El amanecer en la mansión Blackwood no traía paz, solo una nueva jornada de recordatorios de que yo no pertenecía aquí. Marta me había asignado a la limpieza de la biblioteca principal, un santuario de estanterías de roble que olían a pergamino viejo y a la fragancia personal del Alfa: ese bosque húmedo que ahora parecía perseguirme en sueños.
—Recuerda, Elena —me dijo Marta mientras me entregaba los plumeros—, el Alfa no quiere verte. Si escuchas sus pasos, entra en el cuarto de servicio o escóndete tras las cortinas. Él valora el silencio por encima de todo.
Asentí, sintiendo un nudo en la garganta. No dormir en el sótano era un alivio, pero compartir habitación con otras tres criadas no me libraba de las pesadillas. Esa noche había soñado con un fuego azul y unas manos grandes entrelazadas con las mías.
Comencé mi tarea en silencio. La biblioteca era inmensa. Mientras limpiaba los lomos de los libros, mi mano se detuvo por instinto en uno con la cubierta de cuero gastado. Al tocarlo, una punzada de calor recorrió mi hombro izquierdo. “Para mi eterno amor”, decía una dedicatoria en la primera página con una caligrafía elegante y antigua.
—¿Qué crees que estás haciendo?
La voz de Cassandra azotó el aire como un látigo. Estaba apoyada en el marco de la puerta, con un vestido de seda color perla que resaltaba su palidez perfecta. Sus ojos azules me recorrieron con un asco que no se molestaba en ocultar.
—Solo... solo limpiaba el polvo, señorita —respondí, bajando la mirada de inmediato y cerrando el libro.
—Ese libro no es para que tus manos humanas y sucias lo toquen —caminó hacia mí con una lentitud calculada—. Es un diario de la familia Blackwood. Algo que una simple sirvienta nunca entendería.
Se acercó tanto que pude oler su perfume floral, tan artificial comparado con la pureza del bosque que emanaba Silas. De repente, Cassandra estiró la mano hacia una pequeña mesa donde descansaba una estatuilla de cristal de un lobo aullando. Con un movimiento rápido de sus dedos, la estatuilla salió volando hacia el otro extremo de la habitación, estrellándose contra la chimenea de mármol.
El estrépito fue ensordecedor.
—¡Oh, no! —exclamó Cassandra con una voz fingidamente chillona—. ¡Elena, has roto el tesoro más preciado de Silas! ¡El recuerdo de su madre!
—¡Yo no he sido! ¡Usted misma lo ha hecho! —el grito salió de mi boca antes de que pudiera procesar las consecuencias. El miedo me dio una valentía suicida.
—¿A quién crees que le va a creer? —sonrió ella, justo un segundo antes de que la puerta se abriera de par en par.
Silas entró como un vendaval. Su sola presencia hizo que el aire se volviera denso, difícil de tragar. Sus ojos grises se posaron primero en los restos de cristal en el suelo y luego en mí. El odio que vi en ellos me hizo dar un paso atrás, tropezando con la alfombra.
—Silas, amor, intenté detenerla —sollozó Cassandra, cubriéndose la boca con la mano—. Le dije que tuviera cuidado al limpiar, pero parece que no le importa nada de lo que hay en esta casa. Ha dicho que este lugar es una prisión y que no respeta tus cosas.
Silas dio un paso hacia mí. Cada zancada suya hacía que mi corazón golpeara mis costillas con una fuerza dolorosa. Se detuvo frente a mí, y por un momento, el silencio fue tan absoluto que pude escuchar su respiración acelerada.
—Mírame —ordenó. Su voz era un rugido contenido.
Obligué a mis ojos a subir. Al conectar nuestras miradas, ocurrió de nuevo. Esa chispa de electricidad, ese tirón en el pecho que me decía que él era mi hogar, mi centro. Por un breve instante, la furia en los ojos de Silas se vaciló. Sus pupilas se dilataron y su rostro se suavizó, como si estuviera viendo a alguien más a través de mi piel.
Su mano subió, rozando casi mi mejilla. El calor de su piel era embriagador. Por un segundo, bajó la guardia. Su mirada bajó a mis labios y sentí que el mundo entero se desvanecía.
—Lía... —susurró, un nombre que no era el mío pero que resonó en cada fibra de mi ser.
Pero entonces, el olor del cristal roto y la voz de Cassandra lo devolvieron a la realidad. Como si se hubiera quemado, su expresión se transformó en una máscara de hierro y desprecio absoluto. La ira regresó con el doble de intensidad.
—Lárgate —siseó, su voz temblando de rabia contenida—. Sal de mi vista antes de que olvide que eres una mujer y te trate como al animal que eres por destruir lo que más amo.
—Señor, yo no... —intenté explicar con lágrimas quemándome los párpados.
—¡FUERA! —el grito fue tan potente que las ventanas vibraron.
Salí corriendo de la biblioteca, con el alma hecha pedazos. Me refugié en los jardines traseros, cerca de los establos, donde nadie pudiera verme llorar. Me abracé a mí misma, frotando mi hombro izquierdo que ardía como si me hubieran marcado con un hierro incandescente.
No entendía nada. ¿Por qué me dolía tanto que me odiara? ¿Por qué mi cuerpo reaccionaba a él como si lo conociera de toda la vida?
Mientras me ocultaba entre las sombras, no me di cuenta de que Silas estaba de pie en el balcón de la biblioteca, observándome desde la distancia. Sus manos apretaban la barandilla de piedra con tal fuerza que el material empezaba a agrietarse. Su lobo estaba inquieto, dándole vueltas en su interior, confundido por el aroma de una humana que olía exactamente como la mujer por la que él había jurado cerrar su corazón para siempre.
Él la odiaba por recordársela. Y yo lo odiaba por hacerme sentir tan pequeña.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, en ese momento, una de las sirvientas leales a Cassandra me observaba desde la cocina, sosteniendo un pequeño frasco de un líquido extraño. Las mentiras solo estaban comenzando, y el dolor apenas era el prólogo de nuestra historia.