Capítulo 5

1045 Words
CAPÍTULO 5De camino a la entrevista con Unna von Reiniger, aprovechamos para ver el informe forense. A la espera de los análisis toxicológicos en sangre, la conclusión era clara: Guillermo Canals había muerto de parada cardiorrespiratoria, presumiblemente por un exceso de exposición en la sauna. Según el resultado de la autopsia, el hombre permaneció en el lugar más tiempo del aconsejado para una persona de su edad. El hematoma en la frente se había producido al golpearse con una de las bancadas laterales después de caer muerto. El forense afirmaba que cuando alguien le colocó la pelota de golf en la boca, el anciano ya había fallecido. —Pobre hombre —dijo Elvira—. Entonces pudiera ser que se tratara de un simple accidente, ¿no? —¿Y la pelota de golf? No, Elvira. Alguien se preocupó de que el viejo no pudiera salir de la sauna cuando tocaba. —Sí, pero la puerta de una sauna nunca se puede cerrar por fuera. Al menos la sauna del gimnasio funciona así. —Y la puerta se abre hacia fuera, ¿verdad? —Sí —contestó la agente, con el rostro dubitativo. —Mira, solo con que alguien colocara un mueble de cierto peso o algún objeto similar contra la puerta, hubiera sido suficiente como para que el viejo no pudiera salir. —¿Alguna de las máquinas del gimnasio? —apuntó Elvira. —Por ejemplo. —Y quien lo mató quiso terminar el trabajo colocándole la pelota de golf en la boca, como si fuera la guinda de un macabro pastel. —Algo así —admití—. Alguien le tenía manía al viejo y se lo cargó. Y ese alguien pertenece a su círculo más cercano. De eso estoy seguro. La casa de los Canals era un espléndido palacete de estilo noucentista. Detrás de un inmenso portón de entrada, se escondía un hermoso jardín con una vegetación tan espesa que aislaba el ruido de la calle. Pensé estúpidamente que si un día volvía a nacer, quería ser rico y vivir en un palacio como ese. Una criada uniformada nos recibió y nos hizo pasar a una espaciosa sala de estar de paredes muy altas. Había varios cuadros colgados que Elvira miró con interés. —¿Has visto? —me preguntó impresionada. —¿El qué? —contesté con la cabeza en otra parte. —Los cuadros. —Sí, ya los veo. ¿Qué sucede con ellos? —Pues que, o son imitaciones muy buenas, o aquí hay una verdadera fortuna en obras de arte. Un Meifrén, un Pinazo y un Mir. —Lo siento, Elvira, no los conozco. Mis conocimientos pictóricos son más bien limitados. —¿Tú crees que serán auténticos? —Apostaría a que sí. —Qué maravilla —siguió Elvira, embelesada. —Veo que te gusta el arte. —Mucho, especialmente la pintura. Si pudiera, estaría todo el día de museo en museo mirando exposiciones. ¿Y a ti? ¿No te gusta? —Digamos que, como no lo entiendo, no me atrae. En aquel momento apareció de nuevo la criada, seguida de Unna von Reiniger. Nos saludó con displicencia. —Llegan con retraso —dijo—. No tengo mucho tiempo. —Tendrá que disculparnos —contesté—. Ya sabe, el tráfico… —Digan —cortó. Los ojos de la mujer desprendían una frialdad que, por momentos, resultaba intimidante. No parecía especialmente afligida por la muerte de su marido. —En primer lugar, queríamos preguntarle dónde estaba usted el pasado domingo por la mañana. —Estaba en Londres —contestó—. A menudo paso los fines de semana allí, en casa de una amiga de la infancia. Cuando mi hija me comunicó la muerte de Guillermo volví enseguida. Por cierto, ¿ya saben de qué murió mi marido? —Sufrió una parada cardiorrespiratoria como consecuencia de haber permanecido demasiado tiempo en la sauna —expliqué. —¿Y…? —Bueno… Al parecer alguien le cerró la puerta de la sauna y… —Y le puso una pelotita de golf en la boca para que pareciera más mono, ¿verdad? Sargento, ya soy mayor y no necesito que vaya con rodeos. —De acuerdo, señora —contesté—. Asesinaron a su esposo y lo hicieron con inquina. No sabemos quién, pero creemos que ha de ser alguien de su entorno próximo. ¿Piensa en alguien que pudiera quererle algún mal a su marido? —Ni idea, sargento. La verdad es que mi marido y yo hacía muchos años que manteníamos vidas más o menos separadas. Es cierto que lo acompañaba en algunos actos sociales, pero solo eso. Dormíamos en habitaciones distintas y cada uno iba a la suya. Él se pasaba el día en el club y a mí siempre me ha gustado viajar, por lo que coincidíamos poco. —Entiendo —afirmé. —Verá —aclaró la mujer—, mi marido y yo nos llevábamos muchos años de diferencia. Cuando me casé, yo era todavía una jovencita recién salida del cascarón y Guillermo ya era un hombre con mucha vida a sus espaldas. Al principio todo era de color de rosa, pero a medida que fueron pasando los años, la diferencia de edad cada vez se acusó más. —Nos han dicho que su hijo Christian ha desaparecido. ¿Sabe dónde puede estar? —¿Qué dice, sargento? —dijo Unna von Reiniger, elevando la voz—. No insinuará que mi hijo... —No, señora. No insinúo nada, pero comprenderá que su ausencia no se puede calificar de normal. Tengo entendido que por la mañana estuvo en el club con su hija Heidi y a media mañana, cuando Victoria del Río fue a buscarlo, había desaparecido. —Mi hijo hace esto, a veces. Se ausenta unos días y se va a Ibiza o a casa de algunos amigos. No sé… supongo que a cargar pilas. ¿Sabe? Mi hijo es una persona muy sensible, con fuertes altibajos emocionales. A veces necesita evadirse del mundo, y eso es algo que comprendo y respeto profundamente. —¿Cómo eran las relaciones entre su marido y su hijo? —Digamos que mi marido nunca tuvo un especial apego a sus hijos. Es cierto que nunca les faltó de nada, pero también es verdad que se ocupó poco de ellos a nivel afectivo. Guillermo siempre dedicó más tiempo a sus negocios y a sus amigos que a la familia. Creía que trayendo el dinero a casa su labor como padre y marido quedaba resuelta. ¿Usted cree? —Yo ni soy marido ni padre, así que no sé decirle. —Pues casi mejor. La maternidad se come veinte años de tu vida. Un tiempo que ya no recuperas jamás. Aún a día de hoy, me planteo si hice lo correcto siendo madre tan joven. Siga así, sargento. Será más feliz, se lo aseguro. —Tomo nota —contesté, lacónico. —¿Puedo ayudarles en algo más? —preguntó la mujer de Canals—. Me tendrán que disculpar. Voy mal de tiempo. Vuelvan cuando quieran. La sirvienta nos acompañó hasta la salida. —¿Tú crees que esa mujer asesinó a su marido? —me preguntó Elvira. —Ella, directamente, no. Eso parece claro. —Pero pudo haber encargado a alguien que lo matara —razonó—. Supongo que le caerá un buen pellizco de la fortuna del anciano. —Puede ser.
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