CAPÍTULO 1: El Aroma Del Pasado

1032 Words
Mis manos temblaban mientras ajustaba el delantal blanco sobre mi vestido gris. El tejido era áspero, una constante recordatorio de mi posición en este lugar. Trabajar para la manada Luna de Sangre no era el sueño de nadie, era una sentencia de servidumbre aceptada por necesidad. En un mundo donde los fuertes devoraban a los débiles, una humana sin recursos como yo solo tenía una opción: volverse invisible. ​-No levantes la mirada, Elena -me advirtió Marta, la ama de llaves, mientras caminábamos por los pasillos de piedra fría-. Mantén los ojos en el suelo y los labios cerrados. Ellos no son como nosotros. Son depredadores que huelen el miedo antes de que tú misma sepas que lo sientes. Y el Alfa... -Marta se detuvo un segundo, su voz bajando a un susurro temeroso- el Alfa es el peor de todos. Su paciencia es tan corta como su poder es vasto. ​Asentí en silencio, apretando los dedos contra mis palmas. Sentía un calor extraño en mi hombro izquierdo, justo donde mi marca de nacimiento -esa extraña mancha que mi madre siempre me pidió ocultar- parecía pulsar con una vida propia, un latido rítmico que se aceleraba a medida que nos acercábamos al salón principal. ​Entramos en el gran salón de mármol. El techo era tan alto que las sombras se perdían en él, y el aire estaba cargado de una energía estática que hacía que los vellos de mis brazos se erizaran. Era la presencia de los lobos; un peso invisible que te obligaba a encoger los hombros. ​Entonces, lo vi. ​Silas Blackwood estaba de pie junto al ventanal que daba a los bosques oscuros del norte. Era una fuerza de la naturaleza contenida en un cuerpo humano: alto, de hombros anchos y una presencia que parecía absorber la luz de la habitación. Llevaba una camisa negra que apenas contenía la tensión de sus músculos. Cuando se giró, sus ojos, de un gris tormentoso y metálico, se clavaron directamente en los míos. ​El mundo se detuvo. El sonido del reloj de pared desapareció, el murmullo de los otros sirvientes se desvaneció y solo quedamos nosotros. Sentí un tirón violento en el centro del pecho, un reconocimiento tan antiguo y profundo que me dejó sin aire. "Es él", susurró una voz en lo más recóndito de mi mente, una voz que no era mía, sino algo que despertaba de un sueño milenario. ​Pero la magia no duró más que un suspiro. Se rompió brutalmente cuando Silas arrugó la nariz, su labio superior curvándose en un gesto de puro asco. ​-¿Qué es esto, Marta? -Su voz no era una pregunta, era un rugido bajo, una vibración que sentí en mis propios huesos. ​-La nueva ayudante para la planta superior, señor -respondió Marta, haciendo una reverencia profunda-. Es humana, pero es la más eficiente que hemos tenido en años. Trabajará duro y no causará problemas. ​Silas caminó hacia mí. No eran pasos normales; era una elegancia depredadora, la de un lobo que acecha antes de saltar. Se detuvo a escasas pulgadas de mí, invadiendo mi espacio personal con una arrogancia que me hizo temblar. Su aroma me envolvió: olía a bosque después de la lluvia, a tierra mojada y a una tormenta inminente. Fue tan embriagador que me mareé por un segundo. Esperaba una señal, una palabra, que sintiera ese mismo tirón que casi me hace caer... pero sus palabras fueron dagas envenenadas. ​-Huele a debilidad -escupió, mirándome con un desprecio absoluto, como si fuera una mancha en su preciado mármol-. No quiero a una humana en mis aposentos. Que se quede en las cocinas, en el sótano, donde no tenga que ver su fragilidad cada mañana. Es una ofensa que alguien como ella respire el mismo aire que nosotros. ​Agaché la cabeza, sintiendo el ardor de las lágrimas agolpándose en mis ojos. No era solo el insulto, era la decepción de algo que mi alma creía haber encontrado y que mi realidad acababa de pisotear. ​-Silas, amor, no te amargues por una simple sirvienta. No vale el esfuerzo de tu enojo. ​Una mujer de belleza gélida entró al salón. Era Cassandra, su futura luna, con su cabello platino perfectamente peinado y ojos azules que brillaban con una malicia felina. Deslizó una mano posesiva por el brazo de Silas, marcando su territorio. Al mirarme, su sonrisa se ensanchó, disfrutando de mi humillación. ​-Yo me encargaré de enseñarle cuál es su lugar -dijo ella, con una voz dulce que escondía veneno. ​Al dar un paso atrás para retirarme, Cassandra hizo un movimiento casi imperceptible con el pie. De repente, un jarrón de cristal tallado que descansaba en una mesa lateral cayó al suelo, estallando en mil pedazos brillantes que saltaron hacia mis tobillos. ​-¡Pero qué torpe eres, humana! -gritó Cassandra, fingiendo un susto exagerado-. ¡Casi me cortas! Silas, mira lo que ha hecho, es peligrosa de lo descuidada que es. ​Silas, cuyo rostro era una máscara de piedra, me miró con una furia renovada, como si mi sola existencia fuera el origen de todo su malestar. ​-Fuera de aquí. Ahora. Antes de que pierda la paciencia y te saque yo mismo. ​Corrí. Mis pies apenas tocaban el suelo mientras escapaba hacia las cocinas, con el corazón martilleando contra mis costillas y la garganta cerrada por un nudo de angustia. No entendía por qué me dolía tanto su rechazo si él no era más que un desconocido cruel. ​No podía saber que, en el piso de arriba, el Alfa Silas estaba solo en su despacho, destrozando su escritorio de roble con sus garras fuera de control. Su lobo aullaba de agonía y confusión, arañando su conciencia desde dentro. Silas luchaba contra el instinto de correr tras ella, de reclamar a la mujer que acababa de humillar. ​Él no quería aceptarlo. Se negaba a creerlo. Pero mi aroma... era exactamente igual al de la mujer que él había amado y enterrado hacía cien años. Y para Silas Blackwood, aquello no era un milagro, era una maldición que no estaba dispuesto a perdonar.
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