CAPÍTULO 25Entré por la amplia puerta de acceso situada en la carretera de Miramar y bajé unos cien metros por un estrecho sendero hasta llegar a una especie de plaza poblada de cactus de todas las medidas y formas. Los jardines de Mossèn Costa i Llobera no tenían nada que ver a lo que yo había conocido hasta entonces de Montjuïc. Después de unos instantes de leer con curiosidad algunas de las inscripciones que describían cada tipo de planta, giré a la derecha y descendí otro centenar de metros en dirección al mirador de La Puntaire, donde me había citado Jordi Galán. El mirador estaba compuesto por varias terrazas de piedra a diferentes niveles que proporcionaban unas excelentes vistas al puerto de Barcelona. En el centro de la terraza más alta, sobre una base de rocas apiladas de aprox

