CAPÍTULO 27Heidi Canals me había llamado diciéndome que quería verme para hablar de un asunto importante. No me había querido avanzar más. Ni siquiera me había dado tiempo a preguntarle por su hermano. Me había citado en el Dry Martini a las siete de la tarde. A las siete en punto entré en el emblemático local de la calle Aribau. A esa hora el bar estaba lleno de ejecutivos y elegantes mujeres que habían finalizado su jornada laboral y estaban tomándose una copa antes de irse a sus casas. Seguramente, algunos de ellos y ellas acabarían cenando en algún restaurante de la zona y quién sabe si acabarían liados en la cama de algún hotel, mientras sus esposas y maridos esperarían pacientemente en casa a que llegara su pareja después de una larga y cansada jornada laboral. Pobres cornudos. Me

