes, esos hombres que se creían dioses porque controlaban naciones, los mismos que se opusieron a nuestra unión. Ellos la mataron. Su propia sangre prefirió verla muerta antes que permitirse "ensuciar" su linaje con un cambiaformas.
Si Elena es realmente ella... si por algún milagro retorcido su alma ha regresado en este cuerpo humano, el peligro que la acecha es más grande de lo que ella imagina. Pero mi orgullo es más fuerte que mi instinto de protección.
—No eres ella —susurro, cerrando los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen de Elena temblando ante mi grito—. Eres solo un error de la naturaleza. Un eco que se desvanecerá con el tiempo.
Golpeo la pared de piedra con el puño cerrado, dejando que el dolor físico distraiga al dolor del alma. La piedra se agrieta bajo mi fuerza, pero el nudo en mi pecho no se afloja.
Mañana seré más duro. Mañana me aseguraré de que no pueda acercarse a más de diez metros de mí. La trataré como la nada que debe ser. Porque si no lo hago, si la dejo entrar un solo milímetro más... este siglo de muros que he construido alrededor de mi corazón se vendrá abajo, y no estoy seguro de querer sobrevivir a lo que quede de mí después de eso.
El destino ha jugado su carta, pero yo soy el Alfa de la Luna de Sangre. Y no pienso perder este juego contra el fantasma de una mujer muerta.