Capítulo 6

2216 Words
CAPÍTULO 6Rocío Álvarez era una guapa sevillana que regentaba una modesta galería de arte en la parte alta de Barcelona. La había conocido por casualidad en un pequeño caso de estafa. Había falsificado unas litografías de Joan Miró y las había vendido en mercadillos ambulantes. Después de recibir una denuncia de la Fundació Miró, me tocó investigar el caso, en el que finalmente se descubrió una organización internacional a gran escala que traficaba con litografías falsas de pintores contemporáneos. Rocío había colaborado desde un primer momento con el Cuerpo en la investigación del caso. Finalmente, la juez, bajo mi recomendación, le había impuesto una multa de diez mil euros y la dejó en libertad sin cargos. De ahí surgió una amistad que tres días más tarde se convertiría en relación sentimental. Bueno, no sé si sentimental o solamente s****l. Ese día la llamé para almorzar. La galería de arte donde trabajaba era propiedad de Nigel Osborne, un maduro homosexual muy introducido en el mundo gay que quizás pudiera darme alguna indicación acerca del paradero de Christian Canals. Osborne era un inglés, exdirectivo de una multinacional farmacéutica, que estuvo de director de innovación en la sede española de la compañía durante un decenio. Después de una ventajosa jubilación anticipada, decidió que era mejor el sol de Sitges que la bruma de Londres. Así que, con algunos ahorros, montó la galería de arte que regentaba Rocío y que promocionaba a jóvenes pintores homosexuales. Nos citamos en Casa Manolo, un pequeño bar restaurante regentado por un gallego que hacía más de tres décadas que vivía en Catalunya y su mujer. Manolo presumía de tener la mejor carne gallega de Barcelona. Y la verdad es que quizás no fuera la mejor, pero con toda seguridad era excelente. Yo jamás había aprendido a cocinar, por lo que Casa Manolo era como mi segunda casa. Allí cenaba casi todos los días y también almorzaba cuando el trabajo me lo permitía. —¿Qué será, Tiki? —preguntó Manolo, el dueño del local—. Veo que hoy vas muy bien acompañado. —Muchas gracias —contestó Rocío. —Todas son suyas —dijo Manolo, sin quitar ojo del generoso escote que lucía la sevillana. —Manolo, ¿estás por la faena? —dije. —Claro, claro. ¿Qué os apetece comer? —¿Qué tienes? —¿Qué te parecen unos macarrones gratinados para empezar y un estupendo pollo al ajillo de segundo? —Perfecto —contesté—. ¿Te va bien, Rocío? —Sí, comeré lo mismo. —¡Marchando! Podéis sentaros en la mesa del fondo, o en el jardín. Como queráis —dijo Manolo, sin dejar de mirar las tetas de Rocío. —Iremos al jardín. Si algo tenía de bueno Casa Manolo, aparte de la comida que preparaba con esmero Carmen, la mujer del dueño, era que uno podía comer en un pequeño jardín interior ubicado en la parte posterior del local, donde se podía fumar tranquilamente. Algo que cada vez era más difícil encontrar y que para un recalcitrante fumador como yo era determinante. —¿Qué necesitas, Tiki? —me preguntó Rocío, una vez nos sentamos en la mesa—. Porque siempre que llamas es porque necesitas algo o porque tienes ganas de echar un polvo. —Pues creo que hoy será un poco de las dos cosas —contesté, intentando esbozar una sonrisa seductora —Soy toda oídos, y todo sexo —dijo con picardía. —Estoy investigando un caso de asesinato y ha desaparecido un posible culpable. Un chico gay que, según me han comentado, frecuenta los locales de ocio del Gayxample. Y como tú tienes amigos en el gremio, he pensado que quizás me pudieras echar una mano. —La mano te la echaré cogiéndote esa polla que tienes y poniéndotela dura como una roca. —Rocío, estoy hablando en serio. —Y yo también, cariño —sonrió—. La verdad es que tampoco te creas que conozco a demasiada gente, pero quien sí te podrá ayudar es Nigel. —¿Cuándo hablarás con él? —Esta tarde supongo que pasará por la galería. Dime, ¿cómo se llama el chico que buscas? —Christian Canals. —¿No es el hijo de Guillermo Canals, ese a quien asesinaron el otro día? —El mismo. ¿Lo conoces? —No, pero Nigel seguro que sí lo conocerá. En aquel momento, después de haber dado buena cuenta de los macarrones, noté un pie desnudo que, por debajo de la mesa, se ponía encima de mi entrepierna. Miré a Rocío con cara compungida. Ella me sonrió maliciosamente sin dejar de apretar su pie con firmeza. —Basta, Rocío —le dije, apartándole el pie—. ¿Por dónde íbamos? —Me hablabas del hijo del potentado ese que ha desaparecido. Seguro que le caerá un buen pellizco de la fortuna de su padre. —Si le caerá o no, no lo sé. Lo que sí es cierto es que su padre tenía un patrimonio importante. —¿Y no te jode investigar a gente de esta calaña? Seguro que si se muere cualquier desgraciado no le hacéis ni puñetero caso. En cambio, basta que se muera un ricachón para que todos perdáis el culo. No vamos bien, Tiki. —Claro que me jode. Y ¿qué quieres que haga? Para mí es lo mismo la muerte de uno que de otro, pero ya sabes que a los de arriba les preocupa sobremanera dar una imagen de eficacia fuera de toda duda. Un desgraciado, como dices tú, difícilmente tendrá cobertura en los medios, por tanto, prácticamente nadie sabrá de su muerte. En cambio, la muerte de un personaje como Guillermo Canals es seguida por todo dios. —El sistema es una mierda. —No te equivoques, Rocío. El sistema no es malo. El problema, a menudo, son algunas de las personas que lo integran. Vivimos en democracia y eso es lo mejor que nos puede pasar. Quizás no sea un sistema perfecto, pero es la mejor forma de gobierno. Fíjate, si no, en lo que sucede en el tercer mundo. Prácticamente, todos sus países viven en manos de dictaduras donde el hambre, las guerras y las miserias son el pan de cada día de sus habitantes. Creo que era Lincoln quien decía que la democracia es un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. No olvides eso. —No sé quién era el Lincoln ese, pero aparentaré que me has convencido, básicamente, para que estés relajado y folles como tú sabes —dijo sonriente, mientras ponía de nuevo su pie encima de mi entrepierna—. Hacía muchos días que no nos veíamos y te echaba de menos. Venga, termina rápido y vayamos a tu casa. No sé por qué será, pero hoy voy más caliente que nunca. Yo también iba caliente. Y más a esa hora. Era cierto que siempre era un buen momento para el sexo, pero después de comer, la testosterona se me subía a la cabeza y me trastocaba la mente. Nos fuimos de Casa Manolo sin tomar postres ni café. Hasta mi casa, en la plaza de la Virreina, apenas había unos minutos andando. Tenía alquilado un pequeño ático de dos ambientes, suficiente para cubrir mis necesidades vitales. Y aunque no las satisficiera, era lo que había; el sueldo de sargento no daba para mucho más. Pero me encontraba a gusto. Además, podía presumir de ser vecino de Jackson Browne, que tenía un piso justo debajo del mío, donde pasaba largas temporadas con su mujer. Seguramente, Browne no fuera una estrella de primera fila. Ni quizás de segunda. Con fama de buen compositor, curiosamente era más conocido por su versión de «Stay», el clásico de Maurice Williams, que por sus composiciones propias, como «Running on Empty» o «The Pretender». Pero a mi ilustre vecino le cabía el honor de haber compuesto «Take it Easy», el tema que lanzó al estrellato a una de las grandes bandas americanas: Eagles. Y eso no era poca cosa. Al llegar al portal del edificio, coincidimos con la vecina del segundo, una anciana viuda que nos saludó amablemente. Subimos los tres juntos en el ascensor. —Buenas tardes, señora Pilar —saludé—. ¿Cómo está? —Bien, hijo, bien. Aunque, a decir verdad, podría estar mucho mejor. El maldito reuma me hace la vida imposible. ¿Y esta muchacha? ¿Cómo te llamas, guapa? —Rocío, señora. Encantada de conocerla. —¿Eres la nueva novia de Tiki? —Bueno… no exactamente —contestó Rocío, mientras un ligero sonrojo se apoderaba de ella—. Soy una amiga. —Ya, ya —respondió la mujer, con una sonrisa pícara—. ¿Y de qué trabajas? Mientras la señora Pilar continuaba interrogando a Rocío, noté que esta deslizaba sigilosamente su mano en el interior de mi pantalón. Desprevenido, solté un grito que hizo girar en redondo a la anciana. —¿Qué te sucede, hijo? —Nada, señora Pilar, nada. He recordado que he olvidado algo. —Bueno, chicos, yo me bajo aquí —dijo la señora cuando el ascensor se detuvo en la segunda planta—. Que terminéis de pasar un buen día. Con su mano en el interior de mi pantalón, Rocío tiró de mí como si fuera el carro de la compra hasta que llegamos al ático. —Me voy a lavar los dientes —le susurré. —No tardes —me contestó, mientras su lengua húmeda penetraba en el interior de mi boca, poniéndome a cien. Al salir del lavabo me encontré a Rocío en el sofá. Estaba recostada, completamente desnuda y con las piernas ligeramente abiertas. Se había rasurado la entrepierna. Me desnudé con rapidez y me acerqué. La erección de mi pene estaba aumentando a un ritmo endiablado. Lo acerqué a sus pechos y jugueteé con sus pezones. —¿Te gusta así? —dijo, mientras distraídamente acariciaba su clítoris. —Mucho —afirmé. —Pues ven y prueba. Acaricié su entrepierna, suave como el terciopelo. Rocío lanzó un leve suspiro de placer. —Con la lengua, cariño —dijo. Apoyé las manos en sus muslos y, con suma delicadeza, le separé las piernas. La visión de su sexo, abierto de par en par, me excitó sobremanera. Me acerqué y, con la lengua, lamí furtivamente su clítoris. Estaba húmedo y tenía un lejano sabor salado. Me incorporé de nuevo para volver a ver el sexo de Rocío en todo su esplendor. Ella pareció darse cuenta de mi fijación, porque colocó ambas manos en su entrepierna y comenzó a t*****e, mientras me miraba sonriente. Se acarició el clítoris y, con dos dedos de una mano, abrió su vulva. No pude evitar coger con fuerza mi pene y empezar a masturbarme. —Déjame a mí —dijo. Se incorporó, apartó mi mano y se llevó mi pene a su boca. Lo chupó largo rato como si fuera un helado de chocolate. Cuando estaba a punto de correrme, la aparté, la recliné de nuevo en el sofá y empecé a lamer su clítoris de nuevo, con fruición desmedida. Rocío empezó a suspirar, mientras sus caderas se movían en ritmo constante y acompasado. Al cabo de unas decenas de segundos, los suspiros se convirtieron en fuertes gemidos y el movimiento de sus caderas se transformó en un permanente espasmo descontrolado. Al final lanzó un grito contenido y juntó sus piernas con fuerza. Me aparté un momento mientras Rocío se sobreponía del orgasmo. Entonces Rocío cogió de nuevo mi pene. Estaba duro como una roca. Me lo acarició con delicadeza. Después se levantó y me dio un suave empujón que me dejó sentado en el sofá. Ella se quedó de pie con los brazos en jarras, desafiante. Se acercó y se puso de pie encima del sofá, con las piernas abiertas, frente a mí. Poco a poco se fue agachando hasta que volvió a coger mi pene y se lo introdujo en su v****a rasurada. Entonces empezó a subir y bajar sus caderas a un ritmo constante, mientras aplastaba sus generosos pechos en mi cara. La luz de primera hora de la tarde se colaba por la ventana, dejando a trasluz pequeñas gotas de sudor que resbalaban por el entrepecho de Rocío. Pasados unos momentos, sus gemidos fueron a más. —Venga, cariño, venga —susurró—. No esperes más. Y entonces aceleró el ritmo con decisión hasta que ambos nos corrimos. —¿Pongo algo de música? —le pregunté, al cabo de un par de minutos. —Sí, como quieras. —¿Qué te apetece? —No sé, cualquier cosa me va bien, pero que no sea muy estridente. Me levanté y escogí el álbum The Best of Van Morrison, Van the Man para los amigos, y seleccioné el corte seis, la preciosa «Brown Eyed Girl». La seca voz del norirlandés empezó a llenar el ambiente. —¿Un cigarrillo, Tiki? —me preguntó Rocío, mientras me dejaba un beso húmedo en mis labios. —No debería —reconocí—. A mi edad he de empezar a plantearme eso del tabaco o acabaré mal. —No me seas cafre, cariño —contestó Rocío—. Un buen polvo termina siempre con un cigarrillo. —También es verdad. Venga, dame uno. ¿Así que crees que Nigel podrá echarnos una mano con el tema del hijo de Canals? —Seguro —afirmó—. Incluso es muy posible que se lo haya follado en alguna ocasión. Si quieres, podemos ir juntos a verlo. Ya sabes que siempre le has gustado y se pondrá contento de verte. —¿Estás segura? La última vez que coincidimos no parecía muy contento. —No le hagas caso. Lo que le sucede a Nigel es que está enamorado de ti y tú no le correspondes. —Déjate de tonterías, Rocío. —Te lo digo de verdad. Un día me lo confesó. —Pues de momento se tendrá que conformar con otra cosa. Aún no voy tan apurado como para plantearme tener relaciones con él —le dije, pellizcándole un pezón—. Con tus tetas tengo suficiente. —Eres un jodido interesado. Un día de estos voy a encontrar a un tío con pasta que quiera casarse conmigo y tener muchos hijos, y entonces ya no me vas a ver más el culo. ¿Me oyes, c*****o? Ese tema era algo cíclico con Rocío. Cada cierto tiempo le entraba la morriña de que quería formar una familia y entonces no paraba de darme la lata unos cuantos días. Por suerte, era algo que no sucedía muy a menudo. —Venga, Rocío. No empieces otra vez con eso. Ya lo hemos hablado muchas veces. Sabes que te quiero mucho. —Pues no se nota. Parece que solo me quieras para que te la chupe. —Dame un beso, morenaza —le dije zarandeándole suavemente la barbilla. —Eres un cabrón —contestó, apartándose.
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