CAPÍTULO 36Carlos Carreras estaba sentado en la mesa de su despacho mirando con rostro de preocupación unos papeles que tenía delante. Entré sin llamar. Me miró con cara de pocos amigos. —¿En tu casa no te han enseñado que hay que llamar antes de entrar? —Tengo algo que contarle —contesté. —Estoy muy atareado, ahora. ¿Puede ser más tarde? —Será un momento —insistí. Carreras se acomodó en la silla y se quitó las gafas para mirar de cerca que llevaba puestas. —Por cierto, ¿cómo estás de lo de la paliza? —Bien, gracias. Todavía me duele mucho el costado y orino sangre cada mañana cuando me levanto, pero voy mejorando. —Mala hierba nunca muere —dijo Carreras. —Debe de ser eso. —Bueno, cuéntame. —¿Recuerda que hace unas semanas encontraron a un hombre muerto en unos jardines de Montj

